…sus pies ciertamente son delicados, pues al suelo no los acerca,
sino que anda sobre la cabeza de los hombres…
Homero

verde carne, pelo verde
Federico García Lorca

verde negra sanguinaria
Alfonso D’Aquino

 

ESCENA I

 

Bartolomé y Sofía se sientan en unas gradas de piedra blanca. Frente a ellos se encuentra un escenario de metal que flota sobre un lago. Son las últimas horas de la tarde, las sombras primerizas de la noche van cayendo sobre la gente y el agua, que al reflejar el follaje se convierte en una alfombra cristalina. El escenario se compone de un rectángulo apostado en el centro del lago con un brazo central que al llegar a un par de metros de la primera fila se rompe en dos brazos más, uno que va hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Hacia la izquierda del escenario se balancean lentamente unas embarcaciones corroídas.

Mientras la gente se acomoda, los músicos van entrando al escenario: una pianista de baja estatura y labios rojos delgados, un saxofonista con apariencia de cavernícola domesticado y un guitarrista altísimo, de pelo rubio y largo. Afinan sus instrumentos y la gente va disminuyendo su parloteo. De uno de los extremos, empiezan a surgir unas figuras femeninas, cubiertas por una manta de color turquesa. Se sientan a los extremos. Las gradas se van llenando mientras la noche avanza en el inmenso jardín. La brizna se detiene por completo. Sofía recarga la cabeza en el hombro de Bartolomé, quien le acaricia el cuello como a un gato. Las luces se apagan y por unos segundos todo se cubre de una densa oscuridad. Un círculo de luz se posa en el centro del escenario. Las figuras encapuchadas se levantan y dejan caer su túnica. Aparece un grupo de bailarinas que, acompañadas por la música, comienzan su rutina. Bartolomé y Sofía observan con detenimiento a la bailarina principal: es delgada, de curvas cautas, piel apiñonada y ojos verdes. Cabello profundamente negro adornado con plumas de quetzal. Tiene un traje de terciopelo, también verde, ajustado a su cuerpo. Bartolomé se rasca la cabeza y le dice a Sofía:

—¿Qué estamos haciendo?

—¿Qué quieres decir con eso?, estamos viendo a las bailarinas…

—¡No!… eso ya lo sé… es decir, ¿por qué estamos aquí?

—¿Te sientes bien? David nos dio sus boletos porque él tenía otro compromiso. ¿Lo olvidaste?

—Eso lo recuerdo. Y también recuerdo que en realidad no teníamos muchos motivos para venir.

—Sí, pero no teníamos nada mejor que hacer. ¿Seguro que estás bien?

—Sí. Sólo que es raro cómo suceden las cosas. Cuando entramos, dijimos que sólo estaríamos un par de minutos y luego iríamos por una cerveza. Pero, ahora, al verla bailar no quisiera estar en otro lado más que aquí.

Sofía regresa su mirada al escenario. Los músicos tocan un jazz lento, pausado, erótico. O tal vez, el erotismo procede de la forma en que las bailarinas enredan sus brazos en la mujer de ojos verdes. Sofía la señala con el dedo índice y Bartolomé asiente. Los dos se toman de las manos, apretándolas cada vez que ella se acerca al público, y regala su sonrisa diáfana, que parece ser dirigida sólo a ellos. Sofía le susurra a Bartolomé:

—¿La conoces?

—No.

La música va aumentando su intensidad. Algunas personas se han levantado de sus asientos y se contonean torpemente. Sofía los mira con lástima. La bailarina extiende las manos y forma una constelación con los dedos, miles de estrellas nacen de su ombligo y se retraen cuando ella vuelve a su propio centro. Todos la miran, pero nadie como Bartolomé y Sofía.

Sofía ve en los pies de la bailarina la representación de un cortejo espiritual: con sus pies delicados tocando tenuemente el piso, atraviesa la capa de la superficie para capturar en el movimiento de sus piernas el deseo dormido en ella. Bartolomé se estremece cada vez que la bailarina se acerca a la orilla del templete, y arquea la espalda, regalándole al público la imagen de su cuello blanco y del nacimiento de sus senos. Con los ojos recorre su cuerpo: la curva de las caderas, el hundimiento de la cintura, la línea delgada de su cuello.
La música se detiene y las bailarinas terminan su rutina en posición de flor de loto. Sofía mira incisivamente a Bartolomé. Ella es la primera en hablar:

—Bueno, y ahora qué. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a buscarla?

