Por muchos años mi madre y yo compartimos el llanto, durante las tardes más nubladas nos sentábamos en el suelo, una frente a la otra y en silencio, dábamos apoyo a quien comenzara primero. Ambas ya conocíamos la rutina, bastaban un par de miradas para preparar el ritual, todo sin emitir el más mínimo sonido, ninguna sollozaba. Con la cabeza baja, sacaba de la alacena la olla más vieja, con muecas y señas, pedíamos a nuestros amigos e invitados que nos proporcionaran un momento a solas, era indispensable no abrir la boca y no detenerse hasta encontrar refugio en el calor de la cocina. No era necesario estimular el llanto, sin embargo, la diversidad de tristezas proporcionaba un sabor distinto a cada alimento. En ocasiones lloraba por la desesperación de haberme agotado los pensamientos tristes con saliva, al hablar de los decapitados en el barrio vecino, mi madre lloraba por ver a su hija tan solitaria y porque el único tiempo compartido estuviera destinado a las lágrimas. Nunca lloramos de amargura, eso permitió que la comida que ofrecíamos siempre tuviera un sabor cercano a la melancolía.

De los cansados ojos de mi madre nacían peces transparentes, bajaban por los pómulos y en forma de gotas caían uno a uno en la olla de aluminio, mientras yo, con las rodillas pegadas al pecho leía para ambas la nota roja, las cartas viejas, los subtítulos de documentales extranjeros con el único objetivo de acrecentar el agua, llenar la olla y poner a cocer papas y calabazas. Siempre quise llorar igual a ella, llorar tan limpio y no necesitar lavar mi cara al terminar, exigir silencio al exterior para apreciar los breves suspiros emitidos, tan cortos y bajos que confundo con un niño. Imaginar que al combinar los ruidos constantes del lagrimeo con el cuchillo y la tabla se crea la música que el mundo ya conoce, pero ignora que ama.

Mis lágrimas jamás fueron saladas, siempre debíamos agregar una pizca de sal a los guisos antes de que estos hirvieran, unir las dos aguas por si acaso y admirar el momento justo en que se mezclaban y hacían de los alimentos más nuestros, más de todos. Disfrutar el proceso hasta el final, ver el rostro de los comensales obligados y que, contagiados por la nostalgia casi forzada, por nosotras las cocineras, suspiren hasta suplicar por privacidad, entonces subirán a las habitaciones del segundo y tercer piso para inundarlas de agua limpia, para regresar por un segundo plato.

Llorar fue siempre un acto de amor con sabor a no te voy a dejar sola y puré de papa, en el cual comíamos de ambas y otorgábamos un poco de humanidad y perversión a nuestros acompañantes. Llorar era conocerme como una versión joven de mi madre que algún día también morirá, era permanecer dentro de varios cuerpos amados a la vez por un par de horas hasta desecharme y mudarme al océano.

Un día dejamos de llorar sólo porque sí, porque en un descuido extraviamos la olla o la confundimos con otras.

Escrito por Cristina Meza

Poeta y artista plástica nacida en Guadalajara, Jalisco, México. Actualmente reside en Zapotlán el Grande.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s