«En los orígenes eras tú y a ti volvemos. / Ha mucho tiempo, mucho tiempo, / la tierra murió para nosotros».
Francisco Granizo

0.
En el principio era el silencio,
no el verbo.
Es un error creer que la poesía
se fundamenta en las palabras.

2.
Yo he sabido siempre
que soy
—aunque no quiera—
allpa kamaska, polvo,
tierra animada.

La tierra, igual que los poemas,
se esconde debajo de las uñas.

Ahí, donde duele la carne.

5.
                                                   «temo dormir sobre estas sombras que ya no me                                                                                                                                          sostienen…».
                                                                                                                             Fogwill

A veces también es jueves debajo de la cama.

Sé que voy a dar a luz, pero me duele el pecho.
Luego de vomitar
arrodillarme
caer
llorar
veo en el piso una araña negra
que me mira enternecida
muerta de frío.

Sube luego a mi hombro y se hace ovillito dentro de mi pelo.
Se columpia sobre mi espalda cada vez que sopla el viento.
Por las noches, cuando duermo,
me mira con sus ocelos,
mientras reposo ella absorbe la luz.

A la mañana siguiente soy solo una sombra.

6.
Yo no sé dar vida como mi mamá
ni reparar cosas como mi padre.
No he podido hacer que las plantas retoñen
como lo hace mi hermana
ni sé hacer puentes como mi hermano
ni leo con fe la palabra del Señor,
como mi hermano el pastor.

Las chicas no suspiran conmigo
como con mi marido cuando está en el piano.

Dentro de mí no hay luz, pero la reflejo.

Epitafio pop
Habría que aprender a morir
como estrella de rock
o como el notario Cabrera.

Habría que morir de sobredosis
—la que fuera—:
de cocaína
viagra
Prózac
de infarto fulminante
o como los heroinómanos
montando al dragón.

Habría que aprender a morir
como Amy Winehouse
                                         she died a hundred times


o como el prestamista machaleño:
con show mediático incluido,
llanto sobre el difunto
y epitafio pop:
«aquí yace el pinga brava».

 

 

Escrito por Andrea Torres Armas

(Quito, 1985). Lectora, escritora, correctora de textos, diletante. Primera mención de honor en el Concurso de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño con el poemario Allpa kamaska / Tierra animada (inédito, 2016); finalista en el Premio Internacional de Narrativa Femenina Bovarismos 2015 con el relato «Inferno, estación penthouse», publicado bajo el título Soñando en Vrindavan y otras historias de ellas (Miami: La Pereza Ediciones, 2015). Ha publicado, en poesía, Ubicación geográfica de los sucesos (Quito: CCE, 2015) y Decálogo de asperezas (obra digital, 2009). Textos suyos han sido incluidos en la antología Señorita Satán. Nuevas Narradoras ecuatorianas (Quito: Editorial El Conejo, 2017) y Tela de araña. Textos y pre-textos (Guayaquil: Editorial Rasguño, 2017). Ha publicado poemas, artículos y traducciones en medios como cartóNPiedra, Letras del Ecuador, Casa Palabra, Aportes Andinos, Diario El Telégrafo, entre otros. Presidió la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador de 2013 a 2017.