El mar se movía. Ella se movía. Dio las últimas brazadas y patadas, los últimos alaridos. Sus pulmones empezaron a llenarse de agua salada. Las olas no eran altas. Rompían sobre la arena sin resonancia y su espuma salpicaba los extremos rocosos de la bahía, con un débil chas chas. Ondas de una música discreta, llena de bajos, con batería suave. Las islas tocaban una canción lounge. Tuve que usar mis dos manos para lograr que se quedara bajo el agua. Empujé su cabeza con todo el peso de mi cuerpo. Su cráneo cabía casi por completo en una sola de mis palmas. Todo lo que ella era cabía ahí. Sus pensamientos, sus miedos, sus emociones, sus recuerdos. Apreté y empujé, apreté y empujé, y todo eso empezó desaparecer. El universo, esa simulación que su cerebro había construido con lo que sus sentidos le arrancaron al entorno, se extinguía. El fin. El apocalipsis. El colapso de su ser.

La solté cuando dejó de agitarse. Al arrastrarla hasta la playa, las rocas de lava negra habían cortado su cara, sus piernas y su torso. De esas heridas salían unos hilos de sangre que se diluían en el mar. Eran iguales a los que se desprendían de mi pincel cuando lo sumergía en agua después de pintar mis tulipanes rojos. Me gustaba pintar tulipanes porque quería huir del lugar común. No quería pintar orquídeas que parecieran vulvas listas para engullir el mundo con sus pétalos-labio. Prefería el estilo tulipán de Courbet en El origen del mundo. Piernas abiertas y vulvas cerradas. Hinchadas. Purpúreas. Como un puño apretado. Como tulipanes. Como habían quedado sus ojos luego de los golpes que le di esa mañana.

Su cuerpo empezó a hundirse después de unos segundos de soltarla. Ya sin sus gritos oí con claridad cómo las olas bañaban la playa y cómo, en un murmullo, eran absorbidas por los gránulos de sílice y cuarzo de la arena. El agua era poco profunda y transparente. Decidí llevarla hasta las rocas del extremo norte de la bahía para esconderla. Era mejor no hacerlo atravesando la playa, sino por el agua. Dejaría menos huellas. Varias hebras de su pelo flotaban en la superficie; las enrosqué en mis dedos y la jalé hacia el norte. Aunque el mar absorbía buena parte de su peso, me costó avanzar. Además, mechones enteros empezaron a desprenderse de su cuero cabelludo por la fuerza con la que los apretaba. Antes de completar un cuarto del trayecto hasta las rocas tuve que agarrar sus brazos y tirar de ellos para poder seguir.

En ese momento, al tocar su cuerpo y hacer que se mueva, al desplazarlo y ver cómo oponía cero resistencia, sentí algo raro. Dos horas antes, cuando ella estaba semiconsciente, había tomado esos mismos brazos para arrastrarla desde los matorrales hasta la playa y todo se sintió normal. Claro, la situación había cambiado. Ya no arrastraba a una mujer viva. Arrastraba a un cadáver. Debía sentirse raro. Lo que me sorprendió es que se sentía raro-bien, bordeando en el placer; en un placer que no había probado antes. Ni con las otras mujeres que vinieron antes que ella. Me embobaba la belleza de su organismo inerte. De sus brazos y piernas sin fuerza, sin una corriente vital que pudiera izarlos. La fluidez de las formas era espectacular. Las articulaciones ya no ponían límites. Permitían cualquier movimiento, sin restricciones. En vida un cuerpo no es capaz de ese tipo de cosas. No logra esas posturas, esos arcos, esa plasticidad. En vida, el cuerpo de ella se movía según su voluntad, pero luego de mi intervención se había convertido en una pieza de arte que se contorsionaba siguiendo únicamente el dictado de las leyes físicas. Escultura orgánica. Materia expurgada de la conciencia. Obra mía.

Me desconcertó pensar que la laxitud cadavérica se iría en pocas horas y que ella quedaría tiesa. El fin de mi creación. Traté de espantar esos pensamientos y me concentré en el momento, en las notas de la canción lounge que las islas tocaban y en encontrar un lugar para dejarla. Tiré con mayor fuerza de sus muñecas. Con cada ola, mis pies quedaban enterrados. La arena mojada los succionaba. Apuré el paso. Ganarle al mar turquesa, ganarle al rigor mortis, ganarle al sol de las doce que pega a machetazos. Ganarle al agotamiento. Al llegar a la punta norte me felicité por la elección. Las rocas no eran muy altas y formaban nichos donde podría meterla fácilmente. Me tomó poco tiempo empujarla dentro de uno y acomodarla. El problema fue que la roca estaba bastante afilada y le abrió la cara en varias partes. Quedó feísima. Irreconocible.

