No sé cuándo él se convirtió en la imagen de su imagen, y todas, cientos de noche, fueron solo una, y su risa se volvió el más absoluto de los silencios. No sé cuándo su lengua se convirtió en la peor de las verdades y su cuerpo y el mío un salto al vacío. No sé cuándo amordazamos el tiempo para convertir todo en nada, y bajamos las armas y dejamos olvidados en el campo de batalla a nuestros muertos, para que fueran alimento de los cuervos.
Es que andábamos distraídos y se nos caían semillas de la nada de los bolsillos, no nos dimos cuenta de que crecían cipreses invisibles y sus sombras, ahora, nos roban la luz. Es que andaba distraída y perdí la llave de esa puerta que da a la habitación maldita que devora mis recuerdos y las cosas más mías para convertirlas en cartón. Es que andaba distraída y no escuché los llantos de los fantasmas en la madrugada.
Entonces, volví a transitar los lugares donde habita la tristeza: el frío de la vergüenza, la soledad imperfecta de los aeropuertos, la somnolencia en una camilla de hospital. Entonces, entendí que todos los abandonos son siempre el mismo, repetido hasta el cansancio, o, quizá, debiera decir dos: el vacío profundo de mi útero y la ausencia instalada en mi ombligo. Entonces decidí que no, y me lo repetí mil veces.
Por eso ahora la lluvia que cae incesante me convierte en agua y ese único gesto —que podría definir en infinitos movimientos minúsculos—, el de su brazo cayendo sobre mis hombros, es la peor de todas las mentiras. Por eso estoy herida de noches y hay veces que me quiebro de sesenta formas distintas viendo girar las agujas del reloj. Por eso empiezo a entender que jamás recordaremos la misma noche ni las mismas palabras. Por eso: silencio.
Ando de poros abiertos, saltando de segundo en segundo, porque todo es así mínimo, casi invisible; imposible. El duelo después del duelo, ese que no nos deja más atajo que la certeza de estar vivos. Tan solo bacterias solitarias en un mundo de gigantes. Pero aún me queda una fe ciega: lo irremediable de amanecer mañana y seguir habitando cada grieta debajo de mi piel; por ellas respiro.

Escrito por Lorena Giménez

Lorena Giménez: nació en Estocolmo, en el año 1977. Es licenciada en Lingüística porla Universidad de la Repúblia. Actualmente cursa la Maestría en Lenguaje y Comunicación (UDELAR). Es docente de Español Lengua Extranjera, Comunicaciones, además de editora y traductora. Participó en dos antologías, ed. Irrupciones, y publicó publicó "Otoño un lunes", ed. Estela, (su primer libro de cuentos) en el 2016. Actualmente integra el colectivo editorial Insilio.org, revista literaria.