Numerosas acciones se han llevado a cabo en nombre de la modernidad y del progreso. Las ansias de ir hacia adelante amenazan con destruir todo a su paso, la utopía de un futuro mejor obliga a los supuestos impulsores del bienestar urbano a “comenzar desde cero”, razón por la cual suelen atribuir a la demolición de los edificios un carácter imprescindible e indiscutible.

Quienes pretenden lanzarse al vacío de un porvenir incierto, abrazan la esperanza de que serán ellos los responsables de una reconstrucción del mundo que dejará de ser tal como lo conocemos hasta ahora, para dar lugar a un paraíso donde sus propias ambiciones (que ellos creen compartidas) resultarán satisfechas. Generalmente, sus pretensiones se limitan a beneficios materiales para los cabecillas de los atentados y sus allegados. El enriquecimiento de unos cuantos nunca alcanza a constituirse o expandirse como una transformación social de impacto real, comprobable y de largo aliento. La acumulación de riquezas solo está destinado a unos cuantos, los menos.

La especulación económica que motiva la destrucción de los edificios culturales urbanos, como los son todos los que conforman la arquitectura teatral, se sostiene en el planteamiento de que no hay continuidades sin fracturas y de que cualquier nuevo espacio se construye bajo la ruinas de otro anterior.[1]

Incluso un emblema arquitectónico tan importante como lo es el Palacio de Bellas Artes  (antes llamado Teatro Nacional) en la Ciudad de México fue construido sobre las ruinas de lo que fuera el Antiguo Convento de Santa Isabel. A su vez, la construcción del  Nuevo Teatro Nacional que comenzó en 1904 sustituía al Teatro de Vergara demolido en 1901. Desde aquella época (por lo menos) todo sufrimiento de destrucción o de descuido arquitectónico ha sido justificado por las prioridades de la construcción que defienden el levantamiento de los edificios necesarios sobreponiéndose a aquellos a los que ya nos les encuentran utilidad. Es por esto que, según los responsables de las decisiones sobre las construcciones deben demolerlos. Muchos de estos “edificios inútiles” han sido aquellos dedicados a las artes escénicas ¿Qué dice esto sobre la valoración de los teatros? Por lo menos que valen más para ser un recuerdo que una realidad tangible.

Algunas veces, la demolición del inmueble se produce tras una hecatombe, desgracia humana y material que justifica la necesaria remodelación del espacio. La huella del desastre debe ser sustituida casi de inmediato por algún otro elemento que modifique la percepción sobre la zona del desastre. Los edificios se ligan siempre a la remembranza, de tal suerte que cuando uno transita la ciudad va construyendo memorias sobre la misma. De ahí que sea necesario inspirar recuerdos positivos para que la metrópoli no agrave su carácter agresivo a través de la mirada del habitante.

Siguiendo el pensamiento de los que apoyan los derrumbes de los edificios teatrales podemos entender que según ellos, este tipo de arquitectura no invita a los ciudadanos a un estado de felicidad, por lo cual su conservación carece de importancia. Evidentemente, los responsables de las demoliciones no poseen una educación sensible lo suficientemente desarrollada como para entender el carácter fundamental de los teatros en las ciudades.

A propósito de las catástrofes, puedo asegurar que muchos de los teatros han sido destruidos periódicamente por medio de incendios (por voluntad o accidente); consecuentemente el fuego los modifica y los remodela. A partir de las cenizas renace y se reforma como ave fénix. Esto, cuando se construye un nuevo teatro a partir del precedente. Lo alarmante es la constante de la sustitución, cuando después del incidente los teatros se transforman en otra cosa, acaso porque el recuerdo de lo sucedido es demasiado doloroso, como pudo serlo cuando unos hombres jugaron una mala broma a los espectadores del Teatro Morelos en Cuernavaca (México) y provocaron una estampida que aplastó a once niños y a un hombre. Dicha desgracia se resolvió con la demolición del teatro y la construcción del cine que llevaría el mismo nombre.[2]

En fin, distintos casos ejemplifican que todo teatro forma parte de una serie de destrucciones y continuidades, como lo son los edificios demolidos total o parcialmente, o los que solo fueron remodelados para ser reemplazados por complejos de cines.[3] Siendo esta la transformación más común, como es el caso del  cine Manuel Briseño de la colonia Guerrero de la Ciudad de México, inaugurado en 1907 dedicado al género sicalíptico, amenazado primero de clausura por las atribuciones perniciosas de toda exhibición erótica, luego convertido en teatro y finalmente consumido por un incendio. Caso distinto en lo que a moral se refiere, es el Cine Colonial, que naciera como teatro y que fuera convertido en cine de películas para adultos para satisfacer las demandas sexuales de los habitantes de aquella ciudad.

