Seguro me vas a decir que estoy loca y me vas a recetar más medicamentos. No, en realidad loca no es el término adecuado, ¿cómo es que le dicen ustedes, siempre tan políticamente correctos? ¿Mentalmente inestable? ¿Con traumas de la infancia? En verdad tampoco importa porque a fines prácticos el diagnóstico siempre es exactamente idéntico al del resto de los psiquiatras anteriores, acompañado de la misma expresión de concentración y serenidad, la misma postura que se supone debe darme confianza y seguridad, las mismas notas en ese cuaderno que jamás me dejan ver, y las mismas preguntas sobre si realmente estoy segura de lo que vi. En todos los casos respondo lo mismo, sin la menor variación en el relato pero, de igual manera, insisten en que continúe repitiéndome frente a caras diferentes.

No tengo problema, te lo cuento de todas formas porque, modestia aparte, creo que soy bastante buena a la hora de narrar lo que pasó. Supongo que también tiene que ver con el hecho de que ya lo repasé tantas veces y ante tantos públicos diferentes que logré perfeccionarlo y encontrar el tempo perfecto para obtener la reacción que se merece. Casi que estoy pensando, si alguna vez salgo de acá, presentarme como cuentista o monologuista o alguna de esas cosas raras con la que la gente se gana la vida en estos días. Uh, me acabo de dar cuenta de que te estoy tuteando. Te puedo tutear, ¿no? Bah, sería raro si dejara de hacerlo ahora.

Bueno, volvamos. Ahora sí empiezo pero, como con todos, antes te tengo que presentar algunas pautas de conducta. Una vez que comience, por favor, no me interrumpas. También te voy a pedir un vasito de agua, una se cansa de tanto hablar ¿viste? En realidad dudo que lo sepas, tu tarea casi siempre consiste en escuchar y poner cara de pensativo. Y esto no es tanto una pauta como una aclaración personal: ya sé que en tu rol de médico, vas a encontrarle alguna explicación científica a lo que pasó, ya sea por los mecanismos que hacen funcionar mi cerebro o por las experiencias que me marcaron en la infancia, pero te puedo jurar por mi gata, que es lo que más quiero en este mundo, que todo lo que te voy a contar pasó así, sin filtros ni percepciones imaginarias.

Todo empezó un día cualquiera, martes creo que era, y yo llegaba tarde a la facultad. Había tenido una mañana bastante movida así que ya venía agitada y el tener que correr el colectivo no hizo más que aumentar mi nerviosismo, pero aunque sea ya iba en camino. Para serenarme y no alimentar aún más la reputación de histérica desequilibrada que me había ganado en esa clase (sí, sabía que ibas a tomar notas cuando dijera eso. Ustedes, los psiquiatras, son todos iguales), me avoqué a un pequeño juego que había inventado para las situaciones en que necesito despejar mi mente y no pensar en nada. No es demasiado revolucionario, consiste en detenerme en los pequeños detalles de mi vida cotidiana que normalmente doy por sentado y dedicarle una parcela de mis pensamientos. Creo que es bastante justo, en realidad. Todos merecemos que nos tengan en cuenta, por más que el objeto de dicha observación sea el simple letrero de un kiosco.

La forma como funciona es la siguiente: cierro los ojos, respiro diez veces, me lleno de la energía que me rodea y, cuando los vuelvo a abrir, el primer objeto o persona en que caiga la trayectoria de mi mirada constituirá el afortunado ganador del día que será objeto de mis reflexiones. En aquella ocasión en particular, el colectivo había frenado en un semáforo y, casi como por casualidad (y digo casi porque ahora estoy convencida de que nada de todo esto fue azaroso), mis ojos se encontraron con la mirada cristalizada de un maniquí en la tienda de ropa del frente. No me acuerdo bien el nombre del local, algo como «Intrépida», «Atrevida» o ese tipo de apelativos ridículos que se supone deberían atraerme pero que yo jamás elegiría porque, si te ponés a pensarlo, ¿qué clase de persona realmente intrépida se definiría como tal?

Me fui de tema, perdón. ¿En qué me había quedado? Ah, sí. En la primera vez que la vi. Tenía la mirada perdida y su cuerpo se encontraba contorsionado en una posición muy extraña y meticulosamente calculada para lucir el vestido de lentejuelas rojo con el que estaba ataviada. Hasta ahora, todo normal. Digo, es algo bastante cotidiano el encontrarse con un maniquí en una tienda de ropa, pero lo que sí rompe con todas las normas de lo esperable es que la susodicha te devuelva la mirada. Y ella no solo me interpeló a través de sus pestañas perfectamente definidas con tinta negra, sino que me guiñó el ojo. Sí, así como te digo. Yo simplemente quería llegar a mi clase de Antropología a tiempo y, en cambio, me encontré con que se me insinuaba una muñeca de plástico confeccionada por corporaciones que se dedican a imponer estándares de belleza inalcanzables para cualquier persona de carne y hueso. Y fíjate que no dije “persona real” porque, a pesar de su cuerpo era de plástico, la considero más auténtica de lo que alguna vez vos podrías llegas a ser para mí, sin ofender.

