A pesar de ser varias las interrogantes en torno a la muerte voluntaria que el poeta y ensayista mexicano Alejandro Tarrab explora en cada uno de los Ensayos malogrados (Cuadrivio, 2016), parte de un cuestionamiento básico: ¿es posible redimirse de una casta suicida? Esta obra es un acercamiento profundo al suicidio desde numerosas perspectivas. El hecho de que Tarrab haya preferido el género del ensayo para desarrollar el tema, no es gratuito, pues su flexibilidad permite una exploración vasta sin necesidad de fijar punto de arribo. Su escritura tiene investigación, teoría y poética. La destreza del autor le permite intercalar narrativa y poesía con reflexiones incluso académicas, de esta manera va entretejiendo perspectivas sociológicas, antropológicas, filosóficas, mitológicas y propias. También crea un campo semántico del suicidio donde inicia una exploración etimológica para que las resonancias del lenguaje vibren en el interior de uno mismo:

doliente, dolencia, domarla, domitor, dolere, dermestes maculatus.

Lo primero que hace es romper con una serie de tabúes en torno al acto y al actor, suicidio-suicida. Una vez quitado el velo, comienza a descender hasta los lugares más íntimos, su propia memoria, su experiencia. La vinculación que tiene con la muerte es directa y no escatima en decirlo: el suicidio de Carmen Fernández, su abuela materna. El rumbo de la exploración va desde una sociedad castigadora hasta un linaje herido. El poeta indaga sobre la relación entre tierra y hombre, sangre y silencio, siempre conservando una dualidad intuición-análisis. Busca, en cierto sentido, hablarle de frente a su abuela, conectar con sus motivos, comprender de dónde vienen sus pulsiones, su fuerza. Porque la muerte voluntaria es un tema meramente humano, hay personas que luchan por la vida y otras que luchan para quitársela, pero en ambos casos se sigue tratando de una lucha humana. Tarrab intenta conectar con esa fuerza que no es meramente destructora y busca, de alguna manera, una contraparte que subraye la vida.

A partir de esta confesión que viene desde lo más íntimo:

«Una tarde mi madre me llamó desde su casa. Yo estaba parado, lo recuerdo, frente al Colón de Reforma, tenía en la mano un café instantáneo, vestía una mezcla de traje para la oficina y calzado oscuro deportivo, una vestimenta que salvaba mi incomodidad y encubría, a la vez, mi alejamiento. Escuché su voz con un eco, una voz alejada y profunda que me decía: el suicidio es hereditario»

Podemos deducir que hay necesidad de emanciparse. Alejandro tiene largas conversaciones con Bachelard, Beckett, Elizondo, Müller, Pessoa, Shakespeare, José Juan Tablada, entre otros más, con un lenguaje a veces analítico, a veces poético, y es que tratándose del suicidio, un tema que rebasa toda comprensión, no puede dejar que únicamente el raciocinio y el análisis teórico le den respuestas, pues sólo la fuerza poética es capaz de ir contra natura. Por eso honra el cometido de la poesía: nombrar lo impronunciable.

Es así como el autor se adentra en la búsqueda de la redención. A lo largo de sus escritos se cuestiona sobre la casta, las herencias no pedidas pero dadas y la libertad, libertad que se le concede a los búfalos al arrojarse hacia el peñasco, libertad para Alejandro de arrojar la sentencia del búfalo y resguardarse en la orilla mientras la inercia cae hacia el abismo sin él, liberándose de esa manera, de su destino. Entabla los diálogos más profundos con la mitología, habitar el mito, conversa con Egeo, el arrojado al mar por la espera de su hijo; con Dionisio, el dos veces nacido; con la Ofelia de Müller, la suicida que ha muerto más de una vez; con Ariadna colgada de su propio hilo junto a su linaje de ahorcadas: Pasifae, su madre y Fedra, su hermana. Habitar el mito, donde Carmen Fernández es nuestra señora del Carmen y la Carmen de Bizet asesinada por los celos de su amante, y a la vez es Carmen Laforet en la búsqueda de Nada y Carmen Laffont y Carmen Maura, Carmen el autor, Carmen lector, Carmen soy yo.

Este libro nos revela que todos llevamos en el interior lo que podría ser la cicatriz colectiva de nuestra propia muerte voluntaria. El escritor Primo Levi desciende por la escalera del edificio como los búfalos que se arrojan al vacío, escalera por donde Alejandro-niño asciende, escalera que no admite visitantes

«…un eje vertical y absoluto en donde no hay dios ni el cumplimiento de un destino más alto. Su abismo no toca la tierra porque no hay tierra ni punto de apoyo».

La memoria de Alejandro-niño es un infinito ascenso-descenso por la Escalera Penrose mientras a cada paso se escucha el Canon Cancrizans de Bach, el canon del cangrejo que inicia en el fin y termina en el inicio, permanencia. El autor dice:

«…la tarea de los mortales radica en su habilidad para producir cosas, a través de las cuales, encuentren su lugar en un cosmos donde todo es inmortal a excepción de ellos mismos»

¿Será entonces que a través de estos ensayos la memoria de Alejandro-niño permanece?Justo en el punto más alto del libro, donde lo teórico y lo poético convergen es que a la prosa de Tarrab le viene la respuesta:

«Tú mismo deberás domar al animal, para ser el animal. Tú mismo deberás buscar la caída, el regreso a casa y te harás uno con la caída, con el fuego y el agua y el paisaje. No fuerces las cosas, pero rómpelas, haz como que las rompes, aunque todo esté desmembrado de antemano, sé uno con el fragmento y el castigo del principio, pero no castigues, no te tires por venganza”.

Los matices de estos ensayos son vastos, en el entretejo de voces y perspectivas, de constantes diálogos, el lector comprende que el suicidio es tan oscuro como luminoso. Por eso, de entre todas las definiciones que el autor cita, inventa y reinventa sobre quiénes son los que se entregan a la muerte voluntaria, me quedo con esta:

«El suicida es, pues, un forjador, un suplantador, que escribe (inscribe) con su cuerpo, con el acto último de su cuerpo, de su pensamiento y, finalmente, con su ausencia, algo tremendamente enérgico a favor de la vida».

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Escrito por Elena G. Moncayo

De noche, al sur y entre las olas. Escribí «La sequía», (Cuadrivio, 2017).