Hacía un calor aplastante sobre las ruinas del fuerte de Samaipata ese primero de agosto. El cielo estaba completamente nublado, pero la refrescante lluvia parecía demorarse indefinidamente. Pese a la inminencia de la lluvia, había un grupo de niños misteriosamente silenciosos y atentos a un hombre mayor. Eran los alumnos del último año de la primaria del pueblo y ya era una tradición anual la excursión al Fuerte con el maestro José. Muchos querían repetir la experiencia, pero el Maestro era inflexible y justo como la muerte. La excursión había adquirido un carácter religioso. Era al mismo tiempo una peregrinación al pasado del pueblo y un rito de pasaje, puesto que todos los niños volvían transformados del Fuerte.

José era el único guía del pueblo, aunque desempeñaba pobremente en esa labor. Los turistas que habían ido a sus excursiones se quejaban de lo anodino de las explicaciones del guía. Esa imagen taciturna y un poco hosca de José parecía corresponder a una persona completamente diferente a la del maestro. Lo que hacía excepcional a la excursión al Fuerte y maravillaba a los niños era, precisamente, que el maestro tenía una forma de relatar tan absorbente que los transportaba a través de la historia. No era tanto por las palabras que empleaba sino por la forma de enunciarlas teatralmente y la emoción que les infundía. Cuando hablaba de un terremoto parecía que la tierra respondiera a su llamado, cuando hablaba de una carga de caballería se escuchaban relinchos a la distancia. Toda la naturaleza del lugar parecía acompañar al relato de José, al menos en la imaginación de los niños.

El grupo seguía con atención al Maestro que caminaba ágilmente pese a su edad. De acuerdo con la narración se avanzaba o retrocedía tanto en el tiempo como en el espacio. José iba señalando las distintas marcas del Fuerte a medida que el viaje temporal lo requería. Habían salido de la escuela por la mañana, cuando el sol apenas iluminaba a través de la gruesa capa de nubes. Eran pasadas las dos de la tarde cuando llegaron a un reparo que consistía en un pequeño bosquecito con árboles altos que ofrecían un respiro del calor y la densidad del ambiente.

Continuaron el avance por el camino adentrándose en la espesura hasta llegar a un claro. En ese momento, el Maestro les dijo que se quedaran en silencio y quietos. Los niños obedecieron y vieron cómo José se acercaba a un enorme pozo de forma perfectamente circular en la tierra. Se detuvo en el borde, como si estuviera rezando, y luego sacó una bolsa llena de frutas que arrojó al hueco. Ninguno de los niños pudo observar que el Maestro había arrojado veinticinco frutas, el mismo número del grupo si se lo contaba al guía. Cuando regresó, veinticuatro pares de ojos esperaban una señal o indicación. José los invitó a sentarse mediante gestos y todos obedecieron aún en silencio. El bosque había adquirido, por la leve penumbra, un ambiente más íntimo y de comunión. Parecía que el lugar tuviera una presencia sagrada que no debía perturbarse por la voz humana.

José sacó una canasta que había llevado durante todo el camino (y que solía dejar en el piso cuando su narración requería la gesticulación con ambas manos). Se levantó y repartió a cada alumno una porción de comida previamente empaquetada. El silencio en el que comieron les permitió escuchar el murmullo de la naturaleza, los pájaros, la brisa que movía a los árboles, entre otros sonidos que suelen pasar inadvertidos. Cuando terminaron de comer, los rostros parecían más apacibles.

Como si todos respondieran a una voz inaudible, se levantaron casi al mismo tiempo y armaron una cadena humana con el Maestro en el medio. Se acercaron como si fueran a abrazar al espíritu de un árbol (o uno invisible) cuyas raíces ocuparan el espacio vacío en la tierra. Recién entonces el Maestro comenzó a hablar en quechua con una voz profunda y potente, diferente al tono alegre y confidencial que tenía normalmente.

