¿Quién no conoce la famosísima historia de amor entre Romeo y Julieta, llevada a los escenarios por el gran William Shakespeare en 1597? Me atrevería a decir que absolutamente nadie hoy en día es ajeno a este relato y que todos lo hemos tenido en algún momento presente en nuestras vidas, ya que ha llegado a influir notablemente en la manera en la que una parte de la sociedad concibe el amor.

Lo que muchos no saben es que ya, en Roma hacia el año 8 d.C., existía un relato sobre otros dos enamorados: El mito de Píramo y Tisbe, dos jóvenes babilonios dispuestos a estar juntos a pesar de las diferencias que enfrentaban a sus familias. ¿Os suena de algo? Esta historia aparece en la obra La metamorfosis del poeta Ovidio, que narra la historia del mundo desde su creación hasta la divinización del emperador Julio César, combinando relatos mitológicos e históricos de toda índole.

En el relato romano aparecen prácticamente todos los elementos que más tarde utilizaría Shakespeare en la creación de su célebre obra: Un amor en el que el corazón se antepone a la razón, el enfrentamiento entre dos familias y el destino trágico de los amantes. Tanto Píramo y Tisbe como Romeo y Julieta son arrebatados por sus sentimientos, el amor les hace imprudentes y es ese mismo amor apasionado el que les consume y termina acabando con ellos. Ambas parejas no pueden escapar del destino, su plan de encontrarse a escondidas falla y les lleva a morir por un malentendido.

La crítica a la sociedad de la época y al amor descontrolado está presente también en las dos obras, posicionándose contra los enfrentamientos familiares y los comportamientos irracionales en nombre del amor.

Esta es la historia:

PÍRAMO Y TISBE (OVIDIO, Metamorfosis, 4,55-166)

Era Píramo el joven más apuesto y Tisbe la más bella de las chicas de Oriente. Vivían en casas contiguas, allí donde se dice que Semíramis ciñó de muros de tierra cocida su elevada ciudad. Su proximidad les hizo conocerse y empezar a quererse. Con el tiempo creció el amor. Hubieran acabado casándose, pero se opusieron los padres. Aunque no les dejaban verse, lograban comunicarse por señas y por gestos; no pudieron los padres impedir que cada vez estuvieran más enamorados: y cuanto más ocultan el fuego, más se enardece el fuego oculto.

La pared medianera de las dos casas tenía una pequeña grieta casi imperceptible que se había producido antaño, durante su construcción, pero ellos la descubrieron y la hicieron conducto de su voz. A través de ella pasaban sus palabras de ternura, a veces también su desesperación. Muchas veces, cuando de una parte estaba Tisbe y de la otra Píramo, y habían ellos percibido mutuamente la respiración de sus bocas, decían: “Pared envidiosa, ¿por qué te alzas como obstáculo entre dos amantes?, ¿qué te costaba permitirnos unir por entero nuestros cuerpos, o, si eso es demasiado, ofrecer al menos una abertura para nuestros besos? Pero no somos ingratos; confesamos que te debemos el que se haya dado a nuestras palabras paso hasta los oídos amigos”. Después de hablar así en vano y separados como estaban, al llegar la noche se dijeron adiós, y dio cada uno a su parte besos que no llegaron al otro lado.

Thisbe_-_John_William_WaterhouseThisbe de John William Waterhouse (1909)

Pero al día siguiente se reunieron en el lugar de costumbre , y después de muchos lamentos murmurados en voz baja, toman una decisión. Acuerdan escaparse por la noche, burlando la vigilancia, y reunirse fuera de la ciudad. Se encontrarían junto al sepulcro de Nino, al amparo de un moral (árbol)que allí había. Un árbol había allí cuajado de frutos blancos como la nieve, un erguido moral, situado en las proximidades de un frio manantial. Este plan adoptan; ese día se les hizo eterno. Al fin llega la noche. Tisbe, embozada, logra salir de casa sin que se den cuenta y llega la primera a la tumba y se sienta bajo el árbol convenido: el amor la hacía audaz.

