La historia se nos esconde, en ocasiones olvidamos el porqué del hoy, en ocasiones olvidamos las causas de nuestra existencia como mujer que estudia, que trabaja, que vive sola, que no tiene hijos o que los tiene y los mantiene por su sola voluntad, que usa más pedidosya que el sartén, y que sobre todas las cosas: es reconocida como ciudadana capaz de votar y formar parte de la toma de decisiones que avalan un país entero.

“Hace no mucho más de 50 años, el palacio legislativo solo tenía baños para hombres” nos afirmó Stella Duarte, sin preámbulo y en repetidas veces, sobre el sillón marrón oscuro bajo la luz ínfima del crepúsculo. Podía no habernos dicho más, pero agregó; “no se tenía ni tan siquiera pensada a la mujer en el parlamento”, y casi nos bastó, sobraban las infinitas palabras allí implícitas. Aun así, quedaba mucho por saber. Militante Socialista y jubilada, tomó un sorbo de té y clavando fijo la mirada sobre el suelo, vociferó el fin del inicio: “Somos el 52% de la población uruguaya y solo el 16% nos representa en el gobierno”.

En diciembre de 1932, tras varios años de lucha, Uruguay se convierte en el primer país Sudamericano que permite el sufragio femenino. “Si no podíamos ni votar, ¿cómo íbamos a poder participar?” enuncia Stella, instalando los inicios del cuestionamiento de nuestros derechos. Pero recién en 1938, efectivamente la mujer logra votar en los comicios de todo el país. A su vez, la presencia de la misma entre cargos del gobierno tardaría aún más en llegar.

Año 1942, las elecciones de noviembre trajeron consigo un “inédito” resultado; electas una senadora colorada (Sofía Alvarez de Demichelli, del ala conservadora), y dos diputadas, una colorada (Magdalena Antonelli Moreno, del batllismo) y la otra comunista (Julia Arévalo de Roche).

Tales acontecimientos parecían marcar el antes y el después en la política, parecía que por fin las semillas habían comenzado a echar raíces, pero algo estaba siendo olvidado: continuar con el espacio a la mujer en el gobierno.

Increíblemente, hasta la interrupción de la democracia de 1973, la representación femenina en el parlamento nunca superó el porcentaje obtenido en 1942. Podríamos creer que en las primeras elecciones democráticas luego de la dictadura el porcentaje avanzaría, pero no señorxs, eso no sucedió. El porcentaje de participación femenina en el parlamento en 1984 fue de 0. Cero. C e r o.

Desde allí, los habitantes de Malvin, Montevideo,  no pararon de moverse. Duarte, participe de aquellxs revolucionarixs, nos contaba de su impotencia, de la manera aberrante en que la mujer era ignorada en los cargos ejecutivos y era solo puesta en los cargos de base; finanzas, administración.

Llegando casi a final de siglo, exactamente en 1991, se dijo basta, o al menos se intento. El congreso de Malvín, que pasaría luego a convención, comenzó lo que hasta el día de hoy sigue sobre la mesa: Ley de cuotificación. “Habían elaborado una forma escabullida para que no se viera que no se le daba oportunidad a la mujer. Entonces nos dimos cuenta de que sin una cuota como ley, la mujer no iría a llegar” decía Stella, con los labios tensos y los puños apretados. ¿Y qué es la ley de cuotificación? La Ley promueve la intervención de las mujeres en la política, propiciando su acceso a cargos de poder y su participación en espacios formales de decisión, en iguales condiciones que los hombres, estableciendo 1/3 de representación femenina en las listas. Como era de esperar, las repercusiones fueron varias, y la ley no fue aprobada en el congreso por las mayorías requeridas.

Según la militante socialista, desde supuestos puestos progresistas, se manifestaba: “No estuvieron nunca, ¿cómo vamos a saber que por ser mujeres van a funcionar?” y “Las mujeres a la cocina”, pero eso tampoco fue un impedimento para intentar vencer la desigualdad. Para aquellos que no estaban a favor de la ley, se la planteaban como “algo para evaluar”.

Con el artículo 77 de la constitución vigente como base del proyecto; “Todo ciudadano es miembro de la ciudadanía de la nación: como tal es elector y elegible en los casos que se designarán” el Frente Amplio marcó la diferencia, siendo desde 1993 el único partido en donde hay mujeres titulares seguidas por tres suplentes del mismo sexo.