Algunas de las conversiones de teatro en cine implican la rehabilitación de edificios majestuosos como es el caso del Teatro Alameda de San Luis Potosí[4] actualmente conocido como Cineteca Alameda,  o  el Teatro Junín de Medellín, construido en 1924, bajo la tutela de Agustín Goovaerts y cuya demolición en 1967 dio lugar al Edificio Coltejer, el primer rascacielos de Colombia, o cuando muchos otros devienen en franquicias de comida chatarra o en sedes de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Así pues, a excepción –y pongo esto en duda- de la filial religiosa, el teatro (subrayo: supuestamente) estaría pagando una cuota por el progreso de la ciudad.

En esta lógica del reemplazo ¿Cómo podríamos entender a los edificios híbridos como el Teatro Nacional y el Teatro de Variedades de Costa Rica y todos los populares “teatros-salón como el Salón Boliche, el Nuevo, el Colón, el Actualidades, el Alhambra, el Olympia, etcétera, que no renunciaron definitivamente a la presentación de artes escénicas para ceder con sumisión su lugar a los cinematógrafos, sino que contaban ambas opciones para el público? Sin lugar a dudas la coexistencia respondía a un interés de los propietarios o de quienes se hacían cargo del espacio, por atender a las demandas de todo su público, aun cuando en caso de dividirse el espacio, la audiencia de uno u otro (cine o teatro) se viera disminuida. Este era un interés genuino y abarcador.

Respecto al asunto al que hago referencia con la exposición de los teatros-salones  y teatros-cinematógrafos costarricenses, cabe decir que  al final triunfó como tantas veces el capitalismo brutal en el que el convivio armónico de ambas formas de entretenimiento escapa de la norma y de la usanza. Es así que por citar el ejemplo icónico, del Teatro/Cine “Variedades, que después de haber sido adquirido por el Estado se encuentra hoy bajo candado (desde 2016), sin que exista aún un proyecto detallado sobre cómo han pensado utilizar el inmueble. En este caso, estaríamos hablando de un abandono evidente, que condena a la actividad teatral tanto como a la cinematográfica o a cualquier posibilidad de oferta cultural a la inactividad. Que un teatro funcione en un momento y al otro no, es preocupante, tanto como el derrumbe mismo.

Sin lugar a dudas uno de los casos más extraños es el caso del Teatro Porfirio Díaz en Artequiza Guadalajara, que, construido como teatro, ha pasado a ser internado, escuela, casa de cultura y finalmente construcción abandonada. Es un hecho que las autoridades muchas veces por no comprender el arte teatral, no saben qué hacer con un edificio destinado a la exposición del mismo. Asunto a todas vistas lamentable.

Quisiera enfocarme precisamente en los espacios teatrales a los que se les ha destinado un final definitivo, transformando los terrenos en edificios que nada tienen que ver con el teatro y que responden a voluntades de la sociedad de consumo y espectáculo -como la ha llamado Debord, concepto reinterpretado, actualizado y aterrizado a la realidad latinoamericana por Vargas Llosa-, en su acepción más frívola y superficial. O peor todavía, cuando son olvidados sin pasar siquiera por el proceso de demolición, como el entristecedor caso del Teatro Alarcón en San Luis Potosí (México) cuya conservación da cuenta de un abandono fantasmal que también hablaría de manera elocuente sobre la idea y la importancia del teatro en dicho país.

Todo tiene su razón de ser. En tanto que el fomento cultural no forma parte de las principales iniciativas de la mayoría de los gobiernos capitalinos, municipales o Estatales latinoamericanos, visible en los montos que destinan a las instituciones dedicadas a la creación y difusión artísticas en comparación a los fondos que, en cambio otorgan a lo que consideran actividades lucrativas (como lo pueden ser por ejemplo las industrias del deporte, del altruismo o de la moda), numerosos edificios teatrales se ven destinados al olvido o a la demolición.

En efecto, el quehacer artístico de los países en desarrollo o del “tercer mundo” enfrenta graves reducciones del “apoyo” financiero gubernamental; las nuevas realidades presupuestales han sido cuestionadas y reprobadas por distintos gremios que han manifestado su desencanto con plantones frente a las cámaras de gobierno, cartas y movimientos menores, pero no irrelevantes.

Y es que cómo no  desilusionarse con las autoridades cuando demuestran tan poco interés en materia de arte y cultura. Sabiendo que incluso podrían hacer uso de las expresiones artísticas para su beneficio. El teatro –tanto como la pintura y la danza- ha demostrado ser una poderosa herramienta educativa y un vehículo – a la vez que un producto- para la transmisión de la ideología (tal como la comprendía Althusser).[5]

¿A qué viene entonces el desprecio? Basta con leer el informe realizado por la compañía mexicana de teatro cabaret “Las Reinas Chulas” -un trabajo de investigación que trata de resolver la cuestión sobre el por qué la cultura es considerada la ‘caja chica´ en cuestiones presupuestales en la Ciudad de México-, así como haber seguido el caso del desmantelamiento de la farsa del informe que la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín presentó sobre la inversión económica en el teatro (2016),[6]  entre muchos otros casos, para confiar en la demostración de la falta de interés en materia cultural y específicamente teatral por parte de los gobiernos para sumarse al desencanto y a la depresión colectiva.

