Iniciar la lectura de La sal de las hienas (Plectro Editores, 2017) es encaminarse hacia un viaje que se corresponde con las etapas de purgación del espíritu y el desengaño del ser humano. La primera obra poética de Elí Urbina propone, desde un primer momento, el descenso a una estancia en la que la pesadilla, la soledad y la muerte son lo único que custodia el tránsito. Pero la atracción al tánatos y su inminente comprobación no son una cuestión ornamental en la peripecia de la voz poética: son el fin último, el verdadero objetivo.

La valentía de La sal de las hienas reside en enrumbarse al encuentro con la muerte. Es entender que ella es la verdadera soberana de este mundo, por lo que es necesario mirar a los ojos a la pesadilla, al final del sueño que resulta toda existencia, y nombrarlo como tal: «Reconocemos / en nosotros la muerte» (16). Para ello, emprendemos el camino a una estancia poblada por fantasmas y huesos, desolación, vacío, ecos y «el golpe furioso de la luz» (17), fragmentos que alimentan la pulsión tanática del yo poético y que irán desprendiéndose para permitirle, luego, culminar su desplazamiento ante la puerta que oculta la otra puerta, lugar donde ya se le permite intuir la naturaleza de la luz que lo había estado guiando todo este tiempo: «ese perfume / el recuerdo de su nombre / el recuerdo de mi infancia» (21 – 22).

Con un inteligente epígrafe de Antonin Artaud, Urbina establece un diálogo claro y seguro con la propuesta del célebre poeta y dramaturgo francés. Tanto para Artaud, como para Urbina, el sueño y la realidad coexisten y se entrelazan. No obstante, La sal de las hienas, más que estar vinculada a una poesía «de la crueldad», es una poesía de la tiniebla, del desengaño, que cumple también con la función de liberar al receptor de la lógica imperante e inflexible, a través de escenas que solo exhalan desolación. Asistimos a la destrucción de la falsa realidad, donde descubrimos la conciencia del reinado de la muerte, las sentencias del necesario y eterno Memento mori.

Es inevitable, entonces, enlazar la lectura con la figura de Dante y su Commedia. Las primeras luces aparecen con «El entresueño», la sección con la que inicia La sal de las hienas. En el canto XXXIII del Paraíso, Dante alude también a un estado estrechamente ligado al entresueño, habiendo llegado casi al término de su viaje, una travesía que mucho tuvo que ver con la visión que le permitía aquel estado de conciencia. En el caso del libro de Urbina, el entresueño, aquel estado entre el sueño y la vigilia, es la ocasión en la que la razón aún se halla adherida al particular vuelo que el estado onírico puede ofrecerle al yo poético. De ahí que le permite elevar una reflexión lúcida y, al mismo tiempo, libre, acerca de su tránsito por el desengaño ante la vida. Urbina inicia en su selva oscura reconociendo «el rostro de mirra» y el «vientre de la noche».

Pero no se trata de errar. La voz poética en La sal de las hienas es guiada por el recuerdo de una voz que fue amada en el pasado, que es posible de auscultar por encima de la devastación:

Entre los racimos de saliva y sangre
solo el fardo de la sombra
la voz de esa mujer a la que amé
esa reja entre lo que soy
y los nombres del pasado (18)

¿Será que Urbina nos anuncia la prefiguración de una Beatrice como el timonel de este viaje al desengaño? En este libro, todo se pudre y se pierde, como bien lo demuestra la abundancia de restos corporales y fluidos en descomposición; excepto por el finísimo recuerdo de algo tan elevado como el amor. El yo lírico, frente a nosotros, bien podría ocupar la posición de Virgilio, el mentor cauto y sensato que nos acompaña en la reflexión y hace posible que accedamos a la contemplación del espacio y los símbolos que ahí gobiernan:

Aquí reposan
las venas roídas de la noche
y los labios del espejo
Aquí los huesos del tiempo
y los despojos de ese dios
que blandió su látigo
contra las sombras de las flores
los pasos del amor
los pasos del odio
aquel polvo exacerbado
y los hombres que escupen en silencio
las letras de sus nombres (13)

Así, a través de nueve poemas, nos dirigimos a la liberación final, a la puerta detrás de la puerta —acaso un guiño a las Lindes vallejianas— que irán a deshacer todo misterio y abrirse a la revelación de la verdad. Todo ello solo será posible mediante el recuerdo tenaz de la vida misma, mostrada como coordenada en el último poema, «En la sombra». Ha amanecido, y la voz poética toca «las puertas férreas de la sangre»; asciende por las escaleras y se interna «en el eco insobornable del silencio». Todo es sombra, no hay atisbo de luz. Atravesó cada uno de los escenarios que tuvo que atravesar, enrostró su propia finitud, y logró la elevación necesaria en esta última voz que alcanzamos a oír. La verdad llagada espera a ser revelada, aunque el libro se detenga en el instante previo a la apertura: «Sé que del otro lado de la puerta / hay otra puerta que es mi herida». No se abre la puerta porque no es necesario. La certeza final del libro es el presentimiento de lo vivido, y con ello basta: «ese perfume / el recuerdo de su nombre / el recuerdo de mi infancia». El final de la peregrinación hacia el desengaño tiene como fundamento último la memoria de la vida.

Escrito por María Belén Milla Altabás

María Belén Milla Altabás (Lima, 1991), literata de profesión y autora del libro de poemas Archipiélago (Celacanto, 2016).

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