Antes de que me gustaran las “películas de arte”, vi muchísimas veces Miss Simpatía. Después me avergoncé de mi pasado de comedias románticas porque me resultaba difícil encontrarles cualidades. Me pregunté si mis gustos habían cambiado o si las películas que yo veía no eran tan buenas.

Unos días después de que se suscitara la controversia sobre el concurso de Miss Perú, como una aparición fantasmagórica, vi a Sandra Bullock en la tele. Necesité volver a verla. Miss Simpatía desarrolla y resuelve de forma extraordinaria muchos de las problemáticas feministas que no dejamos de pensar.

Gracie Hart, la detective del FBI quiere pertenecer al mundo de los hombres, pero este mundo la rechaza, le niega confianza y credibilidad. La mandan por el café, se permiten juzgar su físico todo el tiempo (su compañero le dice que se ve terrible después de haber sido humillada por el jefe), utilizan sus ideas sin darle crédito y la menosprecian sistemáticamente. Aun así, resulta evidente que es una mujer talentosa y fuerte, que además, es sensible, una característica no valorada por su jefe.

Aunque nunca se ha sentido cómoda con los usos y costumbres del género femenino, Gracie Hart logra camuflajearse entre el resto de las concursantes, a las que ella por principio menosprecia, porque no cree que nadie con inteligencia podría participar en un concurso de belleza. Pero desde el principio se da cuenta de que el mundo no es blanco y negro, de que las mujeres pueden ser inteligentes en algunos momentos y tontas en otros, pueden ser amables y pueden ser arpías. Pueden ser como cualquier persona.

El arco dramático de Gracie culmina con la entrevista final, en la que la malvada organizadora del concurso la increpa por pensar que es un concurso antifeminista. La respuesta de Gracie es hermosa, es un manifiesto de sororidad, admite que las mujeres con las que ha convivido son seres humanos maravillosos e inteligentes y jura defenderlas de quien quiera hacerles daño.

Miss Simpatía es una crítica puntillosa que utiliza el contraste para hacer evidente la ridiculez de los concursos; sin embargo, tiende puentes entre los puntos de vista y explica la contradicción aparente en la que puede caer el feminisimo, la misma que sus detractores nunca dejan de señalar.

Demuestra que es imposible no ser contradictoria en una sociedad contradictoria. Vivimos en un sistema que te alienta a competir, mientras te presiona para tener siempre las mejores intenciones, ser bondadosa, sonreír y desear la paz mundial. La corona que estuvo a punto de explotar en la cabeza de la ganadora es un símbolo del sistema, no es broma, vivimos en una sociedad en la que la misma persona que te saluda con una sonrisa puede querer asesinarte.

No es una sorpresa que el sistema que encumbra los aspectos físicos de tu persona en realidad te odia, porque todo lo demás que no es tu físico se puede atravesar en los intereses del mercado. A veces no puedes ser solamente eso, a veces queremos descansar y tomar chocolate caliente o comer pizza y emborracharnos con nuestras amigas. Por supuesto, al sistema no le conviene que seamos libres de hacerlo, al sistema le conviene nuestra enemistad y nuestra permanente competencia. Pero Gracie Hart gana una batalla cuando sus nuevas amigas la ayudan a arreglarse cuando todos los hombres la han abandonado.

Hace poco tuve una discusión con una amiga porque me sentí ofendida en una conferencia en la que se hablaba de usar tacones como un privilegio. A mí me cambio, dije, me parece que pueden ser una forma de opresión. Ella decía que a mí nadie me obligaba a usar tacones. Es cierto, a mí nadie me obliga a usar tacones. Sin embargo, yo sé el efecto que causan los tacones, sé cómo permea la imagen de mi cuerpo con tacones en el imaginario, sé lo que puedo conseguir en tacones, pero también estoy consciente de los peligros que estos aterfactos tan atractivos traen consigo. Desde una caída o el desgaste de mi columna, hasta el código no enunciado de que mi cuerpo está en renta y es público.

