Alexander “Sacha” Tolstoi nació en 1938 en París. En 1953, a sus dieciséis años llegó por primera vez a Uruguay, donde vivió con su tío, el príncipe Konstantin Korchakov. En 1957, a sus diecinueve años regresó a Francia para hacer el servicio militar. Durante cuatro años sirvió en la legión extranjera francesa y participó en la guerra de Algeria. Años más tarde, volvió a París, se casó en 1962 y se dedicó a la pesca deportiva. En el 2000 su esposa falleció y Tolstoi decidió radicarse en Uruguay. Actualmente se dedica a escribir y pescar.

 

  • Como es natural, desde pequeño fue educado bajo la estela intelectual, filosófica y cultural de su bisabuelo. ¿De qué forma los ideales y percepciones de vida de él se imprimieron en usted?

Evidentemente, no conocí a mi bisabuelo. Pero se hablaba tanto de él en la familia que me parece haberlo conocido siempre. Mi padre, Sergio, se sentía su heredero espiritual. Vivió para glorificarlo, escribiendo cuántos libros sobre él. A menudo él iba a Rusia, invitado por los gobernantes de la época (Guerra Fría) y no dudaba en criticar a sus políticos. Los retaba como a niños. Ellos bajaban la cabeza como alumnos castigados por un profesor y decían: “¡Tiene razón, Conde!” Y aunque los títulos nobiliarios habían desaparecido en la Unión Soviética, a mi padre solían designarlo como “Conde”. La influencia del apellido en Rusia era tan fuerte que ni los más exaltados se atrevían a enfrentarse a la opinión de un descendiente del prestigioso escritor.
A decir verdad, mi padre siempre exageraba la gloria de su abuelo, considerándolo como el más grande de todos. Cuando yo le preguntaba si León era alto, contestaba: “Si, muy alto, hijo, muy alto”. Pero en las fotos, León se veía más bien pequeño. Jamás pude confirmar su estatura
exacta hasta el día en que paseando por las calles de Vancouver, vi a un maniquí de Tolstoi en la vitrina de un museo de cera. Entre para preguntar cuál era su altura exacta. Así me enteré que media 1m72.

Fui educado en el culto de mi bisabuelo. Recuerdo que desde que tenía cinco años, mi padre me leía antes de dormir “La Guerra y la Paz” en ruso, lo que tenía el efecto de hacerme caer en el sueño más profundo. Sin embargo, con el tiempo aprendí a respetarlo y a servir a su imagen más que a usarlo para mi propia cuenta. Eso ocurrió cuando ya me había vuelto adulto y conseguido una cierta fama en mi profesión: el desarrollo de la pesca deportiva en el mundo con la protección de la fauna piscícola.

Pero entretanto, hasta mis treinta años, la imagen de mi bisabuelo me sofocaba. Había un sólo Tolstoi. Era el gurú, todo giraba alrededor de él. Cuando uno nace en una familia, donde hay un personaje mítico, nadie existe. Esta situación me rebelaba, pues yo quería existir por mí mismo. Después de pasar parte de mi existencia gambeteando el síndrome de mi apellido, llegó mi liberación en el preciso instante en que una personalidad del mundo intelectual parisino me pregunto: “¿Usted es Tolstoi, el famoso pescador?”

  • Además de ser escritor, es sabido que se destaca como un aficionado a la pesca. ¿Encuentra en ella inspiración para sus obras literarias?

Escribo crónicas, cuentos y novelas. Recibí una formación periodística. Empecé en France-Presse (AFP) donde aprendí los rudimentos del periodismo y después me incline hacia la literatura. Al principio, escribía cuentos de pesca. Como viajaba mucho por la pesca (recorrí 67 países diferentes), contaba, a la manera de Hemingway, sobre los peces. Así, escribí 15 libros.

  • Usted ha comentado en varias ocasiones que concibe la escritura como “un mal de familia”. Sus libros, “Como pez en el agua” y “Bric à Brac” reflejan la riqueza descriptiva de personajes a través de las anécdotas personales, familiares, culturales y un sentimiento de amor hacia la belleza simple de la naturaleza. Todos estos aspectos crean la sensación de estar frente a múltiples instantáneas perfectamente detalladas que acercan al lector al mundo tolstoyano desde una visión más intima, ¿cómo ve el progreso de su escritura a lo largo de estos años? ¿reconoce en ella la tradición literaria de León Tolstoi?

