Padre:

No podía dejar de soñar con eso. El último día decidí permanecer despierto para que no apareciera otra vez con sus brazos de explosión y sus pies enormes aplastando las montañas. Horas enormes de oscuridad y pesar con tal de no verle llegar.

La primera vez que sucedió llegué corriendo a casa; la puerta estaba abierta. Cuando entré vi sobre la mesa un plato de papas fritas con limón, mi madre me gritó desde la cocina, yo quise pasar desapercibido, ir directo al cuarto, pero justo al pasar por el comedor tiré el bote con la sal. Ella se asomó enseguida y me regañó por tener el pantalón profanado de rojo entre las piernas, por el chamoy, eso fue lo que le dije.  El castigo que me impuso fue que tendría que lavar yo mismo mis culpas, para que aprendiera a cuidarme, más aun tratándose de ropa blanca, y sobre todo del traje de mi primera comunión.

“¡Mira cómo ensuciaste el trajecito!  ¡Que cochino! Pero lo lavarás tú mismo para que aprendas a fijarte por dónde y con quién andas. ¡Cámbiate ya y saca ese traje al lavadero, mañana temprano te va a tocar enjuagarlo!”

Ese día había ocurrido por fin el tan esperado evento: mi participación en la batalla entre el bien y el mal. Pensé que ahí terminaría todo. Todavía recuerdo el sabor del vino, el perfume de los lirios, las mujeres con vestidos largos acercándose al altar. Las niñas se casaban con Jesús por puro antojo de sus madres. A mí ya no me importaba nada, yo sólo quería dormir, salir corriendo de allí y que terminara por fin esa batalla. Todas las noches anteriores las manos del demonio con bata negra no me dejaron descansar. Cada vez que mis pestañas besaban mis ojeras, él aparecía, despabilando los panales, arrojando flores marchitas, correteándome. Así como en la realidad, esas noches previas a la gran comunión, sus manos flacas y grandes me apretaban del cuello y me pedían sonreír en sueños, y él gruñía sobre mi cabeza. Y yo ingenuamente creí que eso era lo más malo que me podía pasar.

No he dejado de soñarle.  De vez en vez aparece y aplasta cada roca con sus zapatos bien lustrados, alza los brazos y levanta mares llenos de cadáveres. Yo sudo y todavía mojo las sábanas a rayas.

¿Se acuerda?

Ese día terrible, cuando terminó la fiesta sagrada, la bestia vestida de negro nos atrapó a mí y a Arturo. Le pidió a nuestros padres que nos quedáramos a comer con él y a arreglar todo para una misa de boda nocturna. Nos puso a jugar un trato cruel. Luego echó de la casa parroquial a Arturo, dejándome solo. El sol también se fue. Todo se oscureció.

El blanco se cambió por negro, un color espeso como las partículas húmedas que se guardan en las rayuelas de las huellas pecadoras de los dedos. Lo tengo presente aún. Fue como convertirme en un animal, vivir bajo la piel de un ser sin pensamientos que no logra articular una palabra. El aroma del cuarto envenenaba mi cabeza. Lo recuerdo más porque al fondo colgaba una enorme cruz. Quisiera soñar que me escapé, pero pude irme hasta que me dejó ir. No lloré ni una sola lágrima en todo el camino; pero sí grité como poseído. Corrí y grité.

Cuando llegué a casa, después del regaño por las manchas en mi pantalón, engullí violentamente las papas y luego dije que me iría a dormir. Quería sentirme a salvo, aunque fuese bajo del sobaco de mi abuela parapléjica. Apenas comenzó a vencerme el sueño, supe que aquello sería peor que todo; de su cuerpo un día podría defenderme, cuando yo crezca y mis fuerzas sean más grandes que las suyas o lo venzan los años, pero de ese otro día, del que ya vivía dentro de mí, jamás iba a librarme.

Así que recuerdo que tomé mucha agua para orinar a cada ratito. Intenté colocar pegamento en mis parpados para no cerrar los ojos; mordí mucho mis uñas para que el ardor al rozar mi yema con el colchón me hiciera perder la concentración.

Recuerdo que parecía algo imposible, iba a dormirme; y yo pensaba que sólo debía sobrevivir esa noche… lloraba y me revolcaba en silencio, acurrucado junto al cuerpo maltrecho de la pobre vieja. Hasta que pensé en algo.

Las interminables plegarías cansaron a mi mamá y se quedó profundamente dormida.  Así que me levanté con mucho cuidado. Tomé mi cuaderno de ciencias naturales, escribí las dos preguntas, y salí espichadito por la puerta de atrás.

Salí solo, entre el frío de la noche y el canto de las lechuzas. Llegué hasta la iglesia. Me metí por el hueco en el cerco, caminé hasta el patio, me quedé bajo el árbol de guayaba, agazapado, mirando fijamente el brillo de su puerta. Ni un ruido me interrumpía. Traía dos piedras grandes que había recogido en el camino. Estuve allí imaginando que entraba por la ventana y le reventaba la cara al demonio de negro. Pero no tuve fuerzas. No hice nada hasta el amanecer. Envolví las piedras en el papel con las dos preguntas.

Las arrojé con todas mis fuerzas y rompieron la ventana. Usted encendió la luz y yo salí corriendo. Me oriné, no sé si del miedo o de la angustia.

Después pensé que los primeros en leerlo fueron aquellos hombres que viven ahí, siempre de pie y con rostro cansado. Supuse que nunca se lo dijeron, Padre, porque el monstruo nos seguía atormentando a Arturo y a mí.

Ahora que soy mayor, ya sé decirlo: usted me siguió violando, hasta que mi familia se mudó del barrio. Y hoy que vine a enterrar a mi madre en su parroquia, porque tuvo afecto hacia usted, se me ocurrió pasar a confesarle mi único pecado, decirle que fui yo quien el día de su primera comunión, arrojó dos piedras a su ventana, con preguntas que ahora puedo decir con más fuerza:

 “¿Quién canta un aleluya mientras observa con lujuria a un niño? ¿Cómo puede bendecir a los inocentes para alejarles de todo mal, y horas más tarde ultrajar un cuerpecito hasta llevarlo al infierno?”

 

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)