En contra de la lógica del capitalismo, en la que no hay lugar para romanticismos trasnochados, hacedores y espectadores activos o potenciales de teatro se aferran a la nostalgia y al recuerdo una vez que se ven arrebatados de las construcciones que albergaron su quehacer y su pasión. Sobre el vacío que deja la demolición de un edificio teatral queda una huella, la traza de una cicatriz producto del desagarro que provoca la impotencia frente a quienes no entienden lo mucho que se pierde cuando se pierde un teatro. Lo mucho que dejamos ir al demolerlo.

No me resulta ajena la cuestión de que tanto el derribo como la demolición -términos utilizados con frecuencia incorrectamente de manera indistinta- generalmente constituyen acciones justificadas dentro de todo proyecto de edificación urbano. Idealmente estas acciones propias del hecho constructivo (o mejor dicho, destructivo) responden a las necesidades sociales que determinan la “vida útil” de los edificios y que pugnan por la rehabilitación de los espacios en función de una mejoría de las condiciones de vida para una comunidad determinada.

Autoridades, arquitectos, ingenieros y urbanistas rezan al unísono: “Las construcciones tienen una vida limitada, dejan de cumplir sus funciones, bien debido a exigencias humanas o a avances de la tecnología […] El final de toda construcción es el derribo o la rehabilitación que puede implicar un derribo parcial, en todo caso es necesaria siempre la demolición.”[7] Bajo esta justificación subyace un mensaje sobre las jerarquías de prioridades gubernamentales y colectivas que determinan que el teatro no es más importante que muchos otros negocios o actividades culturales o de entretenimiento. Y es que en materia de esparcimiento y de utilización del tiempo de ocio es preferible (según ellos) ir al cine o a un centro comercial que a una función teatral ¿Quién determina que esto es así? ¿A quién le importa tan poco el teatro que pugna por omisión o por conciencia por la demolición de los edificios y la subsecuente desaparición de la cultura teatral? ¿Es posible revertirlo? ¿Podríamos evitarlo? ¿Con qué argumentos podemos defender y demostrar su valía?

Toda acción es significante. Tanto el hecho de construir e inaugurar teatros como el clausurarlos o destruirlos. La demolición de un edificio teatral se corresponde con la intención clara y unívoca  de deshacer o arruinar la materialidad del teatro, la estabilidad del espacio escénico. Destino del que por cierto tampoco pudieron escapar algunos cines antiguos como fue el caso del enorme “Cine Teatro Alameda” de Guadalajara, Jalisco en México.[8]

Como sabemos, las decisiones respecto a la materia tangible repercuten en la intangible: la desaparición de los espacios escénicos concretos tiene consecuencias insalvables para aquello que se escapa de cualquier sistema de medición  y tasa –especialmente empresarial-.

¿Qué pasará con el teatro si no tiene donde contenerse y manifestarse? ¿Si no existe un sitio para que sus adeptos, entusiastas y seguidores puedan llegar hacia él? ¿Dónde podrán los hacedores presentar sus creaciones?

Las demoliciones y sustituciones a las que hago referencia no responden tanto a las innovaciones tecnológicas –como podría acaso leerse la sustitución de los teatros por los cines- como a móviles económicos. Estamos hablando entonces de una situación en el que el teatro como negocio es escasamente redituable, cuestión de suyo preocupante porque declara a los gritos la inexistencia de una cultura del entretenimiento (teatral) cuyo peso pudiera resistir los golpes pugnando por la necesidad de conservar sus edificios. En la mayoría de las ciudades las autoridades solo dan cabida al ocio productivo con el incesante funcionamiento de sitios de diversión nocturna (antros, bares, cabarets) en los que se puede esperar cierto tipo de “despilfarro”, ante esto, las ganancias reportadas en las taquillas de los teatros nunca serán suficientemente atractivas.

