Un proverbio japonés, anotado en El libro de la Almohada:

“Una mujer se rinde ante aquel al que ha vencido. Un caballero muere por aquel que le ha dado su amistad”.

Al fin y al cabo, no son tan distintos. Mujeres y hombres se rinden justo cuando… ¡ganan! La amistad y el amor son casi como estar rendidos de común acuerdo. O no de común acuerdo. Como siempre: el orden. Cuando un hombre “es vencido”, (solo) entonces (es decir: después)… una mujer se entrega.

Se rinde Sei Shônagon ante su amante Nobukata. Ella dice:

-Usted nunca recitará ese poema como lo recita Tadanobu.

Tadanobu es su otro amante. Esa noche, Nobukata se marcha sin decir una palabra. Por algún tiempo, persigue a Tadanobu. Durante días, solamente lo oye recitar. Practica solo, entre las sombras, sentado, a medias dormido. A veces, a medias tendido en el suelo, pronuncia y gesticula como el otro amante.

Una noche, Shônagon oye en la oscuridad a alguien que recita:

Fingiendo ser flores,

Los copos de nieve se dispersan en el aire.

Es completamente la voz y el estilo de Tadanobu. Pero Shônagon pregunta:

-¿Quién es?

Nobukata le responde:

-Soy yo y usted se asombra.

Cuando el otro está vencido (Nobukata tuvo que volverse Tadanobu), Shônagon lo acepta. Por más ocupada que esté, desde ahora, siempre está dispuesta, no a recibir al verdadero Tadanobu, pero sí: a oír a Nobukata recitando en el estilo de su otro amante.

-Soy yo y usted se asombra. – él le dice.

El vencido quiere sorprender a cualquier precio. Incluso, sorprender por ya no ser ¡ni él mismo!

Otras historias sobre mujeres y hombres:

Una Concubina Imperial se hace famosa por saberse de memoria todos los poemas del libro de Kokinshû. El Emperador la pone a prueba a través de corredores y pasillos, hasta llegar a fastidiarse. La dama no comete un solo error. Recita todos los poemas, sin desordenar los versos ni los himnos.

Ese mismo día, el Emperador se declara cansado. Informa que esperará hasta el día siguiente para continuar con la prueba. Sin embargo, esa noche, apenas logra conciliar el sueño, pensando todo el tiempo en que la Concubina aprovechará ese tiempo a solas para abrir el Kokinshû y consultar.

El Emperador despierta, con el cielo aún oscuro, y ordena a sus asistentes que enciendan una lámpara. Llama, en medio de la noche, a la Concubina hasta sus aposentos. Quiere llevar ahí mismo y, a esa hora, la prueba hasta el final.

Hasta que asoma el sol, la Concubina no tergiversa ni mezcla una sola línea. Recita de pies a cabeza todo el Kokinshû. A la madrugada, el Emperador al fin se declara vencido.

La noche siguiente, el Emperador se acuesta temprano y duerme tranquilo. Conoce a una mujer milagrosa que se sabe de memoria toda el libro de Kokinshû. Ella lo ha vencido. Ahora, sí: ¡puede acostarse!

 

En japón, (y en todas partes) los prodigios tranquilizan solo cuando son – verdaderos.

 

¡Hombres!

En El libro de la Almohada:

A veces llegan demasiado tarde en la noche y, por piedad, piden que su amante los atienda. Algunos no saben irse. Otros, trabajosamente, aprenden a llegar:

A la hora de presentarse en el patio de la dama, traen a un criado consigo, para no ser quien golpee la ventana y sobre todo, para no ser quien diga en voz alta “Shônagon”… el nombre de la amante. Este ritual mágico de no pronunciar el nombre es muy agradecido. La delicadeza de estar tan cerca y aún (simbólicamente): liberar un espacio.

¡Hombres!

El amor que uno siente por ellos surge o desaparece cuando se despiden. Cuando salen por la mañana, dando un salto de la cama, juntando rápido todas sus cosas y ajustándose brutalmente el cinturón, una solo puede… comenzar a odiarlos.

Si en cambio se visten en las sombras, no hacen ruido y salen del cuarto delicadamente, entonces… no, aún no alcanza. A primera hora de la mañana, las amantes japonesas todavía exigen… ¡una carta!

Las cartas son el final (con continuación) del ritual amoroso. Terminan – cuando empieza el día. Van atadas a ramas florecidas. Traen al cuarto, a primera hora, el perfume húmedo de los ciruelos.

Antes de abrir una carta, una debe siempre: lavarse las manos. Por más miserable que le parezca a una la caligrafía. Por más que las letras no se parezcan a otra cosa que a torpes pisadas de pájaro. Un hombre solo puede ser amado por una mujer… después de que ella haya leído su carta.

Otra razón para amar a un hombre, según Shoônagon:

Él ha venido de visita a la casa de la dama en medio de una tormenta.

Otra razón para amar, en general, a todo tipo de visita:

Sei Shônagon adora a los huéspedes que llegan golpeados por la nieve. Con las mejillas rojas y la ropa ¡fría!

Un hombre con la ropa helada es un amor inmediato. Puede comprenderse, por ejemplo, que un hombre así no quiera abandonar el cuarto por la mañana antes de que el rocío se haya formado. La dama hace concesiones. Se peina… para darle tiempo de salir.

Sobre los hombres, aún algunas listas:

Cosas que deberían ser enormes, según Sei Shônagon:

Los monjes.

Las frutas.

Las casas.

Los ojos… ¡de los hombres!