«No está el poeta condenado a definir», me dice Yosie Crespo con una sonrisa que he aprendido a saber cómplice. Nuestros encuentros trascienden el espacio textual, las redes virtuales, los viajes a una u otra orilla. Intercambiamos modos de pensar en la poesía, en la creación, en el arte como trascendencia. Residente en los Estados Unidos, Yosie Crespo es una de esas voces que considero —sin miedo al error— inextinguible dentro del mapa de la creación joven cubana. A ella, de cualquier manera, no le ocupan esos asuntos: prefiere mirar a la poesía como libertad del alma, cadencia del espíritu, como al árbol perdurable. Escribe, escribe, escribe, y solo el pretexto de esta entrevista —y la amistad que media entre nosotras, que transforma todo a su paso— me hacen acercarme a través de las redes: me obsesiona encontrar, en la medida de lo posible y más allá del espacio físico, a esa mujer y poeta llamada Yosie Crespo. Sé que carga con el peso amoroso de tres libros éditos, que le preocupa la sonrisa de la gente, el partir y el regresar. «Pero el poeta no está condenado a definir», me dice Yosie, «definir sería limitar». Su fe, casi sentencia, me guía cuando lanzo mis preguntas. Quizás la punta de esta flecha logre conocer la diana.

¿Consideras que la poesía cubana es un bosque simbólico común, independientemente de si ha sido cultivada dentro de la Isla o en la diáspora?

Y.C. Un poeta no se puede desligar de sus raíces. Cuando lo intenta, no funciona; y su influencia es notable aún en la obra de aquellos que se alejan. Es como decir ya no soy de mi madre. Me gusta pensar que la poesía cubana es como un bosque de árboles kiri: sobrevivientes al fuego, ya que pueden regenerar sus raíces y vasos de crecimiento de forma rápida, toleran la polución y tampoco exigen suelos fértiles. Dispersos estamos en este bosque con raíz común.

¿Qué entiendes o defines como buena poesía, digna de formar parte de un posible canon escritural, si tal existiese, de Cuba?

Y.C. Existen tendencias y estilos diferentes. Para mí la buena poesía es esa que puede alimentar el espíritu y cambia un momento de lugar —la perfección no existe—; la buena poesía te ayuda a ver mejor, es esa que logra comunicar una idea o un estado de ánimo con mayor eficacia. Pero la poesía no debería definirse. Definir sería limitar.

Se ha hablado muchas veces del poeta como de un periodista de la realidad, un fotógrafo de los acontecimientos que rodean su propia vida. Al ser tú una joven poeta cubana, que vive en los Estados Unidos, ¿sientes alguna dualidad de realidades o verdades en tu vida creativa? ¿Cómo concilias la existencia entre dos mundos: el cubano y el norteamericano? ¿Crees en los puentes poéticos, en la poesía como conciliación y nuevo comienzo?

Y.C. Creo en la poesía como instrumento para reconocernos entre nosotros mismos. Yo vivo entre dos mundos en los cuales la manera de estar va cambiando. En mí, por ejemplo, se ha creado un universo compartido de creencias, el cual ha vencido cualquier dualidad anterior y le ha dado nacimiento a otro tipo de poesía.

 La búsqueda de la identidad, del ser y el hacer, se ha constituido como una de las constantes en tu producción poética (me atrevería a decir, simbólica): ¿ese deseo de ser definida es tu gran obsesión como artista?

Y.C. Es difícil decir, de forma exacta, qué preciso con el sujeto identidad: algo que no vaya más allá de su/mi propia revelación. Identidad con qué, con quién, si mi yo de hoy es el yo de ayer. Todas sus circunstancias me obsesionan: la mirada en el espejo, la evidencia de un yo antipoético que afirma al parecer ciertas contradicciones y la fragmentación del (yo) otro mediante la búsqueda constante de mis orígenes. Desearía que nunca me intentara curar de mis obsesiones. Definir sería limitar.

¿Qué otros temas te interesan?

Y.C. El lenguaje como versión modesta de la realidad y como vehículo. Me interesa la variedad como escenario de este safari al que llamamos vida.

¿Sientes que tus textos se insertan dentro de la realidad poética joven de la Isla? ¿O acaso los entiendes como poesía marginal (entiéndase liminal)?

