Aquí afuera, en Cottage Grove, eso importa. El viento
galopante se resiste a su sombra. Los carruajes
avanzan dibujados bajo un cielo ahumado de roble.
Esta es América llamando:
el reflejo de estado a estado,
de voz a voz sobre los cables,
la fuerza de los saludos coloquiales como polen
dorado descendiendo en la brisa de la tarde.
En escaleras de servicio crece la dulce corrupción;
la página del ocaso cambia, como un chirriante escenario giratorio, en Warren, Ohio.

Si este es el camino entonces vayámos,
ellos asienten, y en corto la lenta jornada del vagón comienza,
acelerando gradualmente hasta que los ventiladores de los suburbios giran
envolviendo la oscuridad de ciudades que son recordadas
apenas como un tic recurrente. Y a medio camino
encontramos la decepción, a los que regresan, sin que esto
sea capaz de detenernos en la noche de cabeza
que va hacia la nada de la costa. En Bolinas
las casas dormitan y parecen preguntar por qué a través de
la bruma del pacífico, y los sueños brillan alternativamente y crecen opacos.
¿Por qué estar aquí suspendidos? Como papalotes, girando,
resbalando por una rampa de aire, pero siempre girando?

Sólo la nubosidad variable se derrama,
inundándote como el significado de una broma.
La tierra no fue interesante de inmediato; la construimos
en parte sobre ruinas falsas, a nuestra imagen:
un arco que termina en media-piedra angular, un muelle resquebrajado de piedra
para las lavanderas, un teatro al aire libre, nunca terminado
y diseñado tan sólo parcialmente. ¿Cómo vamos a habitar
este espacio donde la cuarta pared está perdida,
como en una escenografía o casa de muñecas, sin contar lo hambrientos que estamos,
absortos, mirando a las estrellas, con docenas de proyectos
aún no realizados, y un estricto sentido
del tiempo acabándose, de la noche entregando
su factura doblada y discreta? Y nos adaptamos
muy bien a todo esto, volviéndonos transparentes,
casi fantasmas. Algún día
animales y pájaros habrán absorbido
el color, la densidad de los alrededores,
las hojas están vivas, rebosantes de vida.

Siguió un largo periodo de cambio.
Lo sabían en las ciudades al mudar de siglo
pero cuidaron no decirlo cuando el repartidor de hielo y el lechero
desaparecieron al doblar la esquina y el cartero gritó
sus rondas diarias. Lo sabían los niños bajo los árboles
pero todos los padres volvían a casa
en los tranvías luego de un día satisfactorio en la oficina anulándolo:
el clima era aún floral y todo el papel tapiz
de un millón de casas sobre la tierra conspiró para ocultarlo.
Un día pensamos en los muebles pintados, en cómo
esto cambia sutilmente todo en la habitación
y en el jardín, en cómo, si fuéramos
capaces de escribir la historia de nuestro tiempo, empezando por hoy,
sería necesario dar forma a todos esos detalles insignificantes
para poder incluirlos; de otro modo la narrativa
tendría el aspecto plano y lijoso del cielo
hacia el final del verano, en el medio oeste,
el aspecto de querer echarse para atrás antes de que el argumento
haya sido resuelto, y al mismo tiempo guardar las apariencias
para que el mañana sea puro. Por eso, si tenemos que hacer nuestro trabajo
a pesar de las cosas, ¿por qué no hacerlo a pesar de todo?
Así, quizá los lagos y pantanos endebles
del monte serán conectados al circuito
y no sólo los principales eventos sino la masa entera
e increíble de todo ocurriendo simultánea y amorosamente,
canalizándose dentro de la historia, se desarrollará
tan casual y cuidadosamente como una conversación en el cuarto contiguo,
y la pureza de hoy nos investirá como una brisa,
sólo sé fuerte, libre, irónico: alguien que puede
quitarse el sombrero y todavía sacarle provecho.

El desfile está doblando hacia nuestra calle.
Mis estrellas, los bruñidos uniformes y los rasgos
prismáticos de este instante pertenecen a este lugar. La tierra
se arrastra lejos de la magia, los pueblos de la costa resplandecen
hacia el ya mencionado encuentro con Agosto y Diciembre.
La corazonada es que siempre será así,
la apariencia, la forma en que las cosas te asustaron por primera vez
en la luz nocturna, y cómo resultaron ser más tarde,
aunque aún capaces, todas lo mismo, de una estrecha fidelidad
para lo que tú y ellos querían llegar a ser:
sin suspiros como música Rusa, sólo un vasto desenmarañamiento
hacia los cruces y hacia la oscuridad más allá
de estos áridos campos, construido a expensas del hoy.