Llegado el 2009, casi 20 años después, la ley finalmente se aprobó para todos los partidos políticos, pautando su presencia en las elecciones nacionales e internas que vendrían ese mismo año y el siguiente. Listas impresas, listas en mano, resultados por parlantes y tantaran: ley de cuota de participación femenina sin cumplir, no se alcanza el tercio de la integración exigida.

Acercándonos aún más al presente, las elecciones pasadas trajeron consigo un avance en la cantidad de puestos ocupados por la mujer como nuevos conflictos; las titulares electas eran en su mayoría exigidas a renunciar para que su suplente hombre sea quien pueda ejercer su cargo. Lilian Celiberti, integrante de Colectivo Mujer sostuvo a Montevideo Portal que “si el espíritu de la ley es incrementar la participación de las mujeres, una mujer debería tener como suplente a una mujer”. Así mismo, fue el inicio del repiqueteo de una consecuencia positiva; la paridad.

En Julio de este año, el partido Frenteamplista aprobó dicha paridad, que pretende la participación igualitaria de mujeres y hombres en las listas, 50% y 50% “Obligatoriamente ahora habrá presidentx-vicepresidentx mujer-hombre hombre-mujer; la lógica si somos el 52% de la población” exclama con ímpetu Stella, mientras el sol ya había caído y el vapor de la tetera había dejado de salir. Pero algo más la hizo sobresaltar del asiento, “¡Topolansky!” claro, la entrevista fue en el momento justo. El futuro se adelantó levemente y nos encontramos acá, con una vicepresidenta mujer por fuerza mayor. Claro, esto todos lo sabemos, ni hace falta nombrar las causas del hecho, no hace falta nombrar los hechos históricos que remiten al hombre, todos los sabemos; José Batlle y Ordóñez, Wilson Ferreira, Liber Seregni, Terra, Bordaberry, Luis Batlle Berres, Herrera, Sanguinetti, Mujica, ¡Artigas!, ¡Varela! Pero cómo me voy a olvidar de estos dos últimos, me falta uno, casi que lo tengo en la punta de la lengua… ah, Sendic, Raúl Sendic ¡claro! Por supuesto que sabemos todo de ellos, por supuesto que la escuela nos los enseña, que el liceo nos lo reenseña, que las calles nos lo vuelven a nombrar y que en los libros vuelven a renombrar… pero, ¿y la mujer? ¿Acaso ninguna formó y forma parte de la historia reformista, revolucionaria, cambiante, iniciadora, o finalizadora?

¿Qué hay de Paulina Luisi fundadora en 1910 del feminismo uruguayo con el Consejo Nacional de mujeres, primer médica del país, fundadora del partido socialista del Uruguay y luchadora incesante por la igualdad de género? ¿Qué hay de Alba Roballo la primer ministra mujer de Latinoamérica en 1968, ministra por 44 días tras su renuncia debido a la implementación de  las medidas prontas de seguridad de Jorge Pacheco Areco, con el discurso de “Esto se implementa no para enfrentar a una guerrilla sino para la represión sindical y como instrumento para la defensa de los intereses de la oligarquía”? ¿Qué hay de Adela Reta ministra de la corte Electoral y luego designada por el presidente Julio María Sanguinetti como Ministra de Educación y Cultura, puesto en el que permaneció durante todo el quinquenio 1985-1990? ¿Qué hay de Julia Arévalo, Enriqueta Compte y Riqué y Melchora Cuenca? ¿Saben, sabemos de ellas? Y lamentablemente, es una pregunta retórica. Porque la capa de invisibilidad de Harry Potter no solo existe en la ficción, existe en la ruta transitada de miles de mujeres que rompen los esquemas establecidos, que intentan destruir las estructuras realizadas para un mundo solo de hombres, pero están. Estuvieron y están, más fuertes y empoderadas que nunca. “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudiste quemar” se escucha por las calles manifestadas con el fin de equidad de género. Y así es, las herramientas para continuar avanzando no son muchas, y a la vez, son todo; “La lucha, no hay otra. Todo se consigue con esfuerzo” suspira Stella Duarte, con la esclerótica repleta de lágrimas, pero contenidas, siempre contenidas.