“Antes de la llegada de los españoles, había muchos dioses en estas tierras. Los pueblos humanos eran frecuentemente llevados a guerras por la defensa de su dios o para garantizar la supremacía de uno sobre los demás. El gran Viracocha fue el más poderoso de los dioses, pero para imponerse fueron necesarios muchos sacrificios. Por el contrario, en Europa había dos dioses que habían destruido a los demás con una crueldad absoluta. Ellos llamaban al benéfico como el Dios del Cielo o del Verbo. El otro dios recibía el calificativo de Diablo del Infierno y Príncipe de las Mentiras. Ellos dijeron que traían al Dios bueno, el del cielo, pero los hombres no manejan a los dioses, sino al contrario.Estaba claro que era el otro, el Diablo, quien traía a los españoles. (El Maestro hizo una pausa para dejar que sus palabras enraícen en las jóvenes mentes mientras contemplaba a sus fieles que tenían la mirada perdida en el huecointentando imaginarse lo que él les relataba).

“Hubo un conflicto nuevamente, los dioses de nuestros antepasados contra los dioses llegados del mar. Pero nuestros dioses estaban agotados por guerras internas, el propio Viracocha  se estaba reponiendo. Los otros dioses ganaron, y con ello nuestros antepasados fueron sometidos. Pasaron varias generaciones, los “dioses nuestros” se convirtieron en “dioses antiguos” y los dioses llegados del mar fueron llamados “dioses nuevos”. (Hubo un murmullo casi inaudible entre los niños, como si hablaran consigo mismos, preguntándose cosas que antes creían sabidas).

“Parecía que todo acabaría allí, cuando un descendiente de los antiguos sacerdotes oyó en sueños a una de las diosas primigenias, la Pacha mama. Ese hombre pudo entender el mensaje y llamó a su familia y su grupo para iniciar un viaje de retorno. Durante meses estuvieron caminando, siempre encontraban un poco de comida en el camino y un refugio de la ira del Dios del Cielo. Finalmente llegaron a este punto, en este preciso lugar. El que había oído a la diosa celebró una alabanza para agradecerle por su libertad y rogó por conocer el destino que les esperaba. Nada ni nadie respondió a su llamado. Pero no cejó en su esfuerzo. El sol y la luna se persiguieron tres veces antes de que hubiera una señal. (José dejó de hablar para generar tensión en su auditorio y a través de los temblores de las manos supo que había tenido éxito).

“La señal fue tardía pero poderosa. El suelo comenzó a temblar, los árboles parecían sacudirse por un terremoto. (Todos los niños se aferraron con una fuerza mayor a sus compañeros). Cuando el suelo volvió a reposarse, descubrieron que se había formado un hueco perfectamente circular, este que ustedes están viendo ahora. (Los niños se acercaron un paso más, entre el temor y la curiosidad). Este hueco es un signo de que la Pacha mama no nos abandonó, los viajeros se tiraron al pozo, sabiendo que la gran madre los protegería y dicen que sólo se cerrará cuando ya no necesitemos de su ayuda.”

Se produjo una resonancia en el silencio que siguió a las palabras, como si se mantuviera en el aire las imágenes de los hombres arrojándose uno a uno, sonriendo, al pozo. El guía y su auditorio retrocedieron de espalda, para no ofender a la presencia divina. Al camino de regreso, lo recorrieron veinticuatro niños transformados y un maestro-sacerdote orgulloso de su tradición.

Después de llegar a la escuela, desde donde cada alumno regresó a su casa, José volvió al fuerte. Se sentó frente al pozo y se sumió en una profunda meditación. Pensaba en la historia que contaba cada año a sus alumnos, y en las partes que omitía. Dentro de esas omisiones se encontraba el hambre y la enfermedad que fueron diezmando a los peregrinos hasta que sólo quedó uno para vivenciar la manifestación divina. También le pareció que era mejor para los niños pensar en que la Pacha mama los estaba protegiendo y no que el hueco había sido implorado a Pachacamac y pagado con sangre. Pero el secreto mejor guardado por José era que había salido del hueco treinta años atrás y todavía no sabía por qué.

Escrito por Andrés Mazzoni

Andrés Mazzoni (Morteros, 07 de febrero de 1989). Estudió Licenciatura de Letras modernas en Córdoba, Argentina. Escribe desde que puede, lee más de lo que escribe. Ha colaborado con la Gárgola Azul. Contacto: andresmazzoni@outlook.com