Espirales

Los jardines fueron tomando tonalidades ocres y sepias, ráfagas otoñales despeinaron la copa de los árboles y por la ventana de la habitación principal, el llanto de dos pequeños rompió el silencio reinante en aquel palacio abandonado hace más de nueve meses. Años atrás brujos y adivinos se congregaron por un llamado del rey quien fue advertido de una terrible profecía que recaía sobre su amada hija. Solo diremos una cosa “la arista de lino” soltaron a una voz los sabios. Y desde ese momento se prohibió toda rueca en los dominios del Cronos. Sin embargo, una mañana septembrina llegó una viejecita con linos traídos del lejano oriente quién iba cantando por las calles del centro:

“Se hila y se teje,

esta rueca tiene buen eje,

no deje que el lino y el cañamo se enmadeje,

venga y no se queje”

Y aunque todos los pobladores se sentían tentados, nadie se atrevía a preguntar por aquella máquina que parecía traída del futuro. Resulta ser que la princesa Antonia estaba de paso por allí y sin dudar se acercó a la mujer y en menos de lo que canta un gallo ya se había embarcado en tremenda aventura. La rueca unida a la máquina de hilar empezó a funcionar con el pedal, giró tres veces y una luz blanca invadió a la hiladora y a su aprendiz.

– ¿A dónde vamos? Preguntó Antonia

– A donde vamos no necesita ser nombrado. Respondió la viejecita.

La princesa pensó que podría haber contado los minutos que pasaron o desvelarse imaginando los siglos recorridos. Dudó también, de sentir los primeros rayos de sol o si quizás era la luz del atardecer. Incluso llegó a creer que ella no habitaba su propio cuerpo pero en seguida se sintió plena y completa. Al abrir los ojos sintió la mirada de dos criaturas que tenía en sus brazos, ella con los pechos descubiertos estaba amamantando a Luna y Sol y no podía dejar de contemplarlos, estaba hipnotizada por su dulzura. El sonido acompasado del pedal la despegó de sus pequeños y vio a la hiladora trabajando en una manta para cubrir a los recién nacidos.

−Pronto llegarán las heladas de diciembre, esto los mantendrá abrigados. Dijo la mujer como si eso respondiera al desconcierto de Antonia.

Ella quiso preguntar dónde estaban pero fue reconociendo cada rincón de su habitación, empolvada, llena de telarañas y envejecida por el tiempo pero con todas sus pertenencias donde las recordaba. Cuando iba a pedir una explicación, el silencio del palacio fue invadido por la premura de un hombre, de vestiduras elegantes que entró sin tocar la puerta.

−Querida, he sentido una necesidad inevitable por regresar y ahora que te encuentro despierta junto a dos seres que iluminan todos tus dominios, el alma se me llena de júbilo y dicha.

−Eeee, ess, estoy… Respondió entre titubeos Antonia.

−No digas más, cuán impertinente he sido por no anunciarme al entrar, esperaré afuera a que termines de alimentar a nuestros niños, porque ¿son dos varones cierto?

−Eeee, eees, soooon…

−Disculpa, disculpa nuevamente, no me he percatado de saludar como es debido.

Mientras iba arrodillándose para acercar sus labios a la mano de Antonia. Ella vio un delgado palillo de lino que salía de su uña. En cuanto lo retiró, la hiladora tomó la palabra:

−Caballero por favor retírese, lo llamaremos cuando la princesa esté lista para recibirlo.

Cuando volvieron a quedarse en silencio, Antonia rompió en llanto y ante este escenario la vieja hecho a andar la rueca, pedaleó para girar tres veces la máquina y en seguida la luz enceguecedora se hizo presente para esta vez aterrizar en una mesa dispuesta con manjares a pedir de boca. El cocinero con voz trémula llamó a los comensales, y el rey devoró todas las sopas y salsa servidas en un santiamén. Una vez terminó de comer, la reina se quedó junto a Antonia y le susurró al oído “el rey a comido de lo tuyo, ahora no habrá Sol ni Luna que te acompañen”. Ella se levantó encolerizada a reclamar a la vieja por este destino atormentador que la estaba haciendo vivir y entonces, tres vueltas de rueca y luces titilantes se hicieron presentes.

Antonia no pudo abrir sus ojos esta vez, los recuerdos de las rondas de su infancia, los interminables juegos que inventaba y las caracolas que tejía su madre la llenaron de una felicidad indescriptible. Y así quedó la princesa, durmiendo el sueño eterno en el santuario de su alma.

 

 

 

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