“Debemos agilizar esto si es que queremos besarnos en este país”. Eso decía la nota que me entregaste cuando te despediste luego de la tercera vez que nos vimos. Apenas terminé de leerla levanté la mirada pero ya te habías perdido a lo lejos, entre el mar de gente y el mosaico verde y naranja de la estación La California.

Recuerdo que en ese punto no sabía para que salíamos, éramos dos personas errantes que sólo habían desarrollado una rara confianza y un inusual apego por el otro. No me pasaba por la mente que me miraras de esa manera o que, de ser así, te atrevieras a decírmelo ya que mi novio -y lo feliz que era con él- era tema recurrente en nuestras charlas.

Apenas llegué a casa releí la nota. Subrayé mentalmente la palabra besarnos. El papel estaba simétricamente doblado en cuatro partes y se notaba que habías ensayado la letra con qué escribirías. Todo estaba milimétricamente calculado, casualmente perfecto. El punto central del doblez, ese donde la línea vertical y la horizontal se interceptaban, estaba ubicado magistralmente en el círculo que forma la q de ‘queremos’.

Esperé una hora solo para comprobar que no enviarías el típico mensaje de ‘¿llegaste bien?’. Sencillamente nunca llegó. Comencé a pensar entonces en lo que estarías haciendo del otro lado de ese hilo invisible que hasta ese preciso momento no sabía que nos unía. Recordé tus palabras: “mi rareza me otorga la certeza de que si alguna vez le gusto a alguien, le gustaré para siempre”. Y luego solo callaste con un semblante que ahora en mi recuerdo luce triunfalista. Esa vez no lo noté.

Besarnos, decía. Juro que hasta ese momento nada había evocado en mi imaginación el contacto de nuestros labios. Para mí solo eras una persona especial. Como mucho, alguien estéticamente feo pero con un verbo sagaz e interesante. Como un boxeador que sabe que no es el más fuerte y se esforzó por afilar lo mejor que tenía: la velocidad.

Desafortunadamente, hoy estás lejos. La distancia medida en kilómetros marca 7348,4. Sin embargo, en silencio -que es la magnitud real para calcular ésta- señala que es mucho más.

Hoy tus mediodías se tiñen del calor sureño, mate y canciones gauchas.

No quisiera caer en un estúpido cliché pero te extraño. Extraño tus dedos lánguidos revoloteando entre tus cabellos, extraño la forma en que tomas las tazas de café, siempre con ambas manos. Extraño tu sonrisa y su sinceridad, extraño el arco de tus cejas que es lo que hace resaltar tus ojos pero sobre todo extraño el lunar en tu seno derecho que, por caprichos de la memoria, hoy recuerdo de manera hipnotizante.

Han pasado cinco años ya desde que me entregaste aquella nota. Mi “no te entiendo” y tu “tranquila, no pasa nada”. Pero en cuestiones del corazón que no pase nada también significa que algo anda mal.

Poco a poco te fuiste alejando y yo no hice nada por volver a verte. Me conformaba con pasar las tardes tecleando en la oficina y algunos fines de semana viendo películas en el sofá, embonada junto a Gabriel.

Él aún acompaña mis días. Me parece injusto compararlo a él, que lo tengo aquí a mi lado, con la hipótesis de tu recuerdo.

Ayer estábamos viendo juntos un partido de fútbol: Nacional vs. Zamora. Yo no entendía mucho, la verdad, solo lo veía porque Gabriel quería ver al equipo venezolano pero que el relator haya mencionado la ciudad donde te encuentras hizo estallar en mí un laberinto de recuerdos, de sensaciones, de “que hubiese pasado si…”

Al final del partido, el conjunto uruguayo le ganó al venezolano pero a ambos nos llenó de satisfacción gritar casi al unísono: ¡Montevideo, te odio!

Atentamente, Amanda.

Escrito por José Gregorio Bello

26 años. Periodista y Diseñador Editorial. Vivo en Caracas, Venezuela, siendo un optimista de la incertidumbre.