Un abogado es taxista en Miami.

Una periodista es mesonera en Buenos Aires.

Un médico vende donas en un parque de Quito.

¿Qué tienen en común? Todos son venezolanos, profesionales e inmigrantes.

No soy fanático de este tipo de historias. Principalmente porque me recuerdan la debacle de mi país. Me recuerdan todos los procesos -y muertos- que ha dejado una “revolución bolivariana”. Me aprietan el espíritu y obligan a mi tolerancia que baje las armas, para no gritar a los cuatro vientos la maldición que deben padecer todos aquellos que les gusta carroñear la desgracia mortal.

Por ahí se dice que “el trabajo dignifica”. Eso es verdad. Lo que hacemos no determina nuestra esencia. Un cliché -y proclama de autoayuda- que se repite sin cesar hasta que nos convencemos que podemos romper cualquier tipo de barreras que nos coloque la vida. Sí, hay miles de historias al respecto: de superación, de perseverancia, de logros y finales felices. Sin embargo, soy creyente de que esos objetivos se alcanzan cuando descubrimos que es nuestro miedo el que nos impide dar ese salto al vacío.

Cómo saltar cuando tienes una familia sobre tus hombros, cuando tienes decenas de responsabilidades que sólo se estabilizan con dinero, cuando la ansiedad determina su nivel al alcance de esfuerzos terceros.

Me niego entonces a ser la rata que persigue el queso. Que muere en la trampa saliendo del hueco. Me niego a la felicidad de los números: esos que engrosan la cuenta del banco, que conviven dentro de tu billetera en pequeños cartones de plástico, que te miden sin tapujos para robarte el sueño. Y aunque me da un miedo terrible pasar hambre o no tener cómo responder al mantenimiento de mis seres queridos: estoy convencido que los dolores de cabeza deben acabar en el momento que me siento a escribir, en ese suspiro donde soy libre y puedo besar a mi esposa o abrazar a mi hijo sin que las sombras inunden mis ojos.

Llámenme idealista, ingenuo, irresponsable o Ismael.  Me queda un dólar con cincuenta centavos en el banco y me niego a ser infeliz.

A pesar de nos ser fanático de la historia del médico en Quito, del taxista en Miami o de la periodista en Buenos Aires; los escucho con el convencimiento de que todos ellos saben que en algún momento deben dar el salto de fe. Ese que se requiere para alcanzar cada una de las metas que viven en el Olimpo. Aquella montaña donde los dioses nos esperan con banquetes, fiestas y prosperidad inigualable. Una cima a la que se llega pasando por pruebas arduas y complicadas. Por pruebas que sólo los mortales, capaces de dejar de lado su condición humana, logran.

Olvídate de aquello que nos califica: “pobrecito, el inmigrante”. O de aquello que nos denigra: “pobrecito, mira como regala su talento”, “maldito, mira como nos roba el trabajo”. Nimiedades que roban la capacidad de análisis y fortaleza que necesitamos para seguir caminando, para no apagar el despertador por las mañanas y bañarte con agua fría y un trozo de jabón de panela.

Remienda tus zapatos y afronta el camino. Mira al cielo, la gente que pasa y los sonidos que te rodean. Ese es el verdadero trabajo: matar el miedo y saltar.

Saltar.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.