«El Cálido peso de lo mundano: La despensa de Li» (Aike Biene Ediciones. Asunción, 2017) reúne un conjunto de anotaciones, a modo de diario, de los sucesos que tienen lugar desde el 11 al 29 de mayo en la despensa de una pareja de inmigrantes coreanos: Li y su esposa Lorena. En tanto que se trata de un diario, podría pensarse en un narrador que asume la perspectiva del voyeur, del mirón, y que desde allí estudia los movimientos de estos personajes entrañables y su relación con el acaecer cotidiano.

Pero la perspectiva del mirón se ve siempre limitada por un punto de observación específico, con sus correspondientes dificultades (pienso en La Jalousie, de Alain Robbe-Grillet, como claro ejemplo). En cambio, el narrador de La despensa de Li conoce detalles sobre la historia personal de los personajes —sobre sus gustos cinematográficos o musicales y sobre sus universos psicológicos— que lo colocan en el punto de vista del dios que puede ver y preverlo todo.

Este raro (gracioso) juego narratológico, en que la voz incluso se permite ciertas incidencias, sobre todo para bautizar a los personajes incidentales que en algún momento ingresan a la despensa («llamémosle Horacio», «llamémosle Adriana», etc.), hace pensar en un narrador que, en la medida que observa, se otorga además ciertas licencias para fabular, inventar, ampliar, ironizar. Los personajes son conducidos por sus caprichos y acaban siendo motivos que se mueven (a modo de experimento) en el caldero de ciertas pulsiones humanas como el amor, el sexo, la nostalgia, la extranjería.
Fiel al género del diario, la prosa se mantiene sobria, sin demasiadas pretensiones «LiterATOSAS» o estilísticas. Que sea sobria no quiere decir que sea escueta, o que dependa exclusivamente de los ingenios a nivel de relato (que los tiene); más bien diría que logra cierta sensibilidad estética, a veces conmovedora, sin necesidad de forzar el lenguaje.

Intuyo que esta sensibilidad está también relacionada con el hecho de que ante los ojos del lector el personaje del despensero coreano cobra de pronto humanidad y, por tanto, se hace cercano, querible; en resumen, nos permite identificarnos. Sobre todo cuando presenciamos momentos privados de su vida —como un manoseo con Lorena en el fondo de la despensa, un domingo de porros, la muerte de una hija o el rito conyugal de la novela coreana— el personaje excede el campo del estereotipo y se particulariza, se «realiza» en sus diferencias y unicidades.

«A veces, solo a veces, es decir, por lo menos una o dos veces a la semana, se sientan en el piso envuelto con almohadones y fuman un poco de marihuana. Duermen temprano y se levantan temprano. Y las cortinas de la sala, blancas y celestes, se mueven al ritmo de sus vidas». (pág. 17)

Pero quizás el rasgo más interesante de este libro (al cuál se agradece la brevedad) esté dado por el estado de incomunicación en que se encuentran los dos personajes principales, ya sea por cuestiones idiomáticas como por las visibles divergencias culturales. Y en este mismo sentido es que el personaje de Lorena se vuelve especialmente interesante, pues se ve obligada a generar cierta impostura que se manifiesta a modo de máscara, o, más precisamente, a modo de una sonrisa y un gesto de asentimiento que aparecen en situaciones diferentes, para expresar sentimientos dispares. Al conocer el trasfondo del personaje, un gesto que hemos visto repetidamente en las despensas, de pronto gana nuevas profundidades.

Recuerdo, sin precisión, como aquellos sueños nítidos de los que uno despierta sin palabras para contarlos, un cuento sobre un niño que derriba un cóndor de los cielos. Una operación similar tiene lugar en La despensa de Li; los personajes de la despensa son bajados por fuerza de miradas incisivas, que espían los momentos más íntimos de sus vidas, de aquel espacio cuasi-mítico (cielo de cóndor) del «coreano de la esquina», para aterrizar en el suelo de las personas comunes. Nosotros, lectores, podríamos ser “el buen Leo” que lee a Li fragmentos de Dostoievsky, podríamos ser Adriana que pelea por un vuelto impreciso, pero al conocer ciertas cosas —la muerte de la hija, por ejemplo— tales relaciones logran otro peso: Lorena sobrepasa la máscara de la impostura, del asentimiento y la sonrisa, para mostrarnos su verdadero rostro.

Si algo pudiera reclamarle al texto es el brumoso perfil de un personaje que de otra forma hubiese sido el más interesante: el loro. El loro es de alguna manera también una máscara (un laberinto), lingüística, idiomática, que nos ofrece la repetición a la vez que parece guardar un lenguaje secreto, arcano. Así es al menos en los relatos cosmogónicos de los Mbya Guarani: el Parakáu, el loro ancestral, conoce un secreto fundamental (el lugar por dónde Ñande Ru Ete atravesó el mar para llegar a la tierra), pero los hombres han olvidado y deben recordar su lenguaje sagrado. El loro de Li me pareció relegado a la naturaleza del paisaje, del entorno, y rara vez aparece con un mensaje esencial para comprender cómo funciona el mundo. Es decir; nunca nos sorprende, ni es revelador, ni confidente, ni conspirador. Tal vez funcione más como un espejo de los protagonistas, en ese abismo que supone la inmigración (la traducción).

Yo diría que el que sigue es el fragmento que más se acerca a darle un carácter al loro. Lo transcribo además, porque me hizo reír:

18 de mayo

Hoy, con toda la inocencia propia de una abuela de setenta y tantos años, una señora se acercó para acariciar al loro y, unos segundos después, su mano no dejaba de sangrar. Un pequeño agujero en la palma, entre el índice y el pulgar. Li no sabía dónde meterse. Mientras la señora pedía ayuda, Li se limitó, dentro de su desesperación, a taparse la boca con ambas manos y caminar en círculos mientras Lorena intentaba minimizar la situación con sus asentimientos de cabeza. Su cabello lila rebotaba de arriba a abajo. El piso parecía un juego de une los puntos con sangre. Finalmente, Li consiguió agua y un trapo para poder limpiar la herida. Le pidió perdón a la señora unas cuarenta veces. La señora logró tranquilizarse luego de unos minutos y dijo que en realidad no importaba, que ella tenía seguro médico e iría a su sanatorio favorito para que le curaran bien la mano. Lorena en ningún momento dejó de sonreír. Y mientras la mano seguía sangrando, el loro, allá al fondo de la despensa, entre las botellas de gaseosa, reía como desquiciado. (pág 13)

 

Sobre el Autor

César Barreto: Nació en Asunción, Paraguay, en 1989. Es diseñador gráfico. Desde el 2008, realizó varias exposiciones de dibujos, tanto individuales como colectivas. Publicó Ecos de Mente (Editorial Arandurã, 2013), Vitahamors (Editorial Arandurã, 2014) y El cálido peso de lo mundano, parte 1/3: La despensa de Li (Aike Biene Ediciones, 2017). Fue colaborador como ilustrador para las revistas literarias Revista Y y para El Guajhú (en esta última también como escritor).

 

 

Escrito por christiankentsienra

Nacido en Asunción, Paraguay, Christian Kent se dedica a la escritura, a la música, a la actuación y trabaja como comunicador e impulsor de la gastronomía paraguaya.