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Por: Diego Firmiano

A su llegada a la Universidad de Berlín, Arthur Schopenhauer (1788-1860), igual que su filosofía, desconocía lo que podía haber detrás de la puerta de sesiones donde iba a ser evaluado como docente.  A sus 32 años, delgado, feo, con mirada huraña, era un hombre viejo, o al menos se consideraba así, desde que, a los 23 años, reunió todo el conocimiento y se enrolló en su teoría de la voluntad.

Movido del solipsismo más atroz donde fecundó sus ideas,  al de relacionarse con el mundo, envía una solicitud oficial (de tono inmortal) al decano de la Universidad de Berlín solicitando que debía incluírsele dentro de la nómina de docentes, agregando “poder esperar del sentido de justicia de la Universidad, que, en consideración de los escritos remitidos, le conceda como quien dice a crédito, un puesto provisorio en la lista”, Acto seguido “Ruego a usted que fije las horas de mi clase, según su criterio” Y sugiere con osadía. “Creo que la más adecuada sería aquella en que el profesor Hegel dicta su clase principal”. Y termina el pedido con una biografía escrita en latín clásico.

En el lugar donde sesionará está de pie el candidato. Un joven lógico, inflexible, filosofo, entre otros filósofos de menos envergadura, pero frente al rey de los filósofos en el siglo XIX: Jorge Guillermo Federico Hegel (1770-1831). Su mera presencia ya es de por si una estrechez de egos, y sugiere una enemistad entre homólogos. Luego se inicia el examen de admisión.

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El viejo dragón Hegel, de 50 años, canoso, de ojos azules, frente pequeña, y con un porte severo que subraya su genialidad, comienza con las preguntas de rigor al joven, cuya obra “Die Welt als Wille und Vorstellung” (El mundo como voluntad y representación) jamás leyó ni leería:

―” Si un caballo se acuesta en la calle, ¿cuál es el motivo?”.

Schopenhauer entendiendo que se trata de una trampa retórica responde:

―” El suelo, que siente a sus pies, en conjunción con su cansancio, que es una condición del estado de ánimo del caballo. Si se encontrara en un precipicio, no se acostaría”.

El viejo y veterano profesor Hegel continua:

―” ¿usted cuenta, pues, las funciones animales entre los motivos? ¿las palpitaciones, la circulación de la sangre, serían entonces consecuencias de determinados motivos?”.

En la sesión se produce una pausa inquietante, mientras el joven aspirante a profesor de Filosofía sonríe, intuyendo hacia donde el dragón del “Espíritu de la historia” lo desea conducir. Y trata no de responder, sino de instruir al anciano para deslumbrarlo.

―“No son fenómenos, sino los movimientos consientes del cuerpo animal los que se llaman “funciones animales”.

Y desvía el tema aduciendo que Albrecht von Haller (1708-1777), el anatomista suizo ya ha hablado suficiente sobre fisiología humana y animal. Hegel, en todo su deber, lo refuta.  Y ambos se enconan en una discusión sobre la cuestión, hasta que un profesor de medicina interrumpe la disputa:

―“Perdón, señor colega, si intervengo es para dar razón al señor candidato: nuestra ciencia considera como funciones animales, solo aquellas de que se está hablando”.

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El silencio en la sesión se vuelve más denso e incomodo y Hegel se levanta parsimonioso y sale del lugar dando por terminada la disputa, no la aprobación de ingreso al joven, a la primera y renombrada universidad alemana.  Confiere un símbolo a la situación de diferencia de edad, posición, fama, y el objeto de discusión. El viejo profesor y el joven postulante a catedrático jamás volverían a verse a pesar de enseñar juntos en el mismo claustro universitario.

Así queda admitido el padre del pesimismo y de la voluntad en una de las cátedras de “filosofía entera” que tendrían un ácido desenlace., ya que, durante doce años, desde 1820 hasta 1831 un letrero, en la pizarra de la universidad anunciaba “Toda la filosofía, y la teoría del carácter del mundo y del espíritu humano”. Seis veces por semana, de 4 a 5. Doctor Schopenhauer” ¿a quién podía interesarle tal pretensión? Nadie acudiría a sus clases.

El Hegelianismo estaba en su apogeo no solo en Alemania sino en toda Europa, y era lógico que las clases del autor rebosaran de estudiantes.  Le seguiría Federico Schleiermacher (1768-1834) en importancia catedrática, y Schopenhauer quedaría sitiado entre paréntesis como docente, pero motivado -en oposición al profesor rival- con una visión histórica de sí mismo, como el único espíritu alemán superior, incluso ante sus predecesores y sus contemporáneos.

