El edificio donde viví los últimos siete años será derruido.

Lo anterior podría ser una metáfora, y también que decidí marcharme

antes de saber de su demolición,

pero es demasiado pronto para sacar conclusiones como agujas de un pajar.

Un día antes de partir intenté escribir un poema

sobre marcharse de una casa, pero todo terminó en rodeos

de una misma premisa insustancial: es imposible

decir algo entre cajas de mudanza y bolsas de basura.

Nadie sabe lo que tiene hasta que llega el momento de mudarse,

nadie sabe quién es mientras examina los residuos en frascos

y botellas, cajas, el remanente del baño y la cocina, y encuentra

recibos olvidados, boletos para el cine que, por alguna razón,

debían habitar la casa y perecer antes que abandonarla.

Otro corolario del poema fallido: el deseo.

Fracasar en la escritura para no perderlo.

Fracasar para seguir mudándonos:

las escrituras de una casa son lo mismo que un estilo

que imagina la supervivencia en un mismo espacio:

pagar el impuesto predial para intentar la permanencia,

la seguridad de una propiedad privada.

Escribir es construirse una casa una vez y otra.

Una casa. Compartirla con alguien

que abrirá las mismas puertas. Y así nos movemos

como caracoles de lenguaje a casas con patio,

edificios con ventanas siempre abiertas a los gritos

y las peleas de los vecinos, a sus silencios que florecen

en macetas cada vez más pequeñitas

porque siempre hay que hablar y decirlo todo

(así son, así somos). Y así mandaron una carta para recoger firmas

contra la regulación del silencio de los que viven solos.

Entonces anunciaron: el edificio será derruido.

El edificio será de ruido.

Me fui tan lejos que no escuché caer los muros.

La luz de las tres de la tarde lo edificaría de nuevo

en el vacío de su destrucción: su fantasma de luz

en los vidrios de un edificio de oficinas de lujo.

Pero eso qué importa cuando nos llevamos el deseo

a otra parte, envuelto entre cobijas para que no se rompa,

y también el miedo a los objetos pequeños,

a sus bordes: una piedra verdosa de la selva,

un boleto de avión, restos afilados de paciencia,

los mapas de los libros, todo lo que nos lleve a otro lugar.

Nos mudamos a un edificio donde la luz llega

a las tres de la tarde a enseñarnos geometría

y poesía mística, y nos quedamos quietos

mientras la inmensidad se va poniendo húmeda

y necesitamos calcetines

para caminar sobre este suelo demasiado metafísico.

Escrito por nadia escalante

Soy de la tierra donde cayó el meteorito que acabó con los dinosaurios.