—Tanto tiempo intentando descifrar el punto de fuga de nuestros sentidos, tanto tiempo intentando encontrar el factor común del ser humano, tanto tiempo pretendiendo proclamar la similitud de cada uno de nuestros escaparates, tanto tiempo creyendo que estaba acompañada, tanto tiempo negada a aceptar: estamos solos, desnudamente solos en la tierra. Y ese, sólo ese, es nuestro punto de encuentro obligatorio— tragó el segundo sorbo de café, mordió la cuarta migaja de tostada, y no confluctuó más. No necesitó más. El crepúsculo clandestino se arrodillaba ante el parpadeo escaso, el vapor acalorante comenzaba a esfumarse, la tostada entibiada…

—Estáticamente tenemos chance— me dijo, inspeccionando la borra de café sin mover ni un ápice de su figura defectuosa.

Tropecé con el escalón y reposé mi materia callosa sobre la suya. Le comenté que el estatismo es mera ingenuidad, que la chance es hoy y que estáticas son las bolas, y ni siquiera. Tomé sus muñecas grotescas y las até por detrás de su cabeza, seguí de igual manera con los pies y las piernas. Aproveche la taza y la cinta que había al lado para pegarla sobre sus labios jugosos. Me saqué la remera del manya de calentura no más por haber perdido contra el Tanque Sisley y escondí con ella sus ojos, bien escondidos, bien apelmazados.

Quité mi inquietud generando un vendaval sobre el sonido amorfo de su intento de susurros, voló la silla de la derecha y la mesa de en frente, el piso se desquebrajaba escavando el núcleo del suelo universal, su cuerpo fue succionado en un santiamén por la arena movediza que habitaba debajo de los azulejos azules de cristal. Ví cada una de sus partículas desapareciendo sin escrúpulos hasta que el polvo milimetral de las mismas se camufla en el movimiento revoltoso de los granos de arena. La ingenuidad de su capa exterior se vuelve una completa deformación beige. Nada se distingue. Nada de todo lo que la representaba sobresalta. Todo se encuentra desfigurado y al trote.

Palpé mi piel, no sea cosa que yo también vaya a desaparecer. La percibí fría y blancuzca, sentí los poros exaltados, noté un éxtasis recorriendo cada meandro de mi voluptuosidad. Me percaté de que no tenía ropa pero no lograba recordar en qué momento había terminado de sacármela. Me tomé la presión, las pulsaciones denotaban infinito al cubo, una especie de catastrófica hiperactividad dominaba mi estadía momentánea en aquel cuarto de paredes blancas, y piso blanco, y una ventana. Una ventana impecablemente limpia. La totalidad del todo de ese todo era impecablemente limpia. ¿Cuánto tiempo haría que no apreciaba un sitio despojado de mugre?

De repente una presencia en el ángulo izquierdo de la ventana me envuelve en un acolchado de rotunda azarosidad. Era una presencia tan blanca como todo lo que me rodeaba, no se distinguía sexo ni palabrerío interno. Qué intriga. Me acerqué. Casualmente la presencia realizaba exactamente los mismos movimientos que los mios, yo para un lado, ella para ese lado, yo para el otro, ella para el otro, yo rasco mi cabeza, ella rasca su cabeza, yo toco la ventana, ella toca la ventnos tocamos. Creí que nos tocábamos. Creí que era el estátismo revolucionado y personificado en andanzas imparables, creí que era una nueva compañía para mi vida, creí que era alguien.

Una lágrima se balancea de una mejilla a la otra, la refracción era tan blancuzca como yo, la refracción era yo. Estaba sola, desnudamente sola en la tierra, comiendo mi última migaja de tostada que había dejado enfriar.

¿O desnudamente acompañada de mí?