El tema es que en aquel momento, de verdad temí que todos los rumores y habladurías sobre mí no fueran tan irreales como me había convencido a mí misma y de que, efectivamente, me estuviera volviendo loca. Pero no, seguro era el cansancio acumulado del día o algún reflejo de la vidriera, nada de lo que preocuparse. O eso me decía en mis pensamientos porque, si bien intenté que mi día transcurriera como si nada hubiese ocurrido, no podía despegarme de la idea de que, en ese instante efímero, ella me había mirado. Lo repasé tantas veces en mi memoria que hasta comencé a dudar sobre la veracidad de todo aquello; ¿realmente había ocurrido o lo había imaginado? Hasta que al fin concluí que la única manera en la que de verdad podía estar segura era volver a la vidriera y confrontarme con ese par de ojos que tanto me habían marcado.

Así que volví sobre mis pasos y me planté enfrente de su mirada perdida, casi con una actitud desafiante. Una vez más, clavó sus pupilas negras en las mías y esbozó una mueca casi imperceptible. Esta vez no había duda: se estaba comunicando conmigo.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí, parada en el medio de la vereda, hipnotizada por la mirada de aquella mujer de plástico del vestido rojo. Lo que sí recuerdo es que, a partir de aquel día, volví de manera rutinaria a ese mismo lugar frente a la vidriera para interactuar con quien había bautizado en mi mente como «Dama Roja». Al comienzo, nuestra relación se limitó a muecas y expresiones faciales cuando ningún otro transeúnte estaba mirando pero, con el tiempo, ideamos un método de comunicación similar al del sistema de señas que nos permitió empezar a conocernos realmente.

Lo que al principio había comenzado como un pequeño juego secreto con el que pasaba las horas muertas se había transformado en una obsesión constante que consumía cada momento del día que no pasaba con mi Dama Roja (que, dicho sea de paso, no eran tantos). Cuando estaba con ella sentía que por fin podía liberar mis pensamientos y emociones, que era la única que me entendía y con quien compartía mis planes y miedos más secretos. Y fue así como, casi sin darme cuenta, me enamoré de la Dama Roja.

Ahora que miro atrás, aquel tiempo en que compartíamos charlas y miradas fue el más dichoso de mi vida y daría lo que fuera por ser capaz de volver y congelarme en ese momento en que lo único que bastaba era que ella me sonriera para que todo volviera a estar bien. Pero, por supuesto, hasta las cosas más bellas están condenadas a perecer frente a la codicia humana. Y es que, por más que ella lo significara todo para mí, llegó un punto en el que las charlas en código y las miradas furtivas que nos dirigíamos a través de la vidriera no bastaron para aplacar la fuerza con la que nos amábamos, así que juntas planeamos el escape perfecto. Yo iría de noche y, sin que nadie nos viera, la llevaría conmigo a algún lugar inexplorado en las montañas que aún estaba por definirse. Los detalles no importaban porque finalmente podríamos estar juntas, lejos de todo el ruido de la ciudad y la crítica de todos aquellos que eran incapaces de comprender nuestro amor. Pero, como era de esperarse, nada salió de la forma planeada. Para empezar, no estaría acá contándote esto a vos si así fuera, ¿cierto?

No creo que sea importante entrar en detalles sobre los cómos y los cuándos porque, al fin y al cabo, este es el punto del relato que todo el mundo conoce. Todavía me acuerdo los titulares: «Estudiante de Filosofía roba vestido multimillonario».¡Já! Como si lo que a mí me importara fuera el vestido. Lo único que podía pensar cuando veía mi cara en las noticias, mientras comía esa gelatina horrible que me daban en el hospital, era en qué había ocurrido con mi Dama Roja, en si alguna vez volveríamos a vernos y en qué diría de estar allí conmigo. Hasta el día de hoy no volví a saber nada de ella y, por más que hayan pasado cuatro meses desde que me encerraron acá, la quiero con la misma fuerza.

Así que ahí lo tenés, una vez más les comparto nuestra historia. Gracias por el silencio, fuiste uno de los pocos que de verdad logró cumplir con ese requisito. ¿Hay algo más que quieras saber o ya me puedo ir? La verdad, ando bastante cansada y, si no me apuro, la de la habitación 13 (que, si se me permite comentar, de verdad está chapita) me ocupa el baño y se acaba toda el agua caliente. No, gracias a usted, doctor. Siempre es lindo contar nuestra historia, se siente como si estuviéramos juntas otra vez. Sí, vuelvo a las seis para la sesión de mañana. Que tengas buenas tardes.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.