Me decía que en tiempos grises debía ser verde, que tuviera un ala y una raíz. Tronaba la mano sobre la mesita de la sala: meñique a índice, el pulgar en el aire; meñique a índice, en cuatro tonos. Yo la veía, a la mano, volverse mano, de cuatro patas a un cuerpo, una masa, empuñarse y volver a desarmarse. Extrañamente era una sola, en la otra mano había siempre una pluma o una taza de té frío. Yo veía mis propios brazos estirarse para alcanzarla, a la primera mano, pero esta se escurría.

– ¿Ya? – le preguntaba.

– Ya – respondía y salía corriendo.

Estaba siempre esperando que me abrazara, no la mano, sino todo su cuerpo. Pero ella era intocable. Siempre sin dejarme ir con la mirada. Y aunque no la viera, la escuchaba: a cuatro tonos seguidos.

Entre los biombos de colores del salón principal viajaba un cochecito blanco amarrado a mi mano menor, mucho más pequeña. Yo le estiraba los dedos para que ese cuerpo fuera capaz de caminar en una mesa como lo hacía la otra mano, la larga, oscura, la de panza blanca y patas afiladas. Pero nunca llegaba, mi mano, a verse como esa.

En mis sueños, ese tipo de manos lúgubres se contorsionaban y brincaban a las mías. Yo gritaba y lloraba, pero (y qué estúpido), las subía a mis hombros para sentir calor, para que me abrazaran de los hombros hacia abajo. Luego empezaban a correr y unas agujitas de cristal tejían redes sobre mis brazos. “Es que ellas no tienen brazos” pensaba entonces, “como la mano”. Y la mano estaba allá adelante, esperándolas para cuando salieran corriendo dejando mis brazos devorados, con mis manos en el suelo como dos pájaros abatidos con alas mínimas, deformes y perforadas.

Esa mano que me dolía cuando se ocultaba y que me asustaba cuando saltaba o sonaba era la misma que me había sostenido del pie derecho al momento de nacer. La doctora, que venía de visita aun de vez en cuando, contaba esa hazaña siempre con las mejillas infladas y se reía. “¡Qué suerte tienes!” me decía sonrojada y me abrazaba. Entonces la mano se desentrañaba. En ese momento quería creer que al recordar haberme salvado la vida incipiente le fluía por los dedos nuevamente la sangre. De hecho la veía, a la mano, colorearse y engordarse. Sin embargo era una ilusión muy básica pues enseguida se retraía y volvía a caminar arisca por los brazos de los sillones de terciopelo, a cuatro tonos y sin pudor. Volvía a ignorarme

Una tarde ella, la mano, empezó a correr apurada. Turbada, metía en una maleta de cuero marrón varios pares de pantalones, medias, chaquetas de colores oscuros, medicinas pasadas y agendas llenas de números telefónicos de personas muertas. No entendía sus propósitos, pero su desesperación me conmovió y quise (o más bien necesité) ayudarla. “Debe ser por algo importante” pensé. Me acerqué y comencé a doblar la ropa con una precisión que a mi edad no pensaba posible, a acomodarla en la maleta y cuando parecía que todo estaba listo para cerrarla, me percaté de que no llevaba guantes, ni un solo par. “¡Qué gran error!” me dije asustado, “¡se morirá de frío!”. Corrí a mi habitación y destartalé los cajones hasta dar con unos mitones viejos de lana de borrego que la doctora me había obsequiado al cumplir los cinco años. Desempolvé la lana casi con lágrimas en los ojos (eran lágrimas de emoción). Ella, la mano, estaría agradecida, sorprendida, quizás sería el momento en que notara mi presencia e hiciera a la otra mano soltar la taza de té frío.

Por un minuto me sentí estúpido por no haber podido prever la situación. “Así” pensé, “podría haber lavado los guantes en el estanque del patio, habría podido robar unos elegantes del almacén”. No obstante esa duda tibia se me escapó muy rápido por la excitación que sentía al acercarme a ella, a la mano, para entregarle los mitones. De todas formas, reflexionaba en mi camino, las mejores cosas son las que no se planean.

Limpios, suaves, cómodos y fragantes, le había echado a los guantes unas gotas del perfume que la mano había dejado expirar en la ventana del baño. Estaban perfectos. Y yo caminaba con pasos gigantes. Tenía claro que no eran guantes grandes y que a la mano le sobraría piel fuera de ellos, pero nuevamente poco es mejor que nada, al menos eso me repetía con una decisión que hacía que me temblaran las piernas. Estaba seguro de que mis acciones de los últimos tres minutos probaban con creces que mi nivel de madurez era mayor al de cualquier otro niño de mi edad. Estaba orgulloso, sonrojado, y grande.

“A ella, a la mano”, me repetía, “no le va a quedar otra opción”. Llegué a la puerta, en su marco percibí toda la angustia que ella, la mano, la araña, mi madre, expiraba frente a sus maletas. Pero me importó muy poco, era tan vasta mi felicidad que el resto de emociones se diluían en ella.

– No te olvides los guantes – le dije. Para ese punto yo sudaba abiertamente y no me sentía mal con ello.

– No te olvides los guantes – le repetí. Extendí la mano esta vez y reí un poquito por haber olvidado hacerlo la primera vez. – Para el frío.

La mano se alzó, se estiró como para aliviar los músculos en tensión y volvió a bajar. Los microsegundos que pasaron entre esa subida y el regreso a la acción fueron los más dichosos de mi niñez. Ella, la mano, por primera vez, desplazó el rabillo del ojo hacia mí. Me vio. Lo supe porque bajo la tosquedad de su mirada, yo, que había estado hirviendo, me congelé. También supe que no recibiría mucha más atención.

– No te olvides los guantes – dije por tercera vez ya sin ánimo.

Dejé caer los mitones en la superficie de los valles de ropa que ella había construido en las maletas y salí hacia mi habitación. La doctora vendría esa misma tarde a informarme que no tendría nada de qué preocuparme, que ella sería mi buena amiga hasta que las aguas se calmaran. Nunca volví a verla a ella, a la mano, la que me decía que en tiempos grises debía ser verde, que tuviera un ala y una raíz. En realidad solo lo dijo una vez, pero esa vez me bastó para creer que debajo de esa masa oscura que me raptaba los sueños y que había rechazado los mitones había un corazón que seguramente habría querido moverse fuera de las redes negras que sus propias manos tejían.

Me vio a los ojos una sola vez. Lamenté siempre no haber tenido el valor de verla a ella, a la mano, de vuelta.

 

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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