Y.C. Quisiera escribir poesía sin la preocupación de pertenecer. Creo que la poesía misma se ocupará de insertarse o no. Quién soy para indicar si estoy allí o aquí desde mi condición de extranjería.

¿Crees en el concepto de generación o piensas que es una idea ya trascendida para la mente y la espiritualidad de los poetas?

Y.C. Pienso que a los poetas de hoy no les interesa pertenecer a una generación ni están buscando cómo insertarse, no se escribe pensando en eso. No sé si esa fue una preocupación del pasado, pero también creo que, como concepto, continuará existiendo: en una sociedad tenemos la necesidad de catalogar, de agruparnos en base a nuestras experiencias, formas de vestir, nuestros traumas o negaciones. Prefiero creer más en las coincidencias que nos puedan unir que en una propia generación.

 ¿Es Cuba un eje temático dentro de tu creación? ¿Lo es Estados Unidos? ¿Cómo concilias en tus textos, el hecho de pertenecer a dos orillas: te ocupa, te preocupa?

Y.C. De cierto modo lo es. Cuba está en mí como lo está mi madre y como lo están los objetos necesarios para existir. Está en mí como la soledad, como la intuición y como la esperanza. Estados Unidos es un complemento que contribuye a la historia. Estas dos partes se entrelazan en mi poesía sin percibir que lo hacen, están ahí y son útiles cuando se dejan conducir para el bien del texto.

 ¿Cómo has experimentado el retornar a Cuba, a tus orígenes? ¿Cómo has evidenciado, luego, el tránsito de volver a los Estados Unidos? ¿Quedan huellas de esa realidad en tu poesía?

Y.C. Regresar es una forma de reconstruirme. A veces ya no sé si regreso a Cuba o a los Estados Unidos. No tengo ya claro donde comienza o termina el viaje. Es el síndrome del viajero eterno. Mi poesía es como uno de esos árboles que llevan las raíces por fuera.

Ciertas voces poéticas cubanas viven fuera de la Isla y mantienen una producción de altos quilates. Pienso en poetas canónicos, pero también ensayistas, dramaturgos y narradores. Muchos de ellos han cimentado en los Estados Unidos aquello que, humildemente, considero lo mejor de su producción. Otros, como tú, según entiendo, emigraron siendo niños y, por lo tanto, nacieron como creadores en otra tierra. Pero, aun así, ¿sientes a Cuba como parte de tu raíz poética? ¿En qué idioma escribes?

Y.C. Mi vida en USA comenzó a partir de los diez años de edad. Pude muy bien escribir en inglés desde un principio; sin embargo, mi historia es la de una muchacha que se interesa en participar de manera directa con todo eso que estuvo guardado por un tiempo: la memoria. Escribo en español, porque es algo natural en mí, como beber agua cuando tengo sed.

¿Qué opinión te merece la creación joven de la Isla, esa que coincide por temporalidad con tu obra?

Y.C. La realidad cubana está llena de retos pero, pese a todo obstáculo, he visto que la creación joven de la Isla aboga por cada vez más oportunidades para abrirse nuevos caminos y consolidar los ya existentes. La poesía joven en Cuba tiene sus espacios marcados y continúa en busca de desafíos. Sé que tanto tú como yo compartimos la obsesión de encontrar gente nueva y talentosa y, desde puntos geográficamente distantes, perseguimos también el deseo de gestar proyectos comunes que constituyan puentes, canales de comunicación a favor de la literatura cubana (de ambas orillas).

¿Le confieres alguna importancia a la trascendencia? ¿Está la poesía condenada a perdurar?

Y.C. La trascendencia y el deseo de trascendencia son otras necesidades humanas, creo que todos la buscan —desde un doctor hasta un bombero o un abogado—, todos buscan perdurar con lo que hacen. Yo prefiero cuidar más la importancia de la libertad de mi propio pensamiento porque es ahí donde la poesía perdura, es algo que no tiene fin.

Si tuvieras que llevarte un recuerdo de Cuba y otro de Estados Unidos, una memoria que te permita poetizar tu realidad, ¿cuáles o qué serían?