—¿A quién?

—Tú sabes de quién hablo.

Bartolomé se queda pensativo. Pasan unos minutos. Toma de la mano a Sofía y le besa los dedos. Habla dubitativo:

—Bueno, primero hay que saber su nombre…. yo podría averiguarlo….

— ¿En serio? ¿Harías eso por mí?

—Sí… creo que sí…

— ¡Gracias, Bartolomé! Sabes que yo no podría acercarme a ella…

— Sí… una de las chicas del grupo de baile es amiga mía… ella podría presentarnos…

— ¡Sí!, sí, dile…

— Está bien. Yo voy… sólo… déjame ir al baño.

— Pero los baños están hasta la entrada y todos van saliendo. Te vas a tardar mucho y se puede ir sin que sepamos su nombre.

—Atrás de las gradas hay unos, no tardo.

Bartolomé sale huyendo en dirección contraria al escenario. Mientras camina recuerda los movimientos de la bailarina y tiembla. Tiene miedo. Cambia de dirección y se dirige al otro extremo de las gradas. Se refugia en una columna de concreto color carmín. Sofía espera unos minutos a que su compañero regrese y al no hacerlo decide acercarse al escenario. Su corazón palpita y sus dedos se contraen. Alguien intenta impedirle el paso a los camerinos, pero la amiga de Bartolomé la reconoce y la invita a pasar. Frente a ella se encuentra la bailarina, envuelta en una bata de color esmeralda. Se la presentan y es invitada a sentarse a su lado. Sofía está sumamente nerviosa y habla poco. La bailarina le ofrece un cigarrillo. Su voz es pausada, melódica. Sofía se siente envuelta en una nebulosa. De pronto, la bailarina la toma de la mano y la lleva de nuevo al escenario. Desde ahí observan el lago cubierto por la noche y rodeado de inmensos árboles. Bartolomé observa con ansiedad la escena desde su escondite. Quiere acercarse pero no se mueve de su refugio. La bailarina se sienta en un extremo del escenario y mete los pies al lago. Los peces le acarician los pies y ella ríe juguetonamente. Transcurren treinta minutos. Sofía se despide. La bailarina saca los pies del agua y le dice adiós con un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Sofía siente un escalofrío y se da la vuelta para caminar sin mirar atrás. Bartolomé, que se ha percatado de todo, se mueve entre la gente y alcanza el brazo de su amiga. Ella lo mira indignada, pero se guarda el coraje y camina junto a él. Bartolomé, ansioso, comienza a interrogarla.

— ¿Qué te dijo la bailarina?

— Se llama Anaïs.

— ¿Te diste cuenta que es verde?

—Sí…

— ¿Qué más te dijo?

—No tienes esperanzas con ella.

— ¿Ah, no?

—Bueno, eso pensé mientras vi cómo besaba a la pianista.

—Era verde.

— ¿Qué?

—El piano. Era verde.

— ¿Cuál piano?

—El de la pianista que según tú besó a la bailarina.

—… se llama Anaïs.

Bartolomé toma de la mano a Sofía y se dirigen hacia la avenida. Caminan cuesta abajo, y la lluvia comienza a mojar sus cabezas. Sofía tirita y se pega al cuerpo de Bartolomé. Caminan abrazados. Sofía se acerca una de las mangas de su suéter a la nariz y lo aleja rápidamente. Se dirige a Bartolomé:

—Mi suéter huele a cigarro.

—¿A sus cigarros?

—Sí.

Bartolomé saca de su bolsillo una cajetilla y le ofrece a Sofía. Ella lo rechaza. La lluvia comienza a caer de nuevo, muy pausadamente, mojando sus cabezas.

 

ESCENA II

 

Bartolomé entra a una habitación escueta. Hay una mesa, una silla, un pote con tapa verde.
Se sienta y comienza a servirse. Hace todo con mucha lentitud. Sofía entra a la habitación y se sienta a un lado de él. También se sirve de lo que hay en el pote. Comienza a comer. Bartolomé juega con su tenedor en el plato y se dirige a Sofía:

— ¿Que le pusiste al espagueti?

— Pesto.

— ¿Qué?

— Pesto.

— ¡Ah!, ¿qué es?

—Un condimento

—Ya. Es que nunca lo habías preparado así

—Así lo comí en la casa de La Bailarina.

—No es La Bailarina. Se llama Anaïs.