En esto se acerca a beber a la fuente una leona, con sus fauces aún ensangrentadas de una presa reciente, con la intención de apagar su sed en las aguas de la vecina fuente. Al percibirla de lejos a la luz de la luna, Tisbe escapa asustada y se refugia en el fondo de una cueva. En su huida se le cayó el velo con que cubría su cabeza. Cuando la leona hubo aplacado su sed en la fuente, encontró el velo y lo destrozó con sus garras y sus dientes.

Algo más tarde llegó por fin Píramo. Distinguió en el suelo las huellas de la leona y su corazón se encogió; pero cuando vio el velo de Tisbe ensangrentado y destrozado, ya no pudo reprimirse: “Una misma noche – dijo – acabará con los dos enamorados. Ella era, con mucho, más digna de una larga vida; yo he sido el culpable. Yo te he matado, infeliz; yo, que te hice venir a un lugar peligroso y no llegué el primero. ¡Destrozadme mi cuerpo, leones, que habitáis estos parajes, y devorad a fieros mordiscos esas vísceras criminales! Pero es de cobardes limitarse a decir que se desea la muerte”. Levanta del suelo los restos del velo de Tisbe y acude con él a la sombra del árbol de la cita. Riega el velo con sus lágrimas, lo cubre de besos y dice: “Recibe también la bebida de mi sangre”. El puñal que llevaba al cinto se lo hundió en las entrañas y se lo arrancó de la herida moribundo mientras caía tendido boca arriba. Su sangre salpicó hacia lo alto, como cuando en un tubo de plomo deteriorado se abre una hendidura, que por el estrecho agujero lanza chorros de agua, y manchó de oscuro la blancura de las moras. Las raíces de la morera, absorbiendo la sangre derramada por Píramo, acabaron de teñir de color púrpura los frutos que cuelgan.

Aún no repuesta del susto, vuelve la joven al lugar de la cita, deseando encontrarse con su amado y contarle el enorme peligro del que se ha librado. Reconoce el lugar, pero la hace dudar el color de los frutos del árbol, se queda perpleja sobre si será el mismo árbol. Mientras vacila distingue un cuerpo palpitante en el suelo ensangrentado; retrocedió, y con el semblante pálido un estremecimiento de horror recorrió todo su cuerpo. Cuando reconoció que era Píramo, se da golpes, se tira de los pelos y se abraza al cuerpo de su amado, mezclando sus lágrimas con la sangre. Al besar su rostro, ya frío, gritaba: “Píramo, ¿qué desgracia te aparta de mí? Responde, Píramo, escúchame y levanta tu cabeza abatida, te llama tu querida Tisbe”. Al nombre de Tisbe, entreabrió Píramo sus ojos moribundos, que, tras verla a ella, se volvieron a cerrar.

Cuando ella reconoció su velo destrozado y vio vacía la vaina del puñal, exclamó: “¡Infeliz, te han matado tu propia mano y tu amor! Al menos para esto tengo yo también manos y amor suficientes para herirme: te seguiré en tu final. Cuando se hable de nosotros, se dirá que de tu muerte he sido yo la causa y la compañera. De ti sólo la muerte podía separarme, pero ni la muerte podrá separarme de ti. En nombre de los dos una sola cosa os pido, padre mío y padre de este infortunado, que a los que compartieron su amor y su última hora no les pongáis reparos a que descansen en una misma tumba. Y tú, árbol que acoges el cadáver de uno y pronto el de los dos, conserva para siempre el color oscuro de tus frutos en recuerdo y luto de la sangre de ambos”. Dijo y, colocando bajo su pecho la punta del arma, que aún estaba templada por la sangre de su amado, se arrojó sobre el hierro.

Sus plegarias conmovieron a los dioses y  a sus padres, pues las moras desde entonces son de color oscuro cuando maduran y los restos de ambos descansan en una misma urna.

 

Imagen de cabecera: Píramo y Tisbe de Claude Gautherot (1799)

Escrito por Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.