α

Aún inmersos en el mundo de la redacción y la edición de Literatura, colegas y lectores suelen plantear a un autor la misma pregunta: ¿por qué la poesía? ¿para qué optar por un género hacia el que existen tantos prejuicios? Ojalá hubiese un modo de borrar del imaginario colectivo la idea de que la poesía debe ser rimada y de tema romántico, cursi. Ojalá hubiese un modo de que todas las personas leyeran a los poetas que van más allá de la catarsis y eligen el riesgo, tanto de utilizar como materia prima sus verdades más dolorosas, como de exponer estas al más crudo análisis para abarcar verdades más amplias. Estos autores se vuelven universales.

De lo anterior se me ocurren muchos ejemplos, pero quiero compartirles que para mí uno de esos autores que trascienden es Saúl Ordoñez. Admiro su trabajo desde hace varios años, precisamente por la manera en que conoce las reglas poéticas, para luego “pervertirlas”, en el mejor sentido posible de la palabra. Las suyas son visiones complejísimas que encuentran en la imagen, el ritmo y sobre todo en la lúdica y la desautomatización verbal, una manera eficiente de hacerse entender por el otro.

β

La primera vez que di con un libro de Saúl Ordóñez fue en 2012, cuando a pocos meses de obtener el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, el libro Jeffrey, obra negra, ya podía comprarse en mi ciudad natal, Zacatecas. Con quienes no lo conozcan, comparto que me sorprendieron los alcances de su voz lírica, y lo exitoso de los riesgos que tomó durante el proceso creativo, lo mismo en lo formal que en lo simbólico.

Hasta hace pocos años, en México no era común, y mucho menos premiado, un libro de poemas que hablasen de un tópico tan lamentablemente lleno de tabúes como la homosexualidad, menos aún si el objeto de deseo era ni más ni menos que uno de los asesinos seriales más temidos del mundo contemporáneo, Jeffrey Damher, mejor conocido como “el carnicero de Milwaukee”. A través de los matices de un perfil criminal bien estudiado, el lector no de una biografía de Dahmer sino del texto de Ordóñez se familiariza con la humanidad de tal personaje y con aquello que de él percibe una voz lírica profunda, con una percepción opuesta a la que tuvieron tantos reporteros y consumidores de la nota roja.

Un jovencísimo Saúl Ordóñez fue capaz de mezclar el muchas veces mal entendido lenguaje lírico, con una trama narrativa y fuertes coloquialismos de manera eficaz, como pocas veces se había visto hasta entonces en nuestro contexto. Yo lo considero un precursor inteligente de la búsqueda que hacen los autores más jóvenes hoy en día y que no siempre alcanzan con éxito: hacer del poema un vehículo para retratar y reflexionar el momento presente, a través de un lenguaje sencillo, coloquial. Ordóñez cumple el objetivo a cabalidad, me parece que en Jeffrey de una manera más grave que en su último libro, Trompadeperro (del que hablaré más adelante). Cito dos fragmentos de Jeffrey, obra negra, como ejemplo:

Temo tenía lo que nos hace falta/pero no queremos/su serpiente escupía/sobre todo lo que era lindo/y todo lo que era feo/Temo no hacía distingos/era un cabrón hijo de puta/Dios lo bendiga

no hay putos en el cielo/Dios odia a los putos/los putos arderán en el infierno/entonces qué hago aquí/hecho un Santo Cristo/un Divino Preso/un rey de burlas con la cabeza rota/de sol a sol un espantajo

El libro causó un fuerte impacto en mí. Aunque tuve una formación más bien tradicionalista en lo personal y en lo profesional como muchos otros lectores, algo había en esos versos que podía enganchar a cualquiera, aunque no fuera suya ninguna de las realidades expuestas. Ese algo son la lucidez y el trabajo estético.

γ

Cinco años más tarde, llegó a mis manos el nuevo título de Saúl Ordóñez, Trompadeperro, cincuenta poemas, por cierto finalista de otro certamen nacional. Brevísimo y sencillo en su forma, el lector no debe dejarse llevar por la primera impresión. Se trata de un texto dividido en cuatro partes, en las cuales se abordan matices de una realidad que no es ajena para nadie: una donde prevalecen la otredad, el dolor, la decadencia, el abandono, en una estructura lúdica, que se permite diferentes tonos, métricas e imágenes.

Directa o indirectamente todos sabemos lo que es ser el otro: el rubio, el moreno, el pelirrojo, el alto, el chaparro, el extranjero, el rico, el pobre, el naco, el fresa, el ñoño, el fiestero, el anormal, porque nuestra sociedad está construida a base de esta clase de oposiciones semánticas. A ratos está bien ser un vouyerista confeso ─quizá detrás de las puertas de un club─; a ratos es mejor ocultarlo y hasta de dientes para afuera decir que eso es una cochinada. Somos el otro todo el tiempo; públicamente o en secreto, ejercemos la marginalidad y ese es uno de los intereses que destacan en el libro.

