Morirse esperando

La espera contiene el presente (es), el pasado (era) y el futuro (será: [e]s[p]era); es desear con todos los tiempos. No hay espera sin esperanza, del mismo modo que no hay esperanza sin espera. En ella hay siempre hay otro: lo que me será dado o negado por el otro (con tiempo, por el tiempo). En la literatura, el que espera es siempre virtuoso, se ejercita en la paciencia. De ahí que el antónimo del paciente sea el desesperado (el que es incapaz de dar tiempo a las cosas para que sucedan). La espera se alimenta del tiempo del esperanzado (de su deseo). En la poesía amorosa el amante está lleno de esperanza; el amado de espera, es lo esperado. La aventura del viaje no tiene sentido sin que el héroe sea esperado, sin que cumpla con la esperanza de quien lo ama. La literatura está hecha de la espera, para la espera. En algunas técnicas orientales de combate la espera es fundamental para conocer al adversario, es un tiempo para observar pasivamente sus movimientos y luego atacarlo o responder al ataque. Dice Rodrigo Fresán en su novela Mantra que en el amor uno pregunta y el otro responde: el que pregunta espera la respuesta. Uno se muere esperando, deseando en todos los tiempos; la espera es el lapso de tiempo que hay entre la concepción del deseo y su cumplimiento.

 

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Fotografía

Debería poder descolgarse una fotografía con la facilidad con la que se cuelga. Pero el sentimiento de querer hacer presente una ausencia se opone al de desear ausentar (ahuyentar) una presencia. Lo mismo pasa con el propio acto de poner frente al de quitar, el de escribir al de borrar. La fotografía, se sabe y así se reproduce desde un aspecto etimológico, es hija de la luz. Mientras que la ausencia, la borradura, diría Quignard, lo es de la oscuridad. Una señal de luto es borrar fotografías: llevar hacia la oscuridad lo que alguna vez fue producto de la luz, pues en su carácter atemporal las fotografías eternizan un momento que emocionalmente ha caducado. O un momento que al seguir emocionalmente presente buscamos arrastrar hacia el olvido por medio de la supresión. Estamos ligados emocionalmente a las imágenes y eso hace que el acto de colgar o descolgar una fotografía se vuelva simbólico. Nos conmueve aquello que está expuesto por elección en nuestro espacio, es además una imagen que queremos compartir con otros, una emoción que se ha quedado inmóvil y que trata de desafiar al tiempo. Es por ello que descolgar o borrar una fotografía puede también ser una herejía, pues su fin es que, pese a todo, aquello que fue hecho por la luz se conserve eternamente a la luz.

 

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Ahogamiento

La cándida Ofelia flota como un gran lirio, dice Rimbaud. Su locura propaga una canción por el aire nocturno. Esa canción recuerda a Orfeo y la música en el Inframundo: mira que no ha vuelto ninguno de los que ha marchado. El agua es el ataúd de Ofelia. El agua es el símbolo de los enamorados suicidas. El enamorado arde en deseo. El que desea se arroja (trastornado por la desesperación) al agua, como Butes al escuchar el canto de las sirenas. Ulises se ata al mástil, el mástil, simbólicamente. El deseo de Aschenbach muere ahogado: Tadzio se dirigió en diagonal hacia el mar. Y como otras tantas veces se dispuso a seguirlo. La gitana del Romance sonámbulo de Lorca se mece sobre el rostro del aljibe; Virginia se guarda piedras en las bolsas, avanza mar adentro y en tanto el agua le cubre completamente el cuerpo, las olas anuncian el nacimiento de Venus.

 

[Imagen: Julio Ruelas]

Escrito por Patricia Arredondo

Patricia Arredondo (México, 1988). Escritora y editora. Autora del cuento infantil 'Acércate' (Tramuntana, 2014). Antologó 'Oscuro entre nosotros'. Algunos de sus poemas están publicados en las revistas Tierra Adentro, Fundación, Este País, Oculta Lit y Digo.palabra.txt. Escribe a menudo en patriciarredondov.blog