Más allá de hacer un inventario de las acciones que se han llevado en contra de la institución teatral y los edificios que posibilitan su funcionamiento –sobre todo, pero no exclusivamente  aquellas que se han llevado en contra de los espacios independientes-, o de la enumeración de las demoliciones realizadas para dar lugar a franquicias comerciales, complejos de cine o unidades departamentales, este ensayo pretende ser un llamado al diálogo con la intención de reparar en la función social del teatro tanto como a la consciencia patrimonial. La comprensión de ambas acaso evitaría la sustitución de algunos valores culturales por recompensas que responden absolutamente a estímulos empresariales, es decir, monetarias. Aún en los casos que pudieran referirse al teatro comercial cuyos móviles siguen completamente a la lógica del capitalismo, donde todo se vuelve producto, donde todo es mercancía, donde todo se resume a las ganancias económicas. Es innegable que el sistema ha dejado al teatro a la deriva. Es por esto que la historia material del espacio escénico está siendo relegada hacia el olvido ¿Será que en esta época que nos ha tocado vivir, carece de importancia la memoria de los edificios?

Quizá todo tenga que ver con la idea de “ciudad ideal” en la que el teatro no tiene cabida, quizá con el estatus ínfimo atribuido durante tanto tiempo a los lugares funcionales para la representación escénica como lo son los edificios o la salas. Con su demolición y sustitución se coartan las posibilidades expresivas de la sociedad en la que estos atentados tengan lugar, pero la mayoría de las ciudades son dolorosas, agresivas, punto menos que inhabitables e intransitables, incapaces de satisfacer a plenitud cualquier tipo de necesidad que suponga un esfuerzo de planeación consciente. Sus habitantes están definitivamente insatisfechos y poco felices, están acostumbrados a cualquier tipo de pérdida como para que el asunto (o problema) de los espacios teatrales que tampoco es que visiten tan a menudo, sea relevante.

Zavel

 

[1] La idea y explicación de que “La subsistencia de la ciudad depende en gran medida de ese proceso acelerado de renovación, donde el deseo de cambio exige territorio a parcelar, se materializó en una de las secciones que conformaron la exposición colectiva “La Ciudad está allá afuera”, inaugurada el 26 de noviembre de 2016 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, en la Ciudad de México.

[2] El domingo 10 de junio de 1956, durante la exhibición de un filme, dos hombres gritaron: “¡Se cae el cine!, provocando la desgracia mencionada. Como consecuencia el cine comenzó a ser demolido el 13 de octubre de 1956, como un intento para borrar tan espantoso recuerdo. Curiosos avatares del destino, ahora el cine, tras su remodelación en 2010, forma parte y depende del Instituto de Cultura del Estado de Morelos.

[3] Algunos teatros han sido utilizados como complejos cinematográficos de forma temporal, como es el caso del Teatro Principal de Guanajuato en México que, sin mediar la demolición se construyó como cine en 1788, y por un breve periodo posterior a la Revolución Mexicana funcionó como cine para ser rehabilitado como teatro en 1955. Función que desempeña hasta el día de hoy.

[4] Que ha exhibido películas desde su inauguración el 27 de febrero de 1941, pero que llevó el nombre de “Teatro” por su decoración interior similar a la de los refinados teatros franceses.

[5] La interpretación materialista (siguiendo a Marx) que da en Crítica de la ideología y el Estado, en la que define a la ideología como: “el sistema de ideas, de representaciones que dominan el espíritu de un  hombre o de un grupo social.” Lo cual le permite también, caracterizar al hombre como “un animal ideológico”.

[6]  A propósito, “Las cifras reales de inversión en teatro de la Alcaldía de Medellín”, en:

http://www.elmundo.com/noticia/Las-cifras-reales-de-inversion-en-teatro-de-la-Alcaldia-de-Medellin-/49029 (consultado por última vez el 12 de abril de 2017).

[7] “Derribos y demoliciones” Teorías y técnicas de la investigación en Revista de la edificación No. 14, Junio de 1993, pág. 1 en: http://dadun.unav.edu/bitstream/10171/16532/1/RE_Vol%2014_02.pdf (consultado por última vez el 2 de abril de 2017).

[8] Con más de 60 años de existencia (20 de ellos cerrado), el edificio del cine teatro Alameda era parte de la historia de los tapatíos. Supuestamente, los señalamientos “de todo tipo” evidenciaban la necesidad de recuperar la zona de la ciudad donde se encontraba (entre la calle Álvaro Obregón y la Calzada Independencia), en el corazón de la Guadalajara.  razón que justificó que un grupo de empresarios encabezados por Emilio Chalita y con la aprobación del gobernador Francisco Ramírez Acuña, así como de la autoridad municipal, el edificio fue demolido para dar lugar a una plaza comercial, ahora llamada “Plaza Alameda” en espera de recuperar la vitalidad que la zona había tenido en otros tiempos. La información sobre el proyecto arquitectónico en: “Esta semana cae el  cine, para que se levante Plaza Alameda”, El informador, 30 de enero, 2006, pág. 18

Escrito por Zavel Castro

Editora en @aplaudirdepie Historiadora del cuerpo / crítica de teatro / hip hoppa @zavelcastro