La menstruación es como nuestra fiel compañera, por años nos acompaña, nos da la lata, nos recuerda que estamos saludables, y pese a todo esto parece que nos empeñamos en esconderla. Bueno, eso no se nos ocurrió a nosotras, lo que pasa es que nos han dicho, de una u otra forma, que hablar de ello no es políticamente correcto, que da asco, que esa sangre apesta, que avergüenza, que es raro, que nos pone histéricas.

Lo que creo es que cuando menstruamos no funcionamos mucho en nuestros roles cotidianos: “no podemos ser amantes”, “sirvientas”, floreros, trofeos, madres plenas; quizá por eso a algunos les molesta; quizá por eso, la sangre que derrama mensualmente mi endometrio, durante días, no les parece indiferente, sino que se convierte en tema tabú automáticamente; incluso dentro de la convivencia entre mujeres; mira que me acuerdo bien, y ahora lo veo con mis sobrinas, cómo anda una pasando la toalla femenina como si fuesen anfetaminas. ¡Ay, la regla!

Yo menstrué a los once años, y el primer año me bajó durante diez o doce días, me la pasaba llorando, deprimida, envuelta en una cobija y acomodada en la orilla de la cama, tirada. Sólo caminaba del colchón al baño, al sillón, y de regreso al colchón; dicen que mi semblante era más amarillo que de costumbre. La pasé mal durante muchos años. Tuve que convencer a mi mamá de que me llevara al ginecólogo, ella no podía concebir la idea de que su niña fuese vista “en ese sentido” por un médico; ella creía que el ginecólogo sólo atiende a mujeres “señoras”. ¡Mi madre preciosa! El caso es que desde pequeña anduve en esos menesteres; y de verdad que detestaba la sangre que emanaba. Recuerdo momentos en los que odiaba la idea de ser mujer y pasar por eso cada mes. Y es que a mí nadie me dijo nada, el “periodo” me agarró desprevenida; a lo más que llegué fue a tener al lado a mi padre diciéndome que era normal, que a todas las mujeres nos pasaba y que estaba bien. Que todo iba a pasar.

Fueron años terribles, padeciendo un proceso que en realidad puede ser visto como algo bello.

Pero cómo podía disfrutarlo si incluso los demás me habían clasificado como una mujer con “MM”: “Menstruación Monstruosa”… Y yo sólo me preguntaba ¿Cómo no nos va a cambiar el humor con todo lo que trae consigo la regla? ¿Cómo no llorar o pelear con todos? Me sentía rehén de mis emociones, aquello era terrorismo hormonal…  Pero bueno, ahora que desde mis treinta y cinco años lo veo, tampoco es una regla general que un cólico menstrual me haga perder la paciencia más rápido que de costumbre, o que eso les pase a todas las mujeres. Cada mujer vivir a su forma esos días. Y respecto a mí, pues yo soy de mecha corta en esos días  u otro cualquiera. O mejor dicho: una injusticia o cualquier acto violento, en cualquier día de mí mes, puede provocar una rotunda respuesta.

Entonces, una vez dicho todo esto, aclarando mi mal humor nato, a donde quiero ir es a compartirles lo maravilloso que es el Universo, y cómo desde que yo descubrí cierta sabiduría menstrual, que me ha llevado a vivir mis ciclos de manera más consciente y amorosa, pues también se me han presentado oportunidades de poner en práctica esta nueva significación de la sangre nuestra.

Es que entre tanta alegría y aceptación, pues, conocí a una mujer que me comió todita en esos días, delicioso, sin que yo se lo pidiera, ¡eh!, ella solita con su boquita de vampiresa.

¿Les cuento?…  Iré directo al clímax, y allí me gustaría redundar, disfrutar en círculo, como el beso que me dio. Un beso de esos. De esos que son espiral, abismo.  Piensen en esto: una habitación; dos mujeres; un colchón en el suelo; alcohol; mariguana; sangre; besos. Besos muy largos.

Al principio no nos encontrábamos, nuestros cuerpos eran torpes, nos movíamos de aquí para allá, había jalones, frases cortadas, invitaciones a acomodarse, un desastre, como muchas primeras veces.

La conocí ese lunes, me ofreció un plan de seguro en la entrada del banco; yo sólo iba a cambiar un cheque, y realmente llevaba prisa; pero no pude evitar demorarme en su mirada, en su forma de sonreírme. Pude ver algo en sus ojos, sentir algo, que me hizo detenerme y pedirle que me explicara más, que me hablara. No crean que yo acostumbro hacer esto, fue un impulso, un deseo tremebundo.

Mientras ella me explicaba no sé qué cosa, yo podía escuchar la respiración acelerada de las dos; apenas y nos rozábamos las rodillas o la mano. Pero había algo más, yo tenía claro que aquello nunca antes lo había experimentado, comencé a sentirme claramente excitada, quería olerla, ver a través de su delgada blusa de seda. Terminamos intercambiando números telefónicos. No pasaron muchos mensajes para que ella aceptara venir a mi departamento. Yo no medité mucho los planes, sólo me vencí ante las pasiones. Le invité un café. Aceptó. Cuando le abrí la puerta de mi “casita”, le sonreí como si quisiera comérmela. Debo admitir que yo nunca había estado así con una mujer, sólo había fajado con otras chicas, pero en plan de amigas ya saben.

Esa primera tarde, según yo no pasaría nada porque yo estaba en mis días; lo que yo no sabía era que a esta mujer boca de fresa, también sabe disfrutar del sabor a metal que fluye de entre mis piernas. Les aseguro que le insistí que lo considerara, bueno, por lo menos un par de veces le dije, le advertí que había sangre, y ella respondió que no había fluido mío que no se le antojara… Aquello me puso a levitar, me imaginé en el techo, chorreando con mi sangre su hermoso cuerpo.

Le abrí las puertas al jardín de óvulos caídos, de lluvia carmín, al torrente de vida. Ella entró con curiosidad de niña, disfrutando de cada rincón, silbando una melodía. Su boca se presentó feliz, gustosa; me arrebató palpitante. Su lengua entró como danzante. Luego me devoró, conocí el hambre de sus dientes. Le ofrendé a sus labios un manjar de anturios y betabeles.

Con su boca de vampira, con su cuerpo pintándose con el mío, me inventó una ruta de lunares.

Y así han pasado ya muchas lunas. La han visto devorarme. Saborear mi sangre. Sincronizarnos en la marea. Encontrarnos cada ciertos días, reinventar los rituales.

Me gusta estar sangrando, me gusta sentirla cerca.

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)