Algunos apuntes sobre la novela “Las orillas del aire” (Seix Barral, 2017) de Karina Pacheco.

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¿Quién no se ha visto tentado de asir el aire?  Esa presencia invisible que desplaza naves, entra en nuestro cuerpo para seguir sosteniéndolo con vida y hasta puede desaparecer una ciudad entera.  ¿Quién, aún sin poder asirlo, no ha tentado sus orillas?  Y aún algo más contradictorio, ¿quién no se ha sentido el mismo aire, siendo un cuerpo tan sólido de carne y huesos como el que somos?

No es un juego de palabras.  Culmino “Las orillas del aire” de Karina Pacheco, y lo que me queda es algo más que el sabor de una historia bien contada, pues Karina es una escritora de oficio y no es la primera vez que nos da cuenta de ello.  Lo que me queda es un piso movido en la sólida construcción que aparentemente creemos ser muchos.  Una construcción que puede derribarse ante la sola pregunta: “¿quién soy?”  En un mundo moderno, en el que todo parece direccionado a homogenizarnos, la pregunta cae como un rayo feroz revelándonos en toda nuestra vulnerabilidad.  Así que, características muy particulares aparte, cualquiera de nosotros bien podríamos ser Rada, personaje hablante de la novela.  Rada es una mujer, que pese a haber logrado desempeñarse en lo que tanto le apasiona como es la arqueología, sorteado ilesa una dictadura, tener la libertad de amar a quien quiera y abrirse paso en una sociedad sexista; se siente carente, y va de aquí para allá como empujada por el viento de las circunstancias sin un punto de apoyo primordial.  Incluso, siente que su nombre, “Rada”, no le pertenece, es una palabra vacía en la que ella no canta.

¿Cuántos de nosotros sabemos del peso real de nuestros nombres?, ¿cuántos nos sentimos estar viviendo con una identidad prestada?, ¿cuántos conocemos nuestras “orillas”?, ¿cómo resolver esto? Karina, nos ofrece un fascinante y conmovedor viaje al encuentro consigo mismos.  Su novela bien sabe resumir con acierto, aquello de que no podemos saber a dónde vamos si no sabemos de dónde venimos.  No podemos alcanzar una expresión auténtica sin comprender quiénes somos. ¿Su estrategia?: abordar la memoria por donde nos es más incómoda, inefable, dolorosa.  Y así sucede con Rada.  En su familia, hay una fisura por donde intenta penetrar una luz que los demás quieren tapar con su resignación, o conformismo, asumiendo una verdad “oficial” (por denominarla de algún modo) sin cuestionamientos.  A lo mejor por no perturbar una domesticada “tranquilidad” que de algún modo los protege.  Hay miedo.  Pero donde hay miedo, también hay conocimiento y, con fortuna, sabiduría, parece adivinar Rada, quien en un primer momento intenta abrir la fisura con violencia, con la equívoca llave de los prejuicios, pero que luego repara en que ésas verdades deben ser recibidas con ojos limpios, como cuando poco a poco se le va revelando un felino en una de sus exploraciones arqueológicas en Sacsayhuamán.  Con ésa paciencia, consideración y tacto, para no alterar lo buscado y se nos manifieste lo más intacto posible. Dejar que los restos hablen, para luego uno poder dialogar con ellos, es la consigna.

Rada va entonces al encuentro con el paisaje detrás de ésa fisura, y lo que halla es su espejo en otra mujer: su abuela Rayda o Aira, quien es el personaje central de esta novela y aunque no teniendo una biografía similar a la suya es un paralelo indiscutible a la de ella, pues ambas luchan contra el poder y se rebelan ante él.  Porque sí, ésta es una novela sobre el poder, a toda escala, aquél que oprime y busca hacer de ti un utensilio despojado de voluntad.  Rayda, contra el poder patriarcal de su primer marido, la violencia doméstica y la explotación hacia los campesinos.  Rada, contra la dictadura de Alberto Fujimori, que desmoralizó a todo un país y lo dividió aún más, recrudeciendo el racismo.  Rayda abandonando a su familia originaria para reescribirse en otra vida, otro espacio, otra familia.  Rada, abandonando el país si es necesario, para no asimilarse como sus congéneres en los mecanismos de la dictadura, persistiendo en su vocación en contraposición a los oficios denominados “rentables”.  Rayda siendo Aira en su nueva vida, procurando no mirar hacia atrás, descubriéndose en el futuro.  Rada, volviendo al Perú, eludiendo el futuro, descubriéndose en el pasado.  Rayda cargando la culpa hasta su muerte por el hijo abandonado, padre de Rada, pero firme en sus decisiones. Rada liberándose de la culpa de no haberse quedado en el Perú, pero firme en rescatar su postergado rostro histórico.  Rada comprendiendo a Rayda o Aira, finalmente, habitando su nombre.  Ambas, heroínas de su propia historia a contracorriente de sus épocas.

