Alfonso Reyes se sienta a la mesa; delante de él, una pinza con mango rojo, tablones de madera, una lija y clavos pequeños con cabeza de plata.

En la casa, el teléfono suena. El chillido del aparato pocas veces suele reconocerse; las más, se confunde con lamentos eléctricos de distintas procedencias.

Era Carolina, avisa la señora. Que llega más tarde, dice.

Alfonso se levanta de la mesa, hurga en sus bolsillos y saca un llavero; de entre tantas llaves, elige una con las puntas de los dedos. Sale, y debajo del tapete de la puerta principal, como imaginable puede ser, esconde para la enfermera la pieza de bronce.

De regreso a la mesa /improvisada, por supuesto: dos bloques de concreto como pilares del enorme y recio cristal/, con tablón y lija en mano, Alfonso se sienta para después poner la madera sobre sus piernas. La lija negra se balancea en un vaivén que despunta de las caderas de Alfonso. Un dos, un dos, un dos, un dos.

Al poco, el madero es una tabla lisa, sobria y natural. Entonces, Alfonso se detiene y deja el cuadrito, ahora gris, sobre la mesa. Le ha limado las cicatrices al árbol.

En el segundo piso, la señora busca un bonito vestido, algo elegante, no muy descubierto y de tela gruesa. Del armario de la niña elige un conjunto que a simple vista parece de una sola pieza: falda blanca larga y blusa azul, ambas de seda. Con el atuendo listo, desvanecido en su brazo izquierdo, baja para encontrarse con su esposo.

¿No le va a dar frío? pregunta Alfonso. Es que no tiene nada abrigador, responde ella.

Alfonso toma la falda y se da cuenta de una pequeña abertura. Con las puntas de los dedos,   jala el hilito que rompe la costura perfecta. Poco a poco, en camino de zigzag, el hilo termina enredándose en su dedo gris.

Pásame esa caja, dice Alfonso. La señora sigue el dedo de su esposo con la mirada, y toma la caja de cartón de la repisa más baja de la estancia. Dentro de ella, de la caja, quiero decir, una fila de tubitos de cartón se continúa desde el negro hasta el blanco. En cada tubo se enreda un hilo de distinto color. Alfonso saca el blanco y una aguja. La señora pone la larga falda blanca sobre la mesa, mientras que el esposo enhebra de reojo. Lo que unos minutos antes era un descuido, en las manos de Alfonso se convierte en una ranura hilvanada a la perfección.

Desde la recámara del segundo piso se escucha una campana, el leve tintín apenas llega a los oídos de la pareja de ancianos. La señora sube arrastrando el camino. Cuando por fin llega, la campana deja de sonar, y desde adentro se escucha un ligero sollozo.

Es la hora del té. A diferencia de otros países, en la casa de Alfonso Reyes, el té se toma antes de dormir y en familia.

En la vieja alacena de la cocina/improvisada, por supuesto: seis placas de metal a modo de repisas/, justo en la segunda de abajo hacia arriba, una hilera de frascos se alinea para mostrar la colección de infusiones. Guayaba para la niña, flores de azar para la señora, cardamomo para él, limón para la enfermera.

Del horno, o lo que antes era horno, el esposo saca una charola de madera; en ella pone tres tazas, cada una con su cuchara y servilleta. Al lado, una tetera con agua caliente, un bote con miel, tres frascos.

De camino al cuarto, Alfonso repasa lo que debe decir:

Ya casi está listo tu regalo. La madera salió buena. Habrá que deshacernos de la que se humedeció. Mamá te va a medir, estira bien los pies. Carolina llega tarde, ya habló para avisar. Si mañana es un buen día, damos un paseo por el jardín. Puedo llevarte en mis hombros, si quieres. No tienes que usar la silla de ruedas si no te gusta. Puedo llevarte en mis hombros.

Al llegar al cuarto, Alfonso deja la charola sobre la mesa de noche.

En la cama, su hija; sentada a los pies de ella, su esposa. En la radio suena una canción de Alberto Vázquez, y la señora repite la letra mientras prepara los tés. La niña, a sus cuarenta años, según ambos esposos tiene muy claras sus prioridades: la guayaba es su fruta favorita, no puede dormir sin tomar té, el color que mejor le va es el azul.

Alfonso sabe que pronto, quizá al amanecer, dijeron los doctores, Luisa dejará su cama /improvisada, por supuesto/, y él podrá darle un último regalo: una cama que le dure para siempre, una cajita para el sueño, un refugio de maderas naturales para que nunca se olvide de él.

 

 


Foto: Patricio J. Gómez Garcés

Escrito por Giovanna Enríquez

Siete de octubre de 1992. Ciudad de México. Escritora, fotógrafa, estudiante de Historia del arte. Adopto la forma caprichosa del cuento, la poesía, la prosa poética, la imagen verso. Si es cierto que requerimos ser salvados; confío en la luz y en el lenguaje para no hacerlo.