Unas, tienen miedo de volver a buscar 

van como mecedoras rechinantes 

se suben exhaustas a los tacones 

se rocían la última gota de perfume que madre les dio por navidad.
Voltean al escritorio de al lado. 
Abren una cuenta en Tinder, 

aguantan la tentación 

de adoptar un gato.
Siempre cansadas siempre 

las sábanas se amarran a sus tobillos flacos 

pero el miedo 

siempre las arrastra a la puerta.
Otras, tienen miedo de que se les vaya el tren.
Reloj biológico sin cuerda, 

tienen miedo 

de los úteros ciruela pasa

de la casa de retiro, tienen miedo 
de tener que adoptar, 

y Vane le dice a Laura  en su hora de comida  

“mira, 

no es que tenga algo en contra de los huérfanos, 

pero criaría a alguien que en sus sueños recuerda 

el interior de otra barriga,

¿cómo se vive con eso?”
Otras tienen miedo de facebook y pornhub,

de sus traseros redondos 

en la bandeja de entrada 
de sus jefes, 

de sus padres, 

de Patricia de Ventas que siempre las ha odiado.
Miedo de oír “puta” 

y oír “puta” 

y oír “puta” 

las suficientes veces para gritarse desnudas 

frente al espejo empañado

“tremenda puta que fuiste, hija de puta

eso eres.” 
Otras tienen miedo de los novios que retornan,

como cuerpos 

agua estancada arrastrada hasta la orilla,
de que el mensaje de Alejandro a las dos de la mañana:
“Exageraste. Vuelve. Yo sé que me necesitas” 

se convierta en llamada, 

en diez llamadas perdidas, 

en su figura afuera de la puerta de la escuela 

en su grito, en su puño, en su 
“mírame, María, mira lo que me hiciste hacer”
en su madre llorosa 

cavando con las uñas una fosa común.
Y estoy yo, que yo también tengo miedo.
Tengo miedo de haber escogido una carrera en el turno vespertino,
caminar con la mano sin su mano, 

de la parada del camión hasta mi casa 
zancadas que doy para terminar siempre debajo de una farola 
tengo miedo 

de estar sola, 
de que su privilegio ya no me proteja.
Pasa que las cosas se terminan y los novios se van pero dejan el miedo.
Dejan las llaves empuñadas 

el gas pimienta en un fácil acceso y el miedo 
se convierte en rabia.
Qué rabia me da tener miedo 

yo, 

que llevo la causa tatuada en la frente 

yo, 

que digo sin vergüenza que el matrimonio no es para todas y soy una de esas.
Tengo miedo 

y quisiera no tenerlo.

 

Mis amigas cantan 

autodefensa o fosa 

autodefensa o fosa 

son espinas de árbol resignadas.
Mi madre dice 

no seas grosera con tus pretendientes,

pero tampoco aceptes regalos 
no les cierres la puerta en la cara,

pero tampoco les pidas favores 
porque siempre se los cobran, hija, se los cobran, 

vendrán como gendarmes por la noche y no puedo perderte 

sólo por tu arrogancia.
Ojalá que el temblor cese

que pueda estar tranquila con mi mano vacía sin la de él
porque el tiempo pasa y todos me dicen 

es que eres tan joven, 

encontrarás a alguien 

que llegue y no se vaya 

que siempre te acompañe 

del camión a tu casa. 
Los novios se van y nos dejan el miedo, 

en muchas ocasiones no ha sido su culpa,
pero ahí viene, espera agazapado.
Es la sombra del árbol que hace que saltes cuando caminas sola.
Hay días que soy valiente
lo tuerzo lo doblo 

hasta que cabe en mi cartera,
hay días que grito que grito no soy víctima, soy sobreviviente
no lloro mis tragedias las encaro
pero pasa que las cosas se terminan 

y los novios se van y nos dejan el miedo
en días  que no somos fuertes 

como hoy 

y hoy fue uno de esos.

Escrito por Selene María

Poeta en Guadalajara, México.