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ISBN 10: 3866474075 ISBN 13: 9783866474079 Editorial: Anaconda Verlag

Sus clases fueron una tragedia. De los veinticuatro semestres que estuvo en el alma mater, solo enseñó en uno. Ya los pocos alumnos que acudieron, quizá por sugestión o curiosidad, se encontraron con un teórico frío, sin pathos, no un filosofo productivo, sino reproductivo.

Al comienzo, el profesor los trata con desdén. Conoce la tonta y barroca arrogancia de los principiantes y pondera: “cada uno de ustedes trae ya una completa filosofía e incluso se han sentado aquí más o menos confiados en verla confirmada”. Comentario, entre otros, que aludían al desprecio que sentía por el filósofo Hegel que lo impregnaba todo en el claustro y en la época.

Pero, aun así, hace gala de su voluntad y se presenta como fundador teórico de algo enteramente nuevo, incluso, avasallador, porque insinúa que su visión de la historia reúne no solo los sistemas de pensamiento occidental, sino también el oriental. Se siente el eslabón holístico y necesario para comprender toda la historia del hombre y el mundo.

Así en todo el semestre que enseña, realmente el primero y el único, plantea dos problemas filosóficos: “Mirar y Pensar”, ni siquiera dudar, al mejor estilo de René Descartes, sino transmigrar con la voluntad, saliendo de esquemas materiales e históricos.  Su orgullo lo sitúa como un maestro clásico, uno que injuria en vez de enseñar, que reta, en vez de catalizar conocimiento en sus oyentes.

Para posicionarse en su altura como demiurgo, (idea que Friedrich Nietzsche (1844-1900) retomaría posteriormente en su gai savoir) destruye conceptualmente a los filósofos griegos, -exceptuando a Platón- y los de la Europa moderna -excluyendo a Kant-.  La llama “Superficiales, poco profundos, infantiles” y al referirse a los de su época: “extraño periodo de infinitos productos de fenómenos efímeros y, en parte, monstruosos”.

Hegel por su parte, debido a su edad, conserva la mesura y no deshace sistemas, ni aun el cristiano, sino que los incorpora como un todo. Se oye en sus clases frases como “Quisiera decir con Cristo: enseño la verdad y soy la verdad”. Schopenhauer no daría un segundo semestre en la misma Universidad, ya que cada vez había menos interesados, a tal situación que entre sus últimos oyentes estaba un caballerizo, un cambista, un dentista y un capitán.

Como otra forma de financiarse, se dedicaría a cobrar por la lectura de sus conferencias en varios países europeos, sin importarle la academia, ya que como hombre de mundo había viajado lo suficiente, hablaba varios idiomas (entre ellos varias lenguas muertas: latín, griego, sánscrito) era instruido y culto y cada vez se alejaba más de los demás para internarse en sí mismo.

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ISBN: 978-3-8260-4430-4
Autor: Gerten Michael (Hrsg.)
Erscheinungsjahr: 2012

Solo, huraño, ataviado en su voluntad y representación, se queda sin vínculos (su autobiografía es clave para entender su carácter), salvo el señor Von Lotzow, al que llamó su amigo, pero después su enemigo, al seguir el consejo de este de comprar acciones en México donde perdería la mitad de su dinero.

En sus últimos años no produce nada nuevo. Solo lee, escribe y espera. Piensa en el matrimonio, pero al reflexionar sobre la mujer, influenciado por el duro trato de su madre en la etapa infantil, encuentra más sinrazones que razones para unir su vida a la de una fémina.  Igual que Immanuel Kant (1724-1804), se vuelve metódico. Evita salir, no visita a nadie, excepto dar sus charlas por las cuales reciben altos honorarios, e ir al Teatro Francés.

Empieza a tocar guitarra, pero el aire poético flamenco le fastidia. Intenta con la flauta la cual toca con asiduidad (actitud lúdica que recuerda a Ludwig Wittgenstein (1889-1951) también prefiriendo este instrumento) y termina sus fuerzas en un pleito legal que duraría años contra una modista, huésped de su casa, que había echado inmisericordemente de su cuarto, incluso lastimándole una mano.

Escribiría cientos de cuartillas para presentar como contra demanda por la indemnización que la mujer pedía ante los estados judiciales por el daño físico y moral.  Este final sería retratado en una novela por el escritor Federico Teodoro Visher.  Así, el experimento con el mundo de enseñar terminaría en tragedia. Seguía sugiriendo enseñar gratis “Toda la filosofía, y la teoría del carácter del mundo y del espíritu humano” Pero nadie asistía o se interesaba, como resultado lógico de su historial con el trato y relaciones humanas.

Federico Hegel moría en 1831 producto de la epidemia de cólera que azotó a Europa, mientras Arthur Schopenhauer se desplaza de Berlín, la capital, hasta Fráncfort, donde, muerto su rival, la fama le alcanzaría treinta años después de la experiencia de querer enseñar en la primera universidad de Alemania.

Escrito por Diego Firmiano

Escritor, Periodista, Viajero.