—Sí, ya sé. Fui yo quien le preguntó, ¿recuerdas?

—Siempre me lo reprochas.

—Dijiste que tú lo harías.

—Lo siento. Ya te pedí disculpas por eso…. te dije que tenía muchas ganas de ir al baño…. no me podía aguantar….

—Sí, claro.

—Bueno… qué te digo, ¿qué me escondí?

—Esa es la verdad.

—Para ti todo es cuestión de decir la verdad.

— ¡Exacto! Siempre es mejor admitir lo que en realidad se siente o sucede.

—Ojalá así admitieras lo que sientes por T. Es verdad que aún lo extrañas. ¿No es así?

Silencio. Sofía se levanta unos instantes de la mesa. Está indignada porque cree que Bartolomé dio un golpe bajo. Mencionó lo prohibido. Bartolomé se da cuenta de que hirió el orgullo de Sofía y se levanta. La abraza. Ella llora un poco y cuando se calma vuelven a sentarse. Él trata de volver al inicio de la conversación como señal de tregua. Continúan comiendo. Se miran a ratos. Se toman de las manos Bartolomé deja de comer y se dirige a Sofía.

— ¿Y si la llevamos a nadar?

— ¿Para qué?

—Pues no sé, para que se ponga un bikini.

—Ya, lo que quieres es verla.

—¿Tú no?

—Yo no quiero verla, quiero tocarla.

—También podríamos hacer eso.

— No lo creo, no nos atreveríamos. Al menos yo no.

—La cobardía desaparece cuando deseas algo con mucha fuerza.

—Tú no la desapareciste cuando hubo que preguntarle su nombre.

Silencio. Bartolomé suelta la mano de su amiga, ahora es él quien se siente herido en el orgullo. Peor, en su hombría. Ella intenta retomar el hilo primigenio de la conversación:

—A mí me gustaría llevarla a un lago.

—Sofía, nadie se mete con bikini a los lagos.

—Ya lo sé.

Se miran. Bartolomé y Sofía se encuentran acongojados porque desean en ese momento estar acariciando el brazo de Anaïs. Algo hay en ella que les dejó una sensación de llenar el vacío de su ausencia física. Bartolomé le pregunta a Sofía:

—Pero, ¿por qué a un lago?

—No sé… simplemente pienso que es un lugar que le sentaría muy bien a ella.

—Me empieza a preocupar todo esto.

—¿Por qué?

—Sólo hablamos de ella y no hacemos nada. Esto ya nos ha sucedido antes. Siempre terminamos muy mal.

—Ya lo sé. ¿Has notado lo verdes que son sus ojos?

—Sí. Toda ella es verde.

— ¿Por eso quieres invitarla al lago?

—Sí, sus ojos son como el color de la lama de las rocas.

—Ella no es una roca.

—Ya lo sé, ella es una bailarina.

—¿Las piedras bailan?

—No lo creo, tienen lama, pero dudo que puedan moverse.

—Ella no es una roca.

—No, ella es la lama.

 

ESCENA III

 

Bartolomé está recostado viendo la televisión. Bosteza con fuerza. Tararea con voz baja: I once had a girl, or should say, she once had me…. Comienza a tener mucho sueño. Dormita un rato. Sofía entra a la habitación y lo sacude. Bartolomé la escucha sin mirarla. Sofía habla precipitadamente.

—¡Ya besé a Anaïs!

—…ya la besé.

—Bartolomé, escúchame, te digo que ya besé a Anaïs

—…te digo que la besé.

—Lo que hay en su boca no es saliva, es savia.

—…es savia lo que hay en su boca.

—Le muerdes los labios y comienza a brotar delicadamente.

—…comienza a brotar.

—Y su lengua sabe a clorofila.

—…a dulce clorofila.

La televisión sigue encendida. Aunque Bartolomé le responde a Sofía, no deja de mirar la pantalla. Sofía se recuesta junto a él, colocando la cabeza de éste en su regazo para pasarle los dedos por el cabello. Bartolomé cierra los ojos por unos instantes, sintiendo los livianos dedos de Sofía. Ella, que ha dejado de mirar la televisión y cree que Bartolomé dormita, sacude la cabeza y le aprieta los hombros.

—Bartolomé, despiértate, te digo que besé a Anaïs.

—….estábamos afuera de una tiendita.

—Platicábamos de lo radiante que es Stravinski.

—…yo le dije que no tenía nada de radiante.

