Para Méraly, Laura, Ale, Karina, Paola, Itzia, Miztli, Sofía, Marlen, Verónica y Andrea

 

El arte procesual, lo que se hace ahora: atender el momento en el que algo va naciendo. Eso ha hecho la poesía antes, pero no en la creación de sí, sino en el detenimiento. Para hablar de la flor, se habla del crecimiento de la flor. Esto ya es una adivinanza del futuro. Mi proceso es éste: superar el amor (no hacer, deshacer) y, mientras lo supero, escribir de lo que pasa, y lo que pasa es el amor pero también las otras cosas. Todo alrededor está ayudando y se calla, y quiere ser tocado. Puedo ver que estoy ciega.

El proceso principal de la curación es la distracción. Retomo el libro de Nietzsche y se me revierte: el filósofo habla de Hamlet. Una vez que se ha llegado al culmen dionisiaco, donde el hombre deja de ver las divisiones terrenales y alcanza el todo, las acciones pierden el sentido, ¿para qué obrar? Eso, dice, le pasa a Hamlet: “Ahora ningún consuelo produce ya efecto, el anhelo va más allá de un mundo después de la muerte, incluso más allá de los dioses, la existencia es negada, junto con su resplandeciente reflejo en los dioses o en un más allá inmortal”. Y yo recuerdo a mi exnovio Hamlet, y no recuerdo a Hamlet sino a él, al verdadero. El que ponía sus manos en mi cabello, y alzo el rostro en la oficina con ganas de morirme, como la Ofelia de Waterhouse. Mi distracción está destrozada.

El verdadero Hamlet aparece con otros nombres; por ejemplo, Jorge. Ulalume González de León le dedica sus telegramas, y dice “y por otro yo era/ copiosamente era”. Y ése sí es él y era yo, regando el pasto de Ciudad Universitaria con mi fervor. Tampoco los otros libros sirven de distracción entonces, todo lo trae de nuevo.

No todo. Las poetas van del cuerpo (no la conciencia del cuerpo, sino lo pedestre) a la conciencia total, como Hamlet (el espurio, el shakespeariano). Y en los poemas de la conciencia total hallo consuelo. No necesariamente tiene que haber escenarios esotéricos, a veces sólo una unión con la naturaleza: tú y yo, mi amado árbol, somos la sinécdoque universal. Así dice Hilde Domin, “Es más fácil si estás acostada que parada/ si callas que si gritas./ Mira las nubes pasar./ Sé discreta, no te aferres./ Se deshacen”. Como parte del proceso, pego el poema en una pared de mi oficina. Mi catalítico, sácame de aquí.

Fuera de las hojas también hay avances. Ahora miro a mis amigas de una nueva manera. Cuando llegué a esta ciudad, pensaba que mi pareja era mi familia. Luego asumí lo mismo con mi nueva pareja. No me di cuenta hasta una noche que había tomado muchas cervezas, de que en realidad eran ellas. La verdadera marca por la cual lo sé, es que puedo entrar en la casa de cada una de ellas y sentirme como en la mía. Podría abrir sus refrigeradores y engullir una gelatina roja, como si empezara a sangrar, y ellas dirían, come más despacio, aquí hay más. En el proceso me arrodillé ante una de ellas y le pedí que me explicara cómo es que llegó a disfrutar tanto su libertad. En resumen, es un camino largo, pero tiene arte adentro.

Fui con mi mamá. Sólo para estar con ella y que me consolara. Vimos una serie, Big Little Lies, de mujeres millonarias y sus vidas problemáticas. En el último capítulo, entre todas asesinan a un hombre golpeador. No es un acto planeado, sólo sucede. Recuerdo la última escena de Death Proof, en la que tres mujeres golpean a un hombre que las había estado molestando. Lo que más me emocionó fue la bota de Rosario Dawson elevándose para aplastarle la cara. Yo siempre he usado botas vaqueras. Trato de recordar cosas que me gustan a mí, a mí, que son mías. También me parece ahora irónico y enfadoso que esa película haya sido producida por un acosador sexual.

