Para Santo Domingo

 

¿Para qué sirven los parques
de esta ciudad?
No son un pulmón,
ni una vía de escape,
tampoco un pequeño laberinto
con muchas pocas salidas
a alguna calle siempre familiar,
a alguna avenida gris,
una repetición de troncos
o ruedas
o ruedas apiladas como troncos
para nadar ahí, en la oruga,
y llegar a algún otro parque
que no de a ninguna calle.
Sólo a un balcón azul marino
o a un balcón que sólo existe cuando atardece.
El parque,
las hojas llenas de fuego
o fresas
o cadáveres de cajuil
o guayabas partidas por mitad.
Sangre de alguien lejano
que viene todas las tardes
a morir en la grama.

¿Cuántos parques
hay en esta ciudad?
Ahora mismo recuerdo
uno,
dos.
Sólo tres.
Porque tienen dueño.
Y las luces
¿del sol o de las lámparas?
Recuerdo cuatro.
Cinco,
seis parques.
Siete.
Esto no iba a escribirse así.
Quería proponer
algún octavo, noveno, décimo parque
para poder saludar a la gente
Hola-cómo-estás-mira-ayer-esta-flor-no-estaba-la-trajiste-tú
Hola-viste-hay-un-nido-gigante-en-ese-árbol-pequeño-no-no-he-visto-huevos-aquí-no-vive-nadie

Un parque lleno de frutas
que se alcancen con un movimiento
suave del hombro-codo-mano,
y chorrea el jugo en la grama
y un ave recoge el jugo.
Gracias por el dulce,
nos diría
y el sonido rebotaría
en nuestras caras llenas de mango,
de chinola,
dedos de aguacate,
pies llenos de zanahoria
y lechuga
y yuca.
Un parque
y no más carritos presos en los supermercados.
Filas largas afuera del parque.
Ya no hay más papas, vengan mañana.
Y el aluminio diría
Está bien,
vuelvo,
y las manos dirían
gracias parque,
gracias ciudad.
Y los pies llegarían a casa
y las bocas dirían
gracias por los plátanos,
gracias por los ajíes,
las cebollas,
el ajo.
Gracias, parque.
Gracias, ciudad.

Un parque en el que nadie te diga adiós,
otro donde puedas sentarte a leer
lo que escribiste en el parque de al lado
donde vives tú
y toda la gente una encima de la otra
pasándose la comida
del parque anterior al anterior
por la ventana
con una sonrisa que se mira desde el balcón azul marino.

Un parque donde siempre sea de tarde,
ya lo había pedido.
Es lo único que quiero,
que no hayan mosquitos,
que no huela a basura,
que no me de ganas de huir.
Un parque que ya no tenga dueño,
que nunca sea mío,
ni tuyo,
ni de él,
ni de ella,
ni de los árboles,
los pájaros,
los aviones,
las palabras que ya están sobrando.
Lo pido de rodillas,
con cabeza-avestruz,
por favor,
un solo parque
al que no venga nadie
a robarme las naranjas.

Escrito por Thaís Espaillat

1994, Santo Domingo, República Dominicana