Pero tengo que decirlo mil veces, el feminismo no se trata únicamente de mí. Yo puedo tener un trabajo en el que puedo no usar tacones, no todas las mujeres lo tienen, algunas ni siquiera pueden tener un trabajo. El feminismo no es una búsqueda individual, es un apoyo comunitario, una red de comprensión, de seguridad y de empatía.

No es que vaya a decidir no usar tacones porque los considero una forma de opresión. Mucho menos voy a juzgar a alguien que los usa. Una ideología que subvierte una serie de prácticas naturalizadas no se convierte de inmediato en una lista de mandamientos, como podría ser una religión. El feminismo es un proceso de todos los días que te ayuda a mirar todo desde una nueva perspectiva, nos ayuda a desnaturalizar prácticas impuestas y a cuestionarlas.

No podemos exigirle a las misses de Perú que dejen de participar en el concurso, como tampoco deberíamos quejarnos sobre el uso que hacen de la plataforma mediática a la que tienen acceso. Vivimos en una sociedad contradictoria y opresiva en la que tenemos que sobrevivir al mismo tiempo que buscamos hacer un cambio.

Fue muy valiente de su parte tener ese gesto. Toda expresión de un malestar genera un proceso de reflexión, estemos o no de acuerdo, fomenta una discusión y cuestiona todo lo que habíamos asumido como fijo e inamovible. Lo comenté con otras amigas y concluimos: es mejor decir que no decir, siempre.

El feminismo es contradictorio porque es una ideología que se construye todos los días mientras deconstruye un sistema asentado por siglos. Poco a poco vamos desnormalizando prácticas, formas de pensar, ideas sobre nosotras mismas y sobre los otros.

Las participantes del concurso Miss Perú en vez de enunciar sus medidas, prefirieron decir el número de muertes por feminicidios, el porcentaje de mujeres violentadas, de explotación sexual. Con todo y la avalancha de críticas previsibles.

Resulta que muchas personas pensaron que ellas no tenían derecho a quejarse porque forman parte del mismo sistema en el que la belleza física es lo que les otorga valor.

No es ninguna sorpresa que escuchemos este tipo de críticas. Vi la publicación de un sujeto que tiene bastante poder en el mundillo cultural, él criticaba esta iniciativa por no ser lo suficientemente revolucionaria. De él sé de buena fuente que fue violento con su pareja y que continuamente muestra su misoginia. De cualquier forma, está dispuesto a fiscalizar el feminismo todo el tiempo. Una chica le contestó que lo más revolucionario sería que él cerrara su boca y escuchara.

Resulta preocupante que toda la responsabilidad sea cargada por las mujeres, que se las juzgue por no ser perfectas con el feminismo o en traje de baño, que se las juzgue todo el tiempo, si son buenas en su trabajo, si no le chingan lo suficiente, si no son buenas madres, si soportan a un patán, si no pusieron límites a tiempo.

No podemos juzgar las razones que tienen las participantes para estar ahí cuando sabemos que vivimos en una sociedad que nos juzga por el físico, que nos da o nos quita oportunidades, que juzga nuestro talento o simpatía.

El sistema que hace posible que existan estos concursos también hace posibles los feminicidios. Pero tendríamos que alegrarnos de que ellas usen esa plataforma para hacer evidente un sistema que juzga a las mujeres por sus medidas mientras sigue habiendo trata de blancas, feminicidios, violaciones, acoso y violencia.

Escrito por Anaclara Muro

Anaclara Muro Chávez (Zamora, Michoacán 1989). Estudió letras hispánicas en la UNAM. Publicó No ser la Power Ranger Rosa (2017) en la editorial Montea y Princesas para armar (2017) en Editorial el Humo. Forma parte de Horizontal Taller de Escrituras y Lucha de Escritores Anónimos. Impulsa el Slam Poético Queretano. Es editora de El Periódico de las Señoras.