La línea temática del autor vuelve a ser la homosexualidad, pero ahora desde una perspectiva íntima. Somos testigos de discursos de la voz lírica para sí misma y para voces cercanas, a través de un juego muy fino con el vocabulario, sus sonidos y su estructura, tanto que dentro de la maquinaria del poema funcionan los cortes de verso a media palabra. Cada nueva lectura del mismo poema en su segmento “quince monólogos para mi hijo”, da al lector la oportunidad de construir su propio significado.

hijo mío, déja-/me hablar, hablar-/te, escúcha-/me, arde-/remos en el /sentido, en la /sintaxis, va- /cío de son /en él, en el / son- / ido

En este apartado se mezclan conceptos tan variados como el arte, la construcción verbal, la sexualidad sufrida y obligada, las pérdidas amorosas, los lenguajes secretos, todo para ir develando la personalidad de esta voz lírica que está dispuesta a exponerse en sí misma.

En el segundo segmento, titulado “diez madrigales”, observamos con claridad el sentido de la “perversión” de la que hablábamos al principio. Madrigal es, como género poético, una composición lírica con versos de siete y 11 sílabas muy popular durante el Renacimiento, casi siempre de tema amoroso. Saúl Ordóñez conoce sin duda la regla y la adapta a un discurso más que amoroso e incluso erótico, francamente sexual, combinado con temas como las drogas, la clandestinidad y la homofobia. Los versos están dotados de una claridad y de un ritmo que ponen de manifiesto la habilidad del poeta.

cine apolo /tienen razón, qué tristes /tristes son los lugares /donde los hombres nos encontramos /para celebrar ritual ninguno /esto es coger /la mirada desaparece /tras las cortinas /en la oscuridad /sólo cuerpos /ganas /que se van con cualquiera /entre apolo y pigal /nadie pone atención a la película /donde una mujer se afana /sobre una verga /atrás, en la oscuridad, la verdadera acción /pero nada sucede /hay nada /qué ser nada y caliente unos minutos/ nada / algún día por pigal para mi mal

En estos apenas dos ejemplos, ya se percibe la destreza con la que Ordoñez maneja el lenguaje, sin embargo, en “quince cantos físicos y metafísicos amor”, cambia el tono y nos presenta versos prosificados desde donde nos adentramos en diversas clases de temores, todos profundos, todos personales y sociales como la libertad, el cáncer, la decadencia, a la vez que se vuelve la mirada hacia los padres, ambos ausentes, padeciendo las consecuencias de sus propias historias. Aquí un fragmento de canto cáncer amor:

en el tejido texto /una grafía /una grafía tornóse maligna en el tejido texto de tu pierna de tu colon /en el tejido texto de tu testículo diestro una grafía tornóse siniestra multiplicóse grafía a grafía /exponencialmente /escritura automática dictada por la muerte /escribano escribe grafía grafías exponencialmente /en el tejido texto de la pierna del colon de tu testículo diestro cangrejitos millones de millones /de cangrejitos grafías danzan la danza de la muerte a la diestra a la siniestra en las /arenas del cuerpo /en la mama en el hígado millones de millones de cangrejitos grafías escríbense danzan la /danza de la muerte escriben muerte en tu tejido texto /millones de millones de cangrejitos grafías a diestra y siniestra escriben muerte

En el último segmento, “diez canciones pacos”, la estructura de los textos vuelve a simplificarse y a modo de cierre el tema se centra en la figura de un joven bello y terrible, al estilo de Rimbaud. La voz lirica y amante, se sienta al adonis entre las piernas y lo encuentra amargo, tanto como su propia incapacidad de entregarse a alguien sin seguir deseando.

Esta nueva entrega de Saúl Ordóñez da fe de un oficio literario en plenitud, en donde no hay lugar para las hipocresías ni las medias verdades. Los lectores se mirarán a través de 50 espejos distintos, unos más hospitalarios que otros, y harán sus propios bautizos por encima de los nombres impresos, para recordar o para despedirse, para cantar o para reclamar por primera vez en voz alta. Dice en una de las partes que me parecen esenciales “liberémonos/ liberémonos de la razón/para encontrarla/para encontrar razón y más/razones que den razón de/peso caiga/la venda de los ojos”. Ojalá haya un suelo blando para que cada lector se eche al suelo como el perro al que se evoca en el título del libro, para esperar sin temores ni resistencias a que la vida, pese a sus tribulaciones, simplemente transcurra.

Escrito por Ana Corvera

Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Es Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la UdeG y Licenciada en Letras por la UAZ. Obtuvo el Premio Nacional para Proyectos Artísticos y Culturales (IMJ) en 2004 y el Premio Estatal de Ensayo “Mauricio Magdaleno” en 2006; becaria del PECDA en 2007 y 2015. Ha publicado en libros y revistas de México, Venezuela y Colombia. Sus textos de creación aparecen en antologías de poesía joven como Los médanos de la memoria (IMAC, 2013) y El viento y las palabras (La Zonámbula Editorial, 2014); sus textos de investigación en Pensamiento Novohispano (UNAM, 2006), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP/Del Lirio, 2013), Ficcionario de Teoría Literaria(Texere, 2015) y Palabras Vivas: Ensayo de Crítica Literaria en torno a María Luisa Puga(IZC/UAZ, 2016). Su libro Nocturno corazón de los insectos (Taberna libraria-UAZ, 2011), es un híbrido entre narrativa y poesía. Docente de talleres de ensayo literario, ha impartido clase en la Academia de Escritores de Venezuela y recintos culturales de Jalisco, donde ahora reside.