¿Cómo se comienza a escribir poesía en terreno baldío? A los catorce años Patricia se propuso responder un largo poema que su novio le había regalado. Y el carácter empecinado que tiene la llevó a asistir a un taller de poesía que se impartía en su escuela, justo en el cuarto donde se guarda el mobiliario viejo; una caja de lámina. El amor chicloso de la pubertad fue el detonante; el taller raquítico, el invernadero donde comenzó a probar suerte con las palabras. Con anterioridad, ya se había acercado a los libros por la insistencia de su madre —una mujer de profesión anfibia que estudió para ser secretaria y para ser médico, pero que sólo pudo dedicarse a la primera—, sin embargo le fue difícil comenzar a coleccionar ejemplares propios. En Tlalnepantla, su lugar de origen, no había tantas librerías. De hecho, su primer botín fue un libro con poemas de García Lorca, bastante feo y maltrecho que encontró en un puesto del mercado; después continuó con una antología de poemas del siglo XIX que usaba como material escolar y que, hasta la fecha, aún se sabe de memoria casi por completo.

Si a Patricia le costó tanto trabajo comenzar su biblioteca personal es porque el municipio de Tlalnepantla de Baz es uno de tantos páramos del área metropolitana del D.F: otra “Luvina” del Estado de México donde la difusión de la cultura se reduce a los jueves de danzón en la plaza principal. Yo también crecí en Tlalne. Eso me permite hablar con Patricia en un idioma donde las palabras manzana de Roma, FES Iztacala, Coca-Cola, Tortas Hipocampo, Liconsa y Rayovac tienen un sentido más amplio que el del nombre propio: con ellas trazamos un mapa de paradas de camión. La topografía de una zona industrial donde la pobreza y la violencia aumentan sin contención posible.

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Platicamos y me doy cuenta de que las conversaciones sobre el transporte público son la base de toda interacción entre mexiquenses. Esto se debe quizá a que el Estado de México es una entidad cuyos límites geográficos abrazan a la capital obligando a sus habitantes a ser población flotante, nómadas perpetuos que pronto se acostumbran a perder cuatro horas del día en traslados a la oficina, escuela y casa.

Quizá es este vaivén de vivir en dos ciudades a la vez lo que hace que la identidad del mexiquense sea difusa. Patricia se dio cuenta de que, para todos los nacidos en el Estado de México, es más fácil autonombrarse defeños. Nadie se asume como originario de Naucalpan, Cuautitlán Izcalli o Atizapán. Ella misma en su etapa universitaria cargaba con su biografía de Tlalnepantla como un bulto pesado. Como muchos, procuró evadir esa identidad de quienes hemos vivido en el área metropolitana.

¿Por qué un lugar puede ser motivo de vergüenza? Esta pregunta que surgió en una charla entre amigos poco a poco fue tomando forma en un proyecto mucho más grande. Así nació Oscuro entre nosotros en agosto del 2016. Ella la llama una “falsa antología mexiquense” pues recopila prosas cuyo común denominador es hablar del Estado de México. Como ella misma lo cuenta en la presentación de la antología, su iniciativa es invitar a otros a encarar esa identidad nulificada, trazar una cartografía de las experiencias y formas de vidas que se vuelven invisibles ante la abrumadora Ciudad. ¿Te has fijado que, cuando graban una película o una telenovela en México, los productores siempre piden que se limpien las locaciones?, dice Patricia y yo entiendo que tanto su escritura como sus proyectos de edición buscan mostrar la pelusa y el cochambre. Son ejercicios de honestidad. Quizá por eso se sorprende de que sean tantos los libros ganadores de concursos que hablan de viajes a otras latitudes. No encuentra respuesta sensata al por qué tantos escritores mexicanos hablan de Berlín y la República Checa como si todas las localidades de México ya hubieran sido trasladadas al papel. Si hiciéramos un mapa del país a partir de los lugares que aparecen en nuestra literatura, más de la mitad de México no existiría. ¿Qué intentan decirnos las decenas de libros premiados que se sitúan en ciudades europeas? No sé si gravitan en torno a la idea del escritor universal o si tan sólo son muestras de los privilegios de clase.

Patricia Arredondo asegura, entre risas, que los nuevos grandes escritores serán periféricos: llegarán del desierto o de Tlalnepantla, esa área metropolitana nebulosa. Como no hay nada, rueda la bola del oeste y te comienzas a preguntar:¿qué tal si fuera una carroza? La imaginación en ese vacío es necesaria. Es como ser un prisionero. Si en algo concuerdo con ella es en el hecho de que las fronteras —vivir en el limbo— nos obligan a ser creativos. Como niños que ven balones de futbol en una botellita de Frutsi. No hay opción.

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Luego de su estadía como becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas, Patricia Arredondo se hizo afecta a la constancia de escribir. Mantiene un blog donde publica algunos de sus poemas en los cuales se alcanza a ver que su poesía también es otra manera de explorar la reconciliación con el origen. Si Patricia grita tanto cuando habla es porque su infancia la vivió al lado de las vías del ferrocarril, compitiendo con el pitido ensordecedor de la melancolía hecha maquinaria y ruedas. En Patricia hay grito o silencio absoluto. La publicación de Acércate—un relato de literatura infantil que narra el encuentro entre dos niños, uno de los cuales es sordo— fue un pretexto para lograr mayor soltura al comunicarse en la lengua de señas.

Todas las búsquedas de Patricia Arredondo llevan a los mismos intersticios: enfrentar la vergüenza, buscar maneras de evitar el mutismo. En sus poemas siempre subyace una lucha por asumir lo que se ha visto, glosar la pena y el orgullo en la figura de la abuela, enfrentar las amenazas, reconocer la infancia como el origen del miedo, saborear la vida doble de ciudad y campo. Dejar de saberse sofocado por los derrumbes que tan sólo son vida cotidiana.

Aquí, una muestra en cuatro poemas:

Fotografías: Valeria Loera

Escrito por Laura Sofía Rivero

(Ciudad de México, 1993). Ensayista. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2016-2017 en el área de ensayo y del FONCA 2017-2018. Obtuvo el Premio Dolores Castro 2016 de ensayo por el libro "Retóricas del presente", así como el III Concurso Nacional de crítica literaria “Elvira López Aparicio” 2016, por mencionar algunos. Ha publicado ensayos en las revistas: EstePaís, Círculo de poesía, Cuadrivio, Punto de partida, Destiempos, entre otras. Sus textos se pueden leer en su página personal: https://parasitomimetico.wordpress.com/textos/