Éramos seis nomás y tanto él como yo queríamos pelear. Había entonces un acuerdo, una especie de tensión sin palabras, y, llegado el momento, dispusimos nuestra mejor sonrisa y chocamos nuestros guantes. Sergio sabía en el fondo que perdía, pero apostaba a los dioses, a los supremos que siempre adoró. Yo, por mi parte, aposté a mis nudillos y a las ganas que tenía de ganar. Solo eso bastaba. Willy agarró el cucharón sopero de los domingos, y le dio —con toda la necedad que tienen los adolescentes— tres coñasitos consecutivos a una olla inmensa, y ahí mismo comenzó el round. De inmediato ninguno hizo nada, yo solo lo veía, lindo lunar de pómulo, indio blanco, virgen muchacho. Él también me miró a mi y no sé qué vio, porque ceñó más sus cejas y me acercó el guante a la cara. Pobre indio, a mí que no me gusta que me den ese trato, respondí con dos puños a su mentón y deslicé mis piernas con la agilidad de un arquitecto al usar el compás. Sergio titiriteó del dolor y lanzó ganchos a mi cabeza, pero con los ojos cerrados, y no le quedó más remedio que abrirlos cuando vio que no golpeaba nada. Mi cintura estaba suelta, iba de un lado a otro hasta que me lancé sobre él y le susurré al oído vagabunderías. Vaya él a saber qué le desperté, porque me tiró a la nariz y me corrió el eje y aguanté mucho coñazo, que no eran como los coñasitos con que Willy agitó la olla, y me dije a mí mismo: agárrate que esta vaina va en serio. Y en eso nos agachamos, encorvados, entrecruzando miradas. Y sin dejar correr más el tiempo le conecté dos rectos al ojo derecho y de un paso atrás, un paso cortico de vals, me permití volver a sonreir. Sergio quedó atónito, bizco, malcriado, pidiéndome que parara, pero yo ya no podía parar. Habíamos acordado algo y suelo siempre cumplir los acuerdos. Entonces torcí mi puño y lo llevé a su costilla izquierda, y con la fuerza de diez negros golpeé su cara. Willy tocó la olla y los cuatro que permanecían en aquella sala corrieron hasta nosotros apostando a un ganador. Cada uno limpió la mugre. Willy sacó una bolsa de hielo y la dejó caer en nuestras heridas. De nuevo agitó el cucharón y volvimos al centro. Sergio te tenía algo, siempre volvía, agotado o muerto, pero volvía. En eso se levantó de la silla y caminó hacia mí, y como que los dioses le respondieron porque me dio tres rectos a la cara y uno a la panza tan fuerte que me tiró al piso, y lo único que me quedó fue medio respirar tendidito en el suelo como carne de cañón. Tan fuerte fue que me voló la sonrisa y me levanté con el ombligo adentro, firme, eso sí, como a quien no le disgustara la cosa. Y no sé cuánto tiempo pasó que me sentí roto, roto por dentro, que ni tiempo de arrecharme me dio porque de un cabezazo tironeó mi alma y me lanzó a otro plano —a donde llegué enseguida— y él estaba llorando, y los apostantes soplándome la cara diciéndose entre ellos: chamo, chamo, chamo, ¿y ahora qué coño hacemos? Y cuando ya sentía que pertenecía más de allá que de ahí, caí flotando en mi cuerpo y Sergio perdido danzaba de un lado a otro. Yo lo miré con un solo ojo porque el otro me lo dejó piche, y con la última garra nos tiramos los últimos golpes, golpes cansados, y, abrazados, escuchamos nuestro pulso que parecía uno solo. Los dioses llegaron por nosotros, y ahora estamos vigilando la pelea de otro Sergio, y otro yo.

Escrito por Andrea Morena García

Nació en Los Pijiguaos, un campamento minero al Sur de Venezuela. Es Comunicadora Social de la Universidad Monteavila (Caracas). Colaboradora y productora de documentales para Vice News, 4 Channel. Música y boxeadora amateur.