Y.C. De Cuba, siempre: la calidez de los abrazos, esa cercanía profunda del mirar de su gente y el contagio de la risa, ese llevar de sus colores, su sentido del humor que contra toda adversidad puede. De Estados Unidos: el punto de la espiral, el cuestionamiento;  además, allí he descubierto mucha otra gente de corazón humano.

Escrito por Elaine Vilar Madruga

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 3 de abril de 1989) Narradora, poeta y dramaturga. Licenciada en Arte Teatral, especialidad Dramaturgia, del Instituto Superior de Arte (ISA). Graduada de Nivel Medio de Música en la especialidad de guitarra clásica. Graduada del XI Curso de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganadora de diversos premios nacionales e internacionales, es considerada una de las voces literarias jóvenes más importantes de Cuba. Conduce el espacio Punta de Flecha, dedicado a la promoción y la crítica de los jóvenes escritores, y el diálogo con los procesos culturales contemporáneos. Ha publicado la cuenti-novela Al límite de los Olivos, Editorial Extramuros 2009; La hembra alfa (cuento), Editorial Letras Cubanas 2013; reedición Editorial Guantanamera, España, 2016; Promesas de la Tierra Rota (novela juvenil), Editorial Gente Nueva, año 2013; Salomé (noveleta), Casa Editorial Abril, 2013; Dime, bruja que destellas (cuentos infantiles), Casa Editorial Abril, 2013; Alter Medea (teatro), Antares Publishing House of Spanish Culture, Canadá, 2014; De caballeros y dragones (cuentos infantiles), Ediciones La Luz, 2014; reedición Ediciones La Luz, 2016; Framboyán (poesía), Ediciones La Luz, 2014; Soy la abuela que vuela (cuento infantil), Ediciones Unión, 2014; El árbol de los gatos (teatro), Metec Alegre Edizioni, Italia, 2015; Bestia (novela), Lugar Común Editorial, Canadá, 2015; Carmen, la gitana del amor, (literatura juvenil, escrita en colaboración con Enrique Pérez Díaz), Editorial Gente Nueva, 2015; Escudo de todas las cabezas (poesía), Ediciones Loynaz, 2015; Hentai (teatro), Ediciones Loynaz, 2015; Culto de acoplamiento (cuento), Editorial José Martí, 2015; Las criaturas del silencio (poesía infantil), Editorial Sanlope, 2015; Canto de cisne (poesía), Editorial Voces de Hoy, Miami, Estados Unidos, 2016; Sakura (poesía), Editorial Desbordes, Chile, 2016; Las montañas de la extinción (poesía), Ediciones Matanzas, 2016; Lin y la casa de la soledad (literatura infantil), Selvi Ediciones, España, 2016 y Fragmentos de la tierra rota (cuento), Sportula, España, 2017. También ha compilado y prologado Axis Mundi: antología de cuentos cubanos de fantasía, Editorial Gente Nueva 2012 e Hijos de Korad: antología del taller literario Espacio Abierto, Editorial Gente Nueva, año 2013. Durante el 2017, publicará los siguientes títulos: Salomé (novela), reedición Editorial La Pollera, Chile; El sol azul (literatura infantil), Casa Editora Abril, Cuba; Teatro para un Game Over (teatro), Editorial Hypermedia, USA-España; Happy ever after (cuento), Editorial Hypermedia, USA-España; Rock en esdrújulas (literatura infantil), Selvi Ediciones, España; Raspute/Encrucijada (teatro), Ediciones Aldabón, Cuba; Los arcos del norte (cuento), Editorial Gente Nueva y la primera novela de la trilogía El trono de Ecbactana, bajo el título La ciudad de las máscaras, Editorial Gente Nueva, Cuba. Su obra ha sido traducida al francés, portugués, italiano, alemán e inglés, y publicada en diversas antologías en España, Inglaterra, Italia, Venezuela, Argentina, Uruguay, México, Estados Unidos, Chile, Brasil, Puerto Rico, Australia, Ecuador, El Salvador, Ecuador, Escocia, India, Alemania y Cuba. Cultiva los géneros de novela, cuento, poesía, literatura fantástica y de ciencia- ficción, teatro, literatura para niños y jóvenes.