Es difícil no abstraerse preparando pescado, no importa si el plato es frío o caliente, el aroma es tan penetrante, tan poco dulce, que me es inevitable perderme en el procedimiento, dejo de pensar y me dedico a explorar el aroma a mar.

Hoy preparé ceviche, desde temprano fui al mercado y compré lo necesario: 340 gr de cochito, tres tomates, una cebolla blanca, un pepino, cuatro chiles serranos, medio kilo de limones, clamato, tostadas, salsa siete mares, una lata miniatura de coca cola y un plátano para el postre.

Mientras cortaba la verdura me acordé de mi hermana, a Sofía le gustaba mucho cocinar, desde pequeña le ayudaba a mi mamá en la preparación de la comida. Sofía siempre tuvo una deliciosa sazón; también preparaba ricas aguas frescas en verano, recuerdo que hubo una temporada en la que ella, de púbera quizá, era la encargada del agua de sabor de cada mediodía.

Fue Sofía quien me enseñó a preparar el ceviche, a cocer el pescado con limón, a llevar un proceso sistemático para cada platillo. Como vivíamos en ciudades diferentes, mi hermana y yo nos comunicábamos por teléfono o por WhatsApp, por cualquier medio, ella siempre me ayudaba con alguna receta o algún tipo de dieta especial para mis “padecimientos”. Siempre hemos sido hermanas con una relación muy estrecha. Edith, Sofía y yo.

Esta tarde, en cuanto terminé de adornar el ceviche, encendí la televisión para tener un poco de ruido blanco, y justo en el canal en el que se sintonizó estaba una película donde dijeron la siguiente frase:

“Tú puedes dormir tranquilo porque sabes que alguien te ama”, me despedí del recuerdo de mi hermana, y la visualicé sonriendo al dormir eternamente; e inmediatamente empecé a pensar en ti; me acordé de nosotros. Recordé la sonrisa que cuelgas en tu rostro mientras duermes. Te he contemplado mucho, algunas noches.

Es increíble el poco tiempo que llevamos juntos, los fugaces días que hemos compartido cuerpo a cuerpo, aun así, son las noches que pasamos juntos, abrazados, las que nos hacen sentir seres humanos dichosos. Nos hemos confesado que son esos momentos los que nos hacen sentir la vida. Estamos vivos, estamos tranquilos, los instantes se dilatan, soñamos con futuro.

Pensé en la distancia que existe entre nosotros actualmente. La geográfica, de vez en vez la emocional. Me sigo preguntando cómo, aun después de todo lo que he vivido, sigo privándome de mi mayor felicidad. La vida muchas veces es una contradicción. La comunicación es imposible.

Volví a pensar en la frase. Sabes, sé lo mucho que me amas y aun así no puedo dormir en paz. Necesito dormir a tu lado; esa es de mi única verdad ahora mismo. Pero no puedo decir que nuestros infiernos no existen; o nuestra circunstancia que no se deja salvar.

¿Cómo coincidir? ¿Cómo encontrarse con el otro?

Quise escribir la frase para contar sobre ella después, pero no encontré pluma y traía las manos llenas de jugo de limón, fui a enjuagarlas y mientras las secaba buscaba alguna de mis plumas y todas estaban en los bolsos del día de ayer, así que me pareció más fácil tomar el celular que se estaba cargando sobre la mesita. Abrí un mensaje de texto nuevo y escribí justo así: “Duermes siempre tranquila porque sabes que alguien te ama”, a la hora de escribir el destinatario pensé enviártelo a ti, pero rápidamente me arrepentí y como no pude pensar en ningún otro nombre, pues puse mi número, esperando que marcara algún tipo de error y se quedara como borrador. Pues bien, pasó algo gracioso, sonreí cuando vi que efectivamente recibí un mensaje de mí misma. Se abrió una conversación que traía, en lugar de nombre de contacto, mi propio número; aparecieron dos globitos con la misma frase, sólo que una estaba en color amarillo y otro en azul. Bloqueé el teléfono y me fui a comer.

Cuando estaba terminando mi delicioso ceviche, mi celular sonó nuevamente, pensé que podías ser tú, me emocioné de pensar que todo entre nosotros estaba bien, que recibiría un hermoso mensaje de amor anunciándome tu visita. Corrí hacia el móvil, y cuál fue mi sorpresa al abrir el sobrecito virtual, el mensaje decía: “Ya podré dormir tranquila porque ahora sé que piensas en mí, que me amas”. Era mi número, era la misma conversación que yo abrí; me puse helada, sentí que las piernas se me aflojaban, desconecté el teléfono y lo aventé sobre la cama; quise salir corriendo pero algo me detuvo, realmente no podía sentir miedo, definitivamente se trataba de mí, quizá de mí en algún otro tiempo o realidad. Logré tranquilizarme y entonces decidí responderle el gesto amable. ¿Qué podría decirme como primer mensaje de contacto consciente? ¿Qué clase de yo estará detrás de ese texto?, me preguntaba mientras bebía el último trago de coca cola.

“¿Quién contactó a quién?, ¿Cuál es tú aquí? ¿Cuál es tú ahora?, ¿También extrañas de esa forma a tu hermana?, ¿También estás profundamente enamorada?, ¿También descubriste que lo trascendental está en poder decirnos algo, coincidir en algún plano? …”

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Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)