CONSTANZA TERNICIER (Santiago de Chile, 1985). Es escritora y doctora en Literatura Comparada por la Universitat Autònoma de Barcelona. Autora de las novelas La trayectoria de los aviones en el aire (Comba, 2016) y Hamaca (Minimocomún Ediciones, 2015; Caballo de Troya, 2017).

Ternicier viene recién llegando a Chile después de una larga estadía en Barcelona, que la tuvo al otro lado del Atlántico completando sus estudios de posgrado. Llegando o, más bien, retornando a su país de origen, tal y como ocurre también, por diferentes circunstancias, claro está, con la protagonista de su más reciente publicación: La trayectoria de los aviones en el aire, editado en la ciudad catalana por Comba en 2016.

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En la novela destaca el ir intercalando la voz narrativa. Algunos capítulos interpelan directamente a la protagonista. ¿Por qué optar por ese narrador y, específicamente, utilizarlo solo en algunos capítulos del libro?

Lo utilizo como un recurso de la literatura del yo que entra en ese espacio a medias autobiográfico o autoficcional. Esa voz de la segunda persona funciona como una interpelación mucho más directa y permite un tono de impugnación y rabia que a ratos toma más fuerza, pero que es latente a lo largo de toda la novela. Ahora, no me atreví a sostener en todo momento esa segunda persona. Necesité hacerla descansar en una tercera, que aportara una mirada más fría, calculadora, ligada al espacio de la medicina presente en la historia.

En una parte del texto mencionas que “Los padres no están acostumbrados a ver a sus hijos a punto de morir”. La lógica es, por supuesto, al revés. ¿Qué te interesó de adoptar esa posición y cómo se reconfiguran las relaciones padres-hijos al invertir ese lugar? Un poco a partir también de que los padres de la protagonista, Amaya, parecieran siempre estar “felices” y no mostrar demasiado su vulnerabilidad.

Sí, la verdad es que he estado un poco obsesionada con las relaciones filiales. De hecho, ahora necesito descansar de eso. En la tercera novela, no quiero adentrarme en ese lugar, pero uno nunca sabe lo que va a pasar. El cliché: uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Me gusta mucho trabajar con la contención y el desborde. Creo que los momentos de clímax emocional ganan mucho cuando se mantiene todo solapado, medio contenido. Así somos un poco las personas, ¿no? Por ejemplo, me agotan esas novelas que son desgarro de principio a fin, donde todo es explicitado y parecieran estar escritas a gritos, como una obra de teatro exagerada.

Otra de las relaciones interesantes en la novela es la de Amaya con Aleix. Lo particular de esta relación es que está construida desde la ausencia. Es un personaje que está ahí pero no físicamente. Más que una pregunta, me gustaría que desarrollaras esa idea. Un poco desde lo que ya fue, desde el recuerdo de ese alguien, de la memoria. Hay un pasaje al respecto que me llamó la atención: “Era lamentable que al fin, después de todo o nada, lo que ustedes eran se haya vuelto más dramático que profundo”.

Aleix es como el personaje sombra. Todos parecen culparlo del cagazo, pero, más allá de la relación amorosa, nunca queda claro el rol que verdaderamente tiene en la historia. Me gusta trabajar con esa ausencia, porque de alguna manera la novela se estructura a través de viajes mentales. El escenario es inmóvil, uno solo: el hospital. Desde allí se lanzan los flash-back y las posibles explicaciones de por qué Amaya terminó internada, apenas despertando de un coma. Hay cierta ironía frente a lo dramático, al amor descontrolado. Incluso al por qué la mujer ha sido tradicionalmente desplazada hacia ese lugar. La protagonista podría ser diagnosticada por una suerte de fiebre uterina o delirio sexual, entonces la novela también está jugando todo el tiempo con los prejuicios y las construcciones en torno a la enfermedad, el amor, la locura y el género.

En la novela hay una comparación constante entre las realidades europeas y latinoamericanas. Específicamente Barcelona/Londres – Chile. Más allá de lo escrito, porque hay pasajes en donde queda muy clara la posición de Amaya y sus padres, me gustaría que desarrollaras esa comparación desde tu propia experiencia. ¿Coincides un poco con el pensamiento de la protagonista? Menciono algunos pasajes interesantes para desarrollar: “Allí también caen bombas, pero de otro tipo porque no hacen ruido y es más fácil para la gente hacer como que no existen”; “Un odio a ese maldito país en donde te miraban con desconfianza si no hacías lo que ellos querían…”; “A la gente le encantaba juzgar y criticar, mirar para el lado y decir algo, siempre tienen algo que decir, algún veredicto cuyo punto de referencia era la norma…”.

