Cuatro microcuentos de horror

Pero, además de que ese ser exterior se nos escapa por sus proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e impenetrables, sus orígenes, su futuro o sus fines, sus formas lejanas y sus manifestaciones infinitas, nuestros órganos, sobre la parcela que de él podemos conocer, no nos suministran otra cosa que informes tan inseguros como poco numerosos.

Guy de Maupassant, Carta de un loco

I.
Fui despertado por Ester, mi hija de cinco años, a las tres horas de la madrugada. Deshecha en lágrimas, me dijo que el hombre del sombrero rojo no la dejaba dormir en paz. Mi pequeña no era temerosa o inventiva. Alcancé la pistola en la gaveta de la cómoda y ordené a Ester que quedase en mi cuarto y cerrase con llave la puerta. (No la abras hasta que papá golpee tres veces la puerta y diga aquel nuestro código secreto.) Gané el corredor en dirección a su cuarto. Fui encontrado muerto en la mañana siguiente con un tiro en la cabeza despedido por la espalda. Mi expiración fue portada del periódico: Millonario de 40 años muere sin dejar herederos.

II.
No más soportaba las cosas extrañas que ocurrían en aquella casa desde que había cambiado solo para allá. En una madrugada cualquier, coloqué mi sombrero rojo e salí de aquel lugar sin mirar hacia atrás.

III.
Él me llamaba de hija, pero no era mi padre. Una vez, para intimidarme, me mostró su colección de armas. Que emoción indescriptible fue ver su cabeza explotar.

IV.
Última voluntad y testamento:
Dejo a mi mujer, Ester, todas mis pertenencias, menos mi sombrero rojo.

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Los cuatro microcuentos fueron originalmente publicados, en portugués, en el libro “Estórias autênticas – importunâncias do engenho alheio” (Patuá, 2017).

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