La puse boca abajo. El torso y las piernas se amoldaron a las ondulaciones de la roca. Los brazos colgaban por el borde del nicho, acariciando la espuma de las olas más altas. Una posición magnífica. Era la primera vez que me deshacía de un cuerpo. Fantaseo muchas veces con la idea de violar y de matar. De ver sangrar. Fantaseo y ejecuto. Violo, mato, acuchillo, desgarro vaginas y reviento pómulos y vulvas y ojos a puñetazos. Pero siempre huyo de la escena. Siempre abandono los cuerpos donde caen sin vida. Nunca, hasta ese día, había manipulado un cadáver. Generalmente hago visitas a domicilio. Y siempre a mujeres desconocidas que veo en la parada del bus que está cerca de casa, en el parque Metropolitano, donde corro todas las mañanas, o en los supermercados de Quito que frecuento (que no son los mismos donde hago las compras, no. Estos están en barrios más periféricos, como San Carlos o Solanda).

Como decía, esa era la primera vez que mataba a alguien cercano y también la primera vez que movía el cuerpo. Además, era la primera vez que sentía pudor por el crimen. Tanto, que tuve el impulso de moverla, de restringir –en alguna medida– su exposición al morbo de los pasantes que inevitablemente llegarían. Después de todo, y por más remota que lucía la playa en ese momento, estaba en Galápagos. Aunque no había turistas a la vista, alguna horda no se demoraría en aparecer. El problema era que no quería dejarla. Quería quedarme ahí, disfrutando de esa variación de su ser que me resultaba irresistible. De esa variación expurgada de conciencia. ¿No es ese el estado más perfecto de un organismo? ¿No es la conciencia nada más que un contaminante de la materia? ¿Un efecto secundario indeseable de ciertas agrupaciones ordenadas de información genética? La Tierra es el laboratorio donde el experimento cósmico se salió de control y se convirtió en algo macabro. Mientras en el resto del universo la materia toma formas impolutas, estériles, aquí nació una aberración. Creemos que la conciencia nos hace sublimes. Pero solo somos anomalías del experimento torcido que es la evolución. Tenía la evidencia de eso frente a mí. Ella, finalmente liberada de todo lo que la convertía en ella y que le había despojado de la capacidad de ser eso. Eso, que gracias a la descomposición pronto sería parte de todo. ¿Hay mayor perfección?

El sol empezó a perder intensidad. Las iguanas, negras y espinosas, se apilaban sobre la playa de Bahía Sardina como buzos que perdieron la capacidad de respirar en la superficie luego de pasar demasiado tiempo bajo el mar. Como buzos sin vida, tapizados por moluscos y arena blanca. Antes de volver al agua para limpiarme la sangre de encima, me acerqué a ella. Quería verla por unos segundos más. Desenredé un poco su pelo con mis dedos. Pensé girar su cabeza y ver su cara una última vez —por más destruida que hubiera quedado— pero no quería arruinar la postura perfecta que había logrado darle. Me acerqué un poco más y tomé su mano izquierda. Sujetándolo entre mi índice y mi pulgar, deslicé el aro de oro fuera de su dedo anular. Era la primera vez que me llevaba como souvenir una pertenencia de mi víctima. Pero hacer una excepción era necesario. Este souvenir en particular tenía grabado mi nombre en su interior. Y por más que me hubiese gustado dejar mi obra maestra firmada, prefería el anonimato. El gran arte, a menudo, es huérfano.

Escrito por Marcela Ribadeneira

Hago periodismo, pero no seguí esa carrera. Estudié dirección de cine en la Nuova Università del Cinema e della Televisione, pero nunca la ejercí. Fui editora de Gatopardo Ecuador y he colaborado con medios como The Guardian, SoHo, Mundo Diners, Ronda, 25 Watts, In, La Barra Espaciadora, Zoila y GK. He publicado los libros Matrioskas (Cadáver exquisito; Ecuador, 2014) y Borrador final (Suburbano Ediciones; EE.UU., 2016). Algunos de mis cuentos y crónicas constan en antologías de Ecuador, Cuba, España y México. En el 2016 fui parte de Ochenteros, un grupo de 20 escritores que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara seleccionó como nuevas voces de la literatura latinoamericana. También dicto talleres de apreciación de cine, hago collage digital y, lo más importante, cuido gatos.