Coincido bastante. Chile no es un país en conflicto como el Medio Oriente, está todo mucho más solapado y escondido. Eso es escalofriante. Ahora ya no tengo ese odio que tenía con mi país. Volví hace muy poco, un mes, y me voy haciendo la idea de trabajar al menos un tiempo por estos lares. Tampoco me veo quedándome para siempre, pero eso es porque soy inquieta. Antes era terrible, no apoyaba ni a la selección de fútbol. Era odio parido, todo me molestaba. Me chocaba tanto el machismo, por ejemplo, que me oponía de plano a tener una relación con un chileno. Me duelen muchas cosas de aquí, pero hoy tengo una mirada más optimista. Siento que el movimiento de los indignados, y una conciencia mundial que está despertando, ha ayudado a cambiar las cosas. Ojalá en Chile se produjera una ruptura del bipartidismo, por ejemplo. Ya veremos qué pasa este domingo de elecciones presidenciales. Creo que es importante participar, ser un aporte desde ese mínimo espacio. También estar siempre conscientes de los privilegios que tenemos de poder hablar, de poder entrar en la palabra.

Respecto de lo anterior no puedo dejar de mencionar que al final de la novela, a pesar de todas las críticas de la protagonista, volver a Chile se hace necesario. ¿Crees que también aplica en el caso de las personas que se largan un día del país por el tema que sea: el volver no solo al territorio desde donde salieron, sino que al origen, a las relaciones pasadas, a ese lugar que tanto persiste en la memoria como ausencia?

Totalmente. Yo creo que las raíces son los pies y uno puede andar de aquí para allá, pero siempre hay algo fuerte que tira. No hablo del territorio ni de la comida. Es, más bien, la gente y la historia. Ese es el mayor conflicto que uno tiene y es inevitable que reflote en lo que escribes. Además, creo muchísimo en las tradiciones literarias. No me gusta desconocerlas; al contrario, existen y hay que nutrirse de ellas. Por otra parte, yo antes idealizaba mucho el estar afuera. Ahora he entrado en un proceso de desidealizar. Europa está cayendo en una lógica que me da miedo, hay una xenofobia creciente y parece que de vez en cuando se olvidan de lo importante: el Estado de bienestar que siempre ha sido, del respeto cultural. Creo que eso peligra hoy en día. Es mejor mantenerse siempre en los límites, resentir de uno y otro lado, no acomodarse ni aquí ni allá, me parece que ahí está la clave: el entremedio.

Tienes ya un par de novelas publicadas. Me interesa saber sobre tu formación escritural. ¿Cómo empezó tu interés por la escritura, cuándo dijiste: ya, quiero escribir? ¿Tomaste algún taller? ¿Dónde? ¿Con quién?

Fue como a los 15 años. Escribía cuentos y leía sin filtro, lo que cayera en mis manos. A veces no entendía nada, pero terminaba los libros igual. Muy ridícula. La literatura en mi colegio era muy mala, entonces no tenía ninguna formación. Nadie en mi familia tiraba mucho por ese lado tampoco. Y se me ocurrió ir a un taller literario, con un recorte que me pasó un profesor de Música arrancado del The Clinic. Era en la calle Rosal, Lastarria, en un restaurant español. Al principio todos me miraron raro, porque siempre me he visto más chica de lo que soy. Pero me dejaron quedarme. Era con Pablo Azócar, un escritor que admiro mucho como autor y persona. No conozco a nadie del campo literario con esa calidad humana, con esa sana falta de ambición, tan alejado de esa lógica de star system. Nos hicimos amigos y para mí ese fue un espacio de contención, donde podía hablar con gente mayor que tenía otros intereses. Pablo me guió mucho en las lecturas y también en el modo de enfrentar la escritura. Es un maestro máximo.

¿Reconoces alguna sintonía con ciertos escritores o escritoras chilenas? En el sentido de influencias, cercanías, coincidencias, temáticas, etc.

Creo que es inevitable que se produzcan afinidades, pero no soy plenamente consciente. Tal vez porque tampoco tengo un grupo aquí, me gusta mantener cierta independencia. Soy amiga de algunos, de los que más admiro. Porque al final uno se acerca a las personas que le llaman la atención. Ojalá escribiera como ellos, pero no. También admiro a los grandes, a los muertos. Les prendería velitas.

¿Qué piensas también sobre FILSA (Feria Internacional del Libro de Santiago) y cuál es la mirada desde el extranjero hacia este tipo de instancias nacionales? ¿Trascienden más allá de la cordillera?

Creo que es interesante que hayan aparecido otras instancias como la Furia o la Primavera de Libro. FILSA sigue siendo una Feria media estancada. Las actividades que se organizan intentan salirse de ciertas estructuras, pero acaban siendo tan esquemáticas como siempre. Es difícil descentralizar, pero confiemos que siga avanzando. Debería ser gratis, en un espacio público, que favoreciera el diálogo con la gente. Este año estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid y es increíble como los paseantes se te acercaban a conversar interesados, aunque fueras una completa desconocida. Por supuesto que los youtubers tenían unas filas gigantes, pero noté una apertura a lo nuevo, lejos de ese enclaustramiento en lo probado, en lo que funciona.

Para finalizar, cuando en una solicitud te piden que indiques cuál es tu ocupación, ¿qué escribes?

Profesora o investigadora en literatura. Me da muchísimo pudor poner “escritora”, o para qué decir “artista”. Todavía no me lo creo del todo.

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Santiago de Chile. Noviembre de 2017.

 

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.