Source: Houseboat Days (Farrar Straus and Giroux, 1977)

Versión al español: Brianda Pineda Melgarejo

 

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Pyrography
BY JOHN ASHBERY

Out here on Cottage Grove it matters. The galloping
Wind balks at its shadow. The carriages
Are drawn forward under a sky of fumed oak.
This is America calling:
The mirroring of state to state,
Of voice to voice on the wires,
The force of colloquial greetings like golden
Pollen sinking on the afternoon breeze.
In service stairs the sweet corruption thrives;
The page of dusk turns like a creaking revolving stage in Warren, Ohio.

If this is the way it is let’s leave,
They agree, and soon the slow boxcar journey begins,
Gradually accelerating until the gyrating fans of suburbs
Enfolding the darkness of cities are remembered
Only as a recurring tic. And midway
We meet the disappointed, returning ones, without its
Being able to stop us in the headlong night
Toward the nothing of the coast. At Bolinas
The houses doze and seem to wonder why through the
Pacific haze, and the dreams alternately glow and grow dull.
Why be hanging on here? Like kites, circling,
Slipping on a ramp of air, but always circling?

But the variable cloudiness is pouring it on,
Flooding back to you like the meaning of a joke.
The land wasn’t immediately appealing; we built it
Partly over with fake ruins, in the image of ourselves:
An arch that terminates in mid-keystone, a crumbling stone pier
For laundresses, an open-air theater, never completed
And only partially designed. How are we to inhabit
This space from which the fourth wall is invariably missing,
As in a stage-set or dollhouse, except by staving as we are,
In lost profile, facing the stars, with dozens of as yet
Unrealized projects, and a strict sense
Of time running out, of evening presenting
The tactfully folded-over bill? And we fit
Rather too easily into it, become transparent,
Almost ghosts. One day
The birds and animals in the pasture have absorbed
The color, the density of the surroundings,
The leaves are alive, and too heavy with life.

A long period of adjustment followed.
In the cities at the turn of the century they knew about it
But were careful not to let on as the iceman and the milkman
Disappeared down the block and the postman shouted
His daily rounds. The children under the trees knew it
But all the fathers returning home
On streetcars after a satisfying day at the office undid it:
The climate was still floral and all the wallpaper
In a million homes all over the land conspired to hide it.
One day we thought of painted furniture, of how
It just slightly changes everything in the room
And in the yard outside, and how, if we were going
To be able to write the history of our time, starting with today,
It would be necessary to model all these unimportant details
So as to be able to include them; otherwise the narrative
Would have that flat, sandpapered look the sky gets
Out in the middle west toward the end of summer,
The look of wanting to back out before the argument
Has been resolved, and at the same time to save appearances
So that tomorrow will be pure. Therefore, since we have to do our business
In spite of things, why not make it in spite of everything?
That way, maybe the feeble lakes and swamps
Of the back country will get plugged into the circuit
And not just the major events but the whole incredible
Mass of everything happening simultaneously and pairing off,
Channeling itself into history, will unroll
As carefully and as casually as a conversation in the next room,
And the purity of today will invest us like a breeze,
Only be hard, spare, ironical: something one can
Tip one’s hat to and still get some use out of.

The parade is turning into our street.
My stars, the burnished uniforms and prismatic
Features of this instant belong here. The land
Is pulling away from the magic, glittering coastal towns
To an aforementioned rendezvous with August and December.
The hunch is it will always be this way,
The look, the way things first scared you
In the night light, and later turned out to be,
Yet still capable, all the same, of a narrow fidelity
To what you and they wanted to become:
No sighs like Russian music, only a vast unravelling
Out toward the junctions and to the darkness beyond
To these bare fields, built at today’s expense.

John Ashbery, “Pyrography” from Houseboat Days. Copyright © 1987, 1979 by John Ashbery. Reprinted with the permission of Georges Borchardt, Inc. on behalf of the author.

Escrito por Brianda Pineda Melgarejo

Xalapa, 1991. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana.