Todo lo que una vez quiso ser se derrama entre tus brazos que se cansan de darme calor en la tarde lluviosa. Pedaleamos calles largas y transitadas y nos sentamos.

Pienso en la finitud de tus brazos que no derraman su fuego en mí. Será que tienes parte de demonio o de bandido, me pregunto. Estoy a solas, sentada riéndome de lo que duele dejar una adicción, de lo fuertes que son las drogas, de lo anestesiada que me he sentido sabiendo que no tengo dinero para recuperar mi vida y así en ese trozo de suelo que me recoge empiezan a deambular mis sensaciones.

Tal vez son las pastillas, las que tomo noche a noche para dormir. Tal vez tener un mal amor es peor que la peor de las drogas. El suelo es cómplice de mi ausencia, estoy delgada, hecho trizas, pero bella. Te veo como en un cielo incandescente y tiemblo. Me da frío que no estés, que me hayas dejado sola con este gato. Soy capaz de dejar ir creciendo mi serenidad, de palpitar al son de la normalidad sólo por tenerte unos diez minutos y poder decirte lo mucho que me duele que hayas pasado por mi vida como un camión. Ya me he intoxicado varias veces, ya sé lo que es un hospital siquiátrico, de esos donde te bañan con agua de manguera y no les temo, en parte porque sé que ahora no lograrán domarme.

Lentamente me voy desvistiendo como si fuera la primera vez que duermo acompañada. Me miras. Callas. Transpiramos juntos. Al amanecer recojo mi bici y me voy. ¿Por qué querría tener tu aliento nauseabundo al despertar?

Escrito por Margorie Baño Cholango

Estudiante de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Ha publicado en la antología Tumor, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y en Vuelos I de Chacana Editorial. Cree en la vida, la poesía y el infinito. Prepara textos en narrativa a publicarse pronto.