La tradición de escribir es para nosotros una enfermedad de familia. Está inscrita en nuestros genes. Es algo que muchos de nosotros hacemos de una manera discreta para no perjudicar la imagen del ilustre antepasado. Por ello, siempre me negué a confiar mis escritos a un editor tradicional y me fui conformando a publicarlos a cuento de autor.
Mi cultura ancestral es rusa, pero mi cultura de base es latina y francesa. Mis dos padres eran rusos y  también mi nodriza. Mi primer idioma fue el ruso, el francés lo hablé después. Pero cuando empecé la escuela en Francia, se alejó la posibilidad de hablar mi idioma de origen en la vida cotidiana y perdí la costumbre. Sin embargo, olvidar el primer  idioma es casi imposible. Es como nadar. Tal vez uno puede perder el hábito de nadar, pero ahogarse nunca. Intentar crear la obra de una vida, la que uno tiene ganas de leer antes que cualquier otra, sin ceder a la complacencia, a la moda, o al deseo de gustar, ser simple y sincero, condicionan el éxito de un libro. Y por supuesto, tener cosas que decir. El gusto por la palabra exacta, la contemplación de cosas hermosas, la necesidad de compartir, el afán de diferenciarse de la normalidad, el horror a la mediocridad, la sinceridad, le dan al escritor el sentimiento de existir, de lindar con lo sublime. Lejos de ser una condición primordial para escribir, la humildad es subalterna. Muchos no se animan a dar ese paso, a pesar de estar dotados de todas esas cualidades. Tal vez por falta de orgullo, de narcisismo, o porque no están dispuestos a convertirse en “ladrones de historias”.

Fruto o no de la genética, la escritura es siempre el resultado de un trabajo tesonero, cotidiano y continuamente cuestionado con una constante preocupación por la sintaxis y la ortografía. ¿Qué tiempo emplear para que lo escrito sea más convincente: presente, imperfecto, pretérito perfecto o pretérito indefinido? No se nace con el don de la escritura. Con el gusto sí, pero no con el don. Esto lo prueban los detestables panfletos de mi juventud. Tal cual hoy los veo, representan el colmo de la ingenuidad. Totalmente irrecuperables, como para tirarlos a la basura. A decir verdad, me pasé más tiempo corrigiendo, tachando, recomenzando mis escritos que en cualquier otra actividad, como la pesca o el juego, que sin embargo acapararon la mayor parte de mi existencia. Sin duda, una buena escolaridad, una Licenciatura en Letras, me hubiesen facilitado la tarea y me hubieran ahorrado el derroche de horas perdidas.
Me pienso más narrador que escritor. Nunca me siento tan a gusto como contando una historia que surge de la realidad. A menudo me reprochan mi predilección por la provocación, por la verborrea, por meterme en lo que no me incumbe, en una palabra: mi indiscreción. Pero esa es mi manera de interesarme por los demás. Y a la larga, de encontrar temas para escribir. Cada uno tiene su método. Por mi parte, no tengo otro.
La escritura es para mí, lo que para otros es un piercing, una bijouterie,unos jeans agujereados, una camisa hawaiana, unas bermudas exóticas o un tatuaje. Cada cual se distingue como puede.

El saber de los libelistas, escribientes, prosistas, cuentistas, novelistas, panfletistas, periodistas, cronistas, epistológrafos, de todos los que escriben quien más quien menos y que comúnmente son llamados “escritores”, proviene de los autores tradicionales. Es fruto de estudios curriculares o de lecturas.

En lo que a mí respecta, fui pésimo estudiante, poco atraído por la enseñanza didáctica de mis profesores, cuya sapiencia no pudo o no supo interesarme en la literatura clásica, menos aún en la filosofía. Así que desarrollé mi propensión por la escritura de forma directamente inspirada de mi propia experiencia de vida.

  • Hace ya varios años que reside en Uruguay, ¿qué autores latinoamericanos y géneros literarios le agradan?

Lamentablemente, la cultura clásica está desapareciendo por la cultura electrónica. Como decía Ruy Blas en la pieza de Víctor Hugo: “La iglesia en ruinas está llena de culebras, ¡todo se va!” Para las generaciones como la mía, la cultura clásica sigue vigente y todavía, por suerte, hay gente que lee.

