Oscilaba minuto tras minuto, de aquí para allá, entre los reflejos y las piedras, subiendo y bajando con el agua, hasta —ya conocen el pequeño tirón— la súbita conglomeración de una idea en la punta de la caña; a continuación, el apurado tirar de ella, para luego tenderla sobre la ondulación del mar. Contemplarla.

El agua también es mi casa, mi espacio; me convierto en extensión suya o viceversa, su inmensidad me provoca sed de infinito. Estoy desnuda, mis pies y mis pechos se distorsionan por los movimientos de las olas lentas. Yo trato de enfocar. Sigo prendada a la idea que atrapé. La siento, me envuelve. Trato de concentrarme, no puedo. La infinitud del mar es mi única casa.  Me asfixia el aire.

¡Despierto!

Estoy recostada sobre un sillón blanco, a mi cuerpo sólo lo cubre una sábana color ciruela; al fondo suena Kavinsky, el ambiente huele a incienso y hierbas. — ¡Vaya sueño!—, pienso, y me doy vuelta para acomodarme de nuevo. Permanezco muda. Y en mi mente retumba ¡Mi casa! ¡Mi sillón!

Y me percato de que es la primera vez que duermo en ese sofá; que lo disfruto; que lo sé mío. Y es la primera vez que hablo sobre “el lugar que habito”

Nunca había disfrutado de este espacio, ahora me desnudo y me restriego al mueble.  Reflexiono sobre lo que pienso y sueño, sobre “La casa”, aquello donde habitamos y nos protegemos del exterior; aquel lugar donde se desarrollan las relaciones de vida, donde se protegen las historias, las nostalgias.

Desconozco cuál es la relación que establecen los demás con el espacio que habitan; o qué se sentirá vivir más de veinte años en un solo lugar. Sólo puedo decir que en doce años he vivido en más de diecisiete casas o departamentos. Nunca he permanecido más de doce meses en un lugar; pocas veces he terminado de desempacar; aun así, he tenido espacios que he sentido muy míos, que realmente me han resguardado del mundo.

Siento que cuando alguien vive mucho tiempo en un lugar, y además éste le gusta, aquello logra ser su propio país; un lugar con olor y dinámica propia, sonidos específicos; espacios medidos; aquello se convierte en una extensión de sí. Debe existir una especie de simbiosis.

El cuerpo es la única casa, eso es en lo que creo, o hasta ahora creía… Aún despierta sigo poniendo fragmentos de historias sobre el serpentino mar; sigo cómoda sobre el sillón blanco, respirando mi morada. Mi cuerpo ahora tiene casa; espacio y tiempo. Disfruto la soledad; me enamoro de mi compañía. Observo mi lugar y me siento radiante, he logrado encontrar el soundtrack de mis días. Mi propia música. Mi habitación propia.

Ese sueño llegó como el inicio de un diálogo directo con el espacio (extensión mía).

Estoy contenta, puedo reconocer el olor de mi ropa, de mis sábanas. Puedo escucharme decidiendo, leyendo, escribiendo a solas.

La vida debe ser un “no descansar hasta tener un espacio cómodo, y lo más propio posible”; en mi caso, ahora tengo una casita que me permite comenzar esos viajes en paracaídas a las profundidades mías; ojalá todos pudieran gozar de un lugar que resguarde su cuerpo cuando los infiernos se asomen, o que les permita rodearse de sus compañeras cosas; aunque sea sólo una; un libro, una chaqueta, un cuadernillo.

¿O para qué más buscamos espacio e independencia?

El espacio es importante, el ambiente conformado por los objetos; por lo otro. Esas cosas que cuentan nuestras historias.

Cuando el ruido cesa sólo bajo tu decisión, cuando la actividad comienza cuando tú despiertas, cuando cuentas con el escenario que se acomoda a tu mirada, tienes el valor, el compromiso y el goce de encontrarte a ti misma en el desayuno, conversar en la comida, e intentar comprender y transformar el mundo al terminar la tarde sobre un sillón del color de espuma marina.

Cuando vives en un entorno amable, cuando cuentas con cierto espacio propio, logras ser tu propia huésped.

Se apagó la música.

 

*Pintura: Erika Craig

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)