Como son heroínas también Ilana y Lorenza, personajes secundarios de la novela pero no menos medulares y que, sabiamente, saben resumir una dualidad menoscabada por centurias.  Mientras Ilana representa la cosmovisión de la selva, Lorenza hace lo propio con la sierra.   Ambas son sobrevivientes de una sociedad compleja y contradictoria, que se ama al mismo tiempo que se odia, que se niega, se avergüenza de lo que es, que busca exterminar sus culturas.   Pero, a pesar del drama que de por sí ya importan estas situaciones, la autora no pretende ofrecernos un retrato resignado ni victimizado de sus personajes.  Sus mujeres son fuertes, porque sí, esta es una novela de mujeres, en tiempos distintos y circunstancias variables, unas con más o menos libertades, pero con el común denominador de haber nacido en un país que pugna por invisibilizarlas, violentarlas, que las hace elegir entre la muerte o la sobrevivencia.  Mujeres que son capaces de nacer cuantas veces sea necesario, como Ilana, que en la novela es una superviviente de la nación Omagua, casi exterminada por el sanguinario boom del caucho y que repite hasta el último de sus días cinco palabras de su lengua como resistiéndose no solo a la extinción de un irrepetible legado, sino de ella misma como sujeto; que se mantiene estoica en un mismo lugar aún con la sombra del narcotráfico y las secuelas del terrorismo circundando su ciudad.

En cuanto a los personajes masculinos, tenemos dos caras interesantes en las figuras del abuelo y el padre de Rada.  El abuelo, Eugenio Ruiz, encarnando el patriarcado extremo, el feudalismo despiadado sobre los campesinos, las ambiciones de una falsa grandeza; y del otro lado de la moneda, Blas Ruiz, padre de Rada, y una de las víctimas de los abusos del abuelo desde niño, pugnando por no convertirse como él, haciéndose luchador social, utilizando su oficio de abogado a favor de los excluidos, aunque si bien es cierto con algunos rasgos posesivos muchas veces ineludibles en quienes han crecido con figuras castrantes.

Tal contraste pareciera sugerirnos que, aún con sus variantes estadísticas, así como difícil es ser mujer en el Perú, también es difícil ser hombre, al ser éste formado muchas veces con patrones que mutilan su humanidad, desembocando en violencia y precarización como individuo.

Pero como le dice la sabia Ilana a Rada Ruiz en uno de los pasajes de la novela: “No es nada bueno andar por la vida creyéndonos víctimas”, por eso la necesidad de actuar y, en el caso de Rada, tratar de comprender la decisión de su abuela al huir de la opresión aun dejando a sus dos hijos.  Y es justamente cuando abre su corazón aceptando esto que, literalmente, renace, se siente fuerte, justifica su hacer en este mundo, convierte las ausencias en presencias.

De perfil más sutil en la historia, está el segundo esposo de la abuela de Rada, Blas Girán, y Emilio, compañero de Rada, quienes de algún modo representan la sensatez de su género y convivencia igualitaria con sus pares femeninos.

Todos ellos microcosmos de una sociedad, como repito, compleja y contradictoria, que se ama al mismo tiempo que se odia.  Y en esto, es impresionante la capacidad de Karina Pacheco en el manejo de los tiempos.  La habilidad de sumergirnos con naturalidad en una y otra época, captando su espíritu, y haciéndonos ver que la historia se repite con diferentes códigos, desde los incas rebeldes en Vilcabamba tratando de resistir una invasión colonizadora, hasta la resistencia contra la dictadura fujimorista y el terrorismo.  Es la historia de la humanidad, un constante reciclaje.

De la mano de este conocimiento profundo del Perú, se evidencia también su amor hacia él y respeto, traducidos en un tacto poético cuando nos habla de sus paisajes y las resonancias de la naturaleza con sus personajes. Su novela, en particular, tiene una simbología compuesta por las piedras, el agua, las orillas y el aire, que son los nombres que llevan los capítulos.  No como un antojo ornamental o decorativo, sino como presencias bastas en sí mismas y dialogantes, semejando incluso características de personalidad con los mismos.  En efecto, Rayda, la abuela de Rada, es comparada con una sirena, dominante de las aguas y los aires, su misma historia es como el aire, evanescente, pero que haya firmeza cuando su nieta, Rada, va al encuentro con su memoria, cerrando el círculo.

Virtuoso también es el manejo de una técnica narrativa dinámica, que sabe sostener muy bien sin caídas un suspenso en sus más de doscientas páginas, con diálogos precisos, inteligentes y sintetizando procesos menores a fin de no perder la historia principal.  Es decir, Karina logra llevar hasta el final las riendas de su propósito.

Cómo no reconocerse si quiera por asomo en alguno de los personajes o situaciones de esta novela, que reúne perfiles comunes entre los peruanos.  Cómo no reconocer a nuestras madres, abuelas, bisabuelas, cada cual con una época más insólita que la de su sucesora.  Cómo no sentir lo mucho que nos hemos alejado de la lección de nuestros inicios, que el olvido es una amenaza, que en nuestra vulnerabilidad puede estar nuestra fortaleza.  Por eso, considero que leer este libro es una compensación y le agradezco a su autora.

 

Escrito por Denisse Vega

Autora de los poemarios: Una morada tras los reinos (Centro Cultural de España & Lustraeditores, Premio Poesía Joven del Perú, 2008), El primer asombro (Animal de Invierno & Paracaídas Editores, 2014), y de la plaquette Hippocampus (La propia cartonera, Uruguay, 2010). Ha publicado en otras lenguas: Une demeure après les règnes (Paracaídas Editores, Festival International de la Poésie Trois-Rivières, 2013). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, chino, italiano y alemán. Su poesía se encuentra compilada en numerosas antologías. Ha participado en diversos acontecimientos culturales en Perú y el extranjero en países como Canadá, China, México, República Dominicana, Colombia, Venezuela.