José Quezada me recordó en una fiesta que Nietzsche saltó para defender a un caballo de un latigazo que su dueño estaba a punto de propinarle. Recordé, hasta ese momento, haber leído un poema sobre esa anécdota, pero no puedo recordar de quién, sólo que me pareció sublime. La anécdota es enternecedora, me dan ganas de llorar al recordarla. Mi signo chino es el caballo. No sé qué tengo que ver con ellos pero presiento que es algo de melancolía mezclada con una inmensa felicidad. Preparo un collage donde el corazón de una mujer recostada está unido al de un caballo por un hilo. Cuando se lo mostré a Hamlet, me dijo que la mujer era yo y el caballo era él, pero yo había pensado desde el principio que yo era los dos. A veces sí quisiera que me defendiera de “estas grietas de fuete que es la vida en mi cara”. El collage era un regalo para mi poeta favorita, y era un proceso también porque hasta ahora, todos los collages habían sido para él.

Méraly me comparte fragmentos de su libro, Crítica del pensamiento amoroso:

Las normas sociales predominantes dicen que los hombres no sólo tienen derecho al amor, los cuidados y la dedicación de las mujeres, sino que también tienen el derecho a dar rienda suelta a sus necesidades de mujeres así como la libertad para reservarse para sí mismos. Las mujeres, por su parte, tienen derecho a entregarse libremente, pero cuentan con una libertad muy restringida de reservarse para sí mismas. Así los hombres pueden apropiarse continuamente de la fuerza vital y la capacidad de las mujeres en una medida significativamente mayor que lo que les devuelven de ellos mismos… Si el capital es la acumulación del trabajo alienado, la autoridad masculina (frente a la influencia de las mujeres) es la acumulación del amor alienado.

 

Que alguien te ame, madre, padre, hermana, amiga, amante, vecina… aunque sea una sola persona a lo largo de toda una vida, aunque sea un amor ausente, virtual (¿es que hay otros?), aunque sea incompleto (¿cuál no lo es?), aunque se acabe… es una ofrenda que no tiene comparación con nada y te permite, además, sentir que tienes un lugar en el mundo. Pero no es el único camino, ni para tener un lugar en el mundo, ni para sentirte viva.

 

Me pregunto si romper una relación amorosa podrá ser un camino artístico. Seguro que no de inicio. Y no sé si su documentación es indigna.  Pero Kristin Prevallet documentó en Afterlife la muerte de su padre, y sólo sentí empatía. Hamlet era la persona más importante de mi vida. Hay explicaciones de por qué no debe ser así.

Conocí a un chico en un restaurante coreano. Me preguntó si no me incomodaba comer frente a un espejo. Le contesté que sí, que había estado evitando mirarme todo el tiempo. Entonces vi que leía un libro sobre DMT y me habló de los visuales que aparecen al consumirlo. Me dijo que no tienen nada que ver con la vida, con este mundo, y que forman patrones. Él es matemático, dijo que quiere desentrañarlos. Bachelard diría que el poeta sólo quiere soñar con ellos. Estas perspectivas de la Matrix me hacen pensar que todo esto no es importante, pero no puedo dejar de sentirlo. Como si cada uno de los rombos que se ven en DMT fueran esta vida y sus colores codificados, y mi dolor está en un cuadrito de esos. El escenario era propicio porque el restaurante estaba totalmente rodeado de post-its con polaroids donde los clientes anteriores escribieron sus críticas sobre la comida del restaurante. La solución más grande parecería el alejamiento, el espejo convexo, donde puedo verme trabajando a distancia, a gran distancia. Y puedo comprender el fin pragmático de las relaciones, del que tantas veces he oído.

Las primeras noches no podía dormir, tenía miedo. Sentía que había fantasmas en mi cuarto, que se sentaban en la silla de mi escritorio. Uno de esos días, desperté sin poder concebir que no volvería a estar con él. Antes de salir a la calle, me machuqué el dedo con la puerta y se me abrió de los dos lados de la uña. Lloré todo el camino a la oficina. Ahora ya no tengo nada en la piel, pero parece como si tuviera una flor roja adentro de la uña.  La observo y, como una niña, me digo que cuando desaparezca, algo habrá evolucionado.

Escrito por valeria guzmán

Escribo en la regadera de la poesía.