—Ella dijo que sí, dijo que era igual de radiante que morir a causa del colisionador de hadrones.

—…dijo cosas muy raras.

—Cosas sobre el agua y la niebla.

—…el bosque y el agua.

—Entonces, ¡Bartolomé! ¡Escúchame, que es importante!

—…entonces…

—Le pedí un cigarro.

—…me lo dio y luego tomó mi mano.

—Me jaló hacia ella.

—…me rodeó con sus brazos delgados.

—¡Me acariciaron sus labios!

—…yo sentí un temblor en el vientre.

—¡Eran sus dedos!

—…mis entrañas temblaron.

—Pasaron los segundos.

—…creo que toqué su lengua.

—O sus dientes.

—…se acabó el beso, se separó de mí, le dio un trago a su cerveza y comenzó a reírse.

—Creo que se burló de mí.

—…se burló de mí.

—¡Pero yo me sentía muy bien!

—…como pendejo, pero bien.

—Su beso me supo melifluo, como el agua verde de los lagos.

—…la lama.

—Ella es verde.

—…abisalmente.

—…verde.

 

ESCENA IV

Bartolomé y Sofía leen. De vez en cuando se miran. Bartolomé tiene una serie de palabras atoradas en la garganta pero no sabe cómo decirlas. Sofía se encoge en su asiento y cubre su rostro con la revista porque adivina lo que quiere decirle. Después de unos segundos, Bartolomé se llena de aplomo y habla:

—Dijiste que no te ibas a enamorar, así, a lo pendejo.

—No la amo.

—Bueno, es una forma de decirlo.

—… hay algo… que… no te he dicho…

Silencio. Bartolomé se incorpora y busca la mirada de Sofía, la jala de la mano y la pone frente a él. Ella comienza a hablar apresuradamente.

—Me acosté con ella.

—Ya lo sé, yo también estuve ahí.

—¡No! Primero me acosté. Luego nos acostamos.

—Dijiste que no te ibas a enamorar, así, a lo pendejo.

—Pero… no la amo.

—Es sólo una forma de decirlo.

—Primero fumamos un cigarro en la sala.

—¿Tú fumas?

—No, pero en este momento, sí.

—…después me llevó a su cuarto. Primero era como una selva tropical, hojas de palmeras picándome las costillas…

—Luego me sentí en un bosque denso donde el sol jamás podría tocar mis párpados. Mis pies crujían junto con las hojas que acompañaban nuestros pasos.

—…cuando empezó a besarme estábamos a la orilla de un lago. El agua musgosa acariciaba mis rodillas. Claramente percibí cómo los tentáculos de una medusa acariciaban mis pies.

—¿Hay medusas en los lagos?

—No creo.

—Y… ¿entonces?

—¡Pero la sentí!

—Ya lo sé, ¡yo también estaba ahí!

—Cuando pisas a una medusa sientes algo gelatinoso, luego algo que te quema, un dolor insoportable y agudo empieza a estremecer tu cuerpo en oleadas de sufrimiento y éxtasis.

—¿Te ha picado una medusa?

—No, pero besé, lamí, abracé, acurruqué a una medusa.

—Pero las medusas son blancas, transparentes, y ella no lo es.

—¡Ya sé que es verde! ¡Que se llama Anaïs! ¡Que escuchaste a Stravinski mientras ella te besaba el cuello! ¡Que sentiste dos hadrones explotando en tu vientre cuando alcanzaste el orgasmo! Y lo sé porque yo también estuve ahí. Yo también lo sentí.

—Dijiste que no te ibas a enamorar, así, a lo pendejo.

—No es amor.

—Era sólo una forma de decirlo.

Bartolomé observa con detenimiento los brazos de Sofía. Los toca. La piel se siente como la superficie de una alfombra. Ella no dice nada. La coloca frente a un espejo. Él la toma de la cintura, la abraza. Luego señala en el reflejo el brazo derecho de Sofía.

—¿Qué es eso que tienes en tu mano?

—No lo sé, me salió ayer, pero también lo tienes en tu cuello.

—Sí, lo sé, lo descubrí mientras me bañaba.

—Es musgo. Es ella

—Sí… es… ella

Escrito por Yeni Rueda López

(Morelos, 1990) Narradora y editora de Revista Moria. Textos suyos han aparecido en Tierra Adentro, Cuadrivio, Rio Grande Review y en la plaquette "Tres gotas de agua" (Simiente, 2014).