Cuando volví a Uruguay en el 2000, me di cuenta que este país estaba hecho para escribir. Aprendí a valorar el sentido de las palabras. Sí, todo comienza con las palabras. No existe nadie que no tenga absolutamente nada qué decir. Pero son pocos los que saben expresarse. Residir en medio de la naturaleza, respirar el perfume de las flores, observar los hábitos de la gente, convivir con los animales, pájaros, perros, gatos, escuchar hablar al vecino de sus desdichas o de sus glorias, generan miles de temas de reflexiones para el que tiene ganas de escribir.

  • ¿Qué observaciones puede hacer sobre las nuevas escrituras? ¿Puede notar en alguna de ellas la influencia de León Tolstoi?

El legado de Tolstoi va mas allá de la literatura y por eso no va a desaparecer. Su mensaje de vida, su filosofía, inspiro a Gandhi por el tema de la no violencia. Y a muchos otros. Ese, fue el legado real de mi bisabuelo a la humanidad. Esto no puede desaparecer nunca, aunque la gente se vuelva “zombi”.

  • ¿Qué le aconseja desde su visión y experiencia a los nuevos escritores que se aventuran en el camino de la escritura?

Para tratar de acercarse a la perfección, no hay secretos. El único que los verdaderos escritores conocen es “trabajar, trabajar,trabajar”. Tolstoi tenía una fuerza de trabajo enorme. Escribía 45 páginas por día. Entre respuestas a cartas que recibía, estudios que emprendía, obra que escribía y los dos diarios que llevaba.
Después de haber leído casi todas la obras de mi bisabuelo, llegué a la conclusión de que tanto “Guerra y Paz” como “Anna Karenina” y muchas de sus obras son historias sublimes robadas a la familia de su mujer. Muchos cuentos, escenas y novelas fueron inspirados en los personajes de ella. En cambio, todo lo que implicó la guerra fue pura creación. El estudio mucho, consultó cantidad de libros en las bibliotecas, y esa fue una de las razones por la cual le llevó siete años escribir su obra maestra “Guerra y Paz”. Como decía Stendhal, la ciencia de la escritura pasa por leer mucho.

Ya para concluir, déjeme decirle:

–  Nosotros de descendencia Slave, en materia de cultura y de arte, tenemos un alma que dramatiza y exagera todo. El látigo (knut en ruso) fue inventado por los rusos para que los dueños castiguen a los siervos. Cuando uno conoce la historia rusa, sabe que hubo zares, príncipes y dictadores que gobernaron siempre el país. Hoy en día, ¿quién está al mando? Vladimir Putin. A los rusos siempre les gustó el látigo.

– Tolstoi escribió unos 80 libros. Su obra maestra “Guerra y Paz” es una obra genial en el sentido de que hay muy pocos escritores que supieron involucrarse con tanta intensidad en los personajes creados por él, incluso en un roble para hacerlo hablar. Es una obra que no se puede apreciar tanto cuando uno es joven, se necesita madurez. Cuando volví a leerla a los cincuenta años, encontré verdades, filosofía y una belleza que nos había comprendido antes.

Hacia el final de la entrevista, Alexander Tolstoi ofrece una última reflexión que resulta muy interesante:

“La victoria sobre el pez procura al pescador la purificación que le permite ser sentado al lado de los dioses más antiguos», había respondido Ernest Hemingway a un periodista quien lo interrogaba sobre la relación existente entre guerra y pesca.
Pero, ¿de qué dioses quería hablar? ¿De la guerra o de la paz? Sin duda de
la guerra, su tema de predilección. Si había podido, las hubiera hecho todas. Su sed de aventuras lo consumía. El era de todos los combates: tauromaquia, revolución, conflicto planetario, guerrilla, y por supuesto lo del hombre con el pescado. Sin olvidar que luchaba contra sí mismo y que  terminó, como se sabe, con un golpe de fusil brutal, que puso un punto final a una existencia tumultuosa.
Muchos son los escritores que han tratado la metáfora entre guerra y paz. Sus armas fueron la psicología, la estrategia, la táctica y técnica. Las cuatro verdades del guerrero magnifico. Frente a este arsenal mortífero, las suertes del pez eran ínfimas. Sin embargo, siempre quedaba la clemencia,  el atributo del vencedor. Igual que el combatiente de los tiempos antiguos que luchaba en la arena, y a quien el emperador romano otorgaba la vida salva por su valentía, el pez en nuestros días está casi siempre devuelto al agua.

 

 

Escrito por Ana Cabrera

Ana Cabrera (Argentina, 1991) cursa estudios en Letras Modernas y Tecnicatura en Corrección Literaria en la UNC. Escritora. Fotógrafa. Filmmaker