No hay nada mejor que el sabor mineral del agua marina. Sandrita la tomaba como si fuese capaz de sacar ella misma el oxígeno de las moléculas de H2O y convertirlas en su propio aire. A pesar de vivir a la orilla del mar, nunca se había atrevido a aventurarse entre sus profundas corrientes. Sentada en la arena distante, observaba a su mamá como una figura pequeñita con el agua hasta las rodillas mientras luchaba con redes, marejadas y camarones. Al menos eso era lo que ella le contaba.

No recordaba nada previo al incidente. Su memoria retrospectiva se detenía en el momento en el que abrió los ojos y se encontró acostada sobre una gran piedra lisa junto a la que su madre lloraba y rezaba. Le explicó que un señor muy amable y sabio le dio de beber un juguito agrio a Sandrita y que debían agradecerle eternamente por eso. Desde entonces pasaba mucho tiempo en el agua: atrás quedaron los manglares entre los que Sandrita retozaba y que ahora su madre prohibía. Decía que la pequeña Sandra era la única que había regresado del hábitat voraz que se escondía entre esas raíces, y no pensaba arriesgarla.

Le tomó por sorpresa su nueva destreza: era como si haber estado en las orillas del lago de la muerte le hubiese enseñado a nadar. Se sentía tan cómoda en el agua que pasaba horas sin salir a la superficie, dejándose llevar por las idas y venidas de las olas. Mientras sus deditos se pegaban, membranas parecidas a algas brotaban de su cuerpo. Verdes y amarillos peleaban por conquistar el territorio de su nueva piel, que sentía cosquillas cuando los corales la rozaban.

Ese día, Sandrita escuchó la voz de su madre que la llamaba y decidió apresurarse en salir del agua. Cuando sus manos rompieron la línea recta de la superficie sintió que todas sus hojitas de piel chillaban de dolor y una sensación como de mareo invadió su cerebro. Cayó de nuevo al agua y descubrió que su piel retomaba el color y su cabeza se despejaba. Su madre, exasperada, salió a buscarla a la orilla de la playa.

Ya era muy tarde. Vio cómo la ropa de Sandrita flotaba sobre las olas mientras su hija daba los últimos pasos de su metamorfosis hacia una nueva vida marina. Su cuerpo diminuto brillaba debajo del agua y dejaba atrás un resplandor dorado que parecía hecho de oro líquido. La mamá de Sandrita empezó a rezar. Se lo habían advertido: beber la sangre del pez que casi la mata podía salvarla, pero tenía un precio.

Escrito por Andrea Paola Hernández

(Maracaibo, Venezuela, 1995). Actriz y cineasta. Estudia Teatro en la Universidad Nacional Experimental de las Artes. Coordinadora Editorial en la sección de narrativa de la revista digital Digo.Palabra.Txt. Fundadora del Centro de Estudios de Género en la Universidad Simón Bolívar. Obtuvo el primer lugar en el Concurso de Cuentos «José Santos Urriola» en 2014 y el segundo lugar en el 1er Concurso Physis para Jóvenes Poetas en 2017. Forma parte de la antología poética «Amanecimos sobre la palabra»(2017) publicada por Team Poetero. Administra un blog titulado Insapiencias en andreapaolahernandez.wordpress.com y ha colaborado con diversas revistas digitales como Digo.Palabra.Txt, ERRR-Magazine, Letralia, Poesía desde Valencia y Canibalismos, así como los fanzine “Bipolar” (Caracas) y “El Higo” (Madrid). Forma parte de la antología audiovisual “Página = Pantalla” reunida por Francisco Catalano. Textos suyos también han aparecido en Verbigracia (El Universal) y Papel Literario (El Nacional).