Cada noche se despierta con un bostezo colgado de los labios. El sonido de los paraguas abriéndose y los hombros que se encogen debajo, hartos del frío, espabila su exigente paladar. La ciudad dormida se despereza y reúne en las calles manos dentro de los bolsillos y cabellos que huelen a polvos de talco.

Ser una bruja da hambre.

Ser una bruja da sed.

La última de las pupilas de don Gregorio, ese mago bizco que murió de falta de sueño y con un murciélago en cada ojo. Circe vive en la Plaza Mayor número 7 de Salamanca. Se lava el pelo con jabón sólido y se pinta los labios con sangre fresca de la nevera y se almidona el cuello de la blusa. Pero Circe odia los zapatos.

La habitación huele a huesos y a arañas que recorren algunos anillos de boda llorando un anular. La bruja se asoma por la ventana y ve una sombra tambaleándose. 4.00 am. La pared tiembla sudor y sal y Circe eleva sus desnudos pies por las alturas. Cristales rotos.

Al día siguiente, se recoge la desaparición de María de las Nieves, 24 años, rubia formal y estudiante de Derecho.

Nadie sabe que hierve en una caldera con piel de sapo.

Ser una bruja da hambre.

Ser una bruja da sed.

Circe se oculta en cada esquina ansiando unas piernas que se pierden por la calle. Deposita los zapatos de su víctima en el suelo y se relame en el aire. A veces su huella se confunde con el trazo de nubes de un avión que ha huido.

Y quedan los zapatos.

El último paseo de dos pies cociéndose a fuego lento.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Drugstore, Le miau noir, Culturamas y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"