Cortinas de seda resguardan la habitación, son de un color escarlata y están cubiertas de polvo. Ella está quieta y recostada al mismo tiempo en que mira el techo, callada, casi ausente y sigilosa. Es momento de salir de nuevo, mas no quiero dejarla sola, podría irse y nadie quiere eso, al menos yo no. Sin embargo, es necesario saciar mi hambre y mi sed, si pudiera me quedaba.

De regreso del supermercado, meto las cosas a una gaveta alta y angosta, tengo lo suficiente para sobrevivir una semana; compré el periódico, cigarros y una botella con descuento de un distinguido ron.  Otras cosas como comida, papel higiénico y platos desechables. Arrojo las llaves sobre el sillón donde reposa desde hace un par de semanas una torre de libros que prometí acomodar, pero nunca lo hice. Busqué un sacacorchos y al no encontrarlo tuve que forcejear con mis dientes la boquilla de aquella botella, ella seguía quieta. Me serví un trago y le ofrecí uno a ella, ignoró mi mano, ni siquiera volteó a verme y continuó con su indiferente postura. Más licor para mí, seguramente pensé.

Tal vez seis o siete copas escurrieron directo a mi garganta y comencé a pensar y pensar estaba bien en aquellos momentos del día, sin tapujos, crudo, somnoliento y de moral ambigua, simpleza en mis motivos y cordura imperceptible. Me llamaban las ganas de tomar la botella, quebrarla y de los restos tomar un buen pedazo, el más brillante y comenzar a herirla. Su sangre vívidamente cedería y mancharía mis manos y mi alfombra, mis más íntimos secretos. Sería parte de una escena digna de filmar, sería arte, sería éxtasis, sería el acabose digno para una tarde como esa.

Pero conservo la cordura, algo quebrantada y martillada en los aristas, no le hago ningún daño para saciar mis deseos sino al contrario, acaricio su mano. La delgadez de sus dedos es impresionante, sus pobres huesecillos son sumamente perceptibles al tacto y si no es por mi mesura en un breve forcejeo podría haberla quebrado sin dificultad. Pero la acaricio, coloco su mano en mi pecho. Ahora se intercambian los papeles y la obligo a rozar el mío con delicadeza, su fuerza no existe más y de inmediato me aburro de su esfuerzo por complacerme. Decido irme a la cama.

Si mi humor era bueno de vez en cuando le dejaba leer algún libro o hasta escuchar música, ella prefería a Charles Dickens y escuchaba a Poison, gozaba de un buen gusto aquella mujer.

Estaban a punto de cumplirse tres años desde que vivía conmigo. Desde que decidí llevármela de aquel bar. Yo visitaba el lugar dos o tres veces por semana después del trabajo, ella trabaja ahí. Se encargaba de preparar las bebidas tras una barra siempre repleta de hombres que intentaban invitarla a salir o seducirla con pobres adulaciones. Yo no era la excepción, aunque tampoco lo logré. Llevaba siempre una falda y un delantal negros. Sus piernas cubiertas de tatuajes y debajo del labio una perforación. Una triste mirada y una sonrisa siempre fingida después de atenderte, sin duda lo hacía por el dinero.

Después de un par de semanas me harté del rechazo y decidí esperarla al final de su turno, era un jueves en el que se suponía debería salir a las dos de la mañana. Llegué en mi Golf 86 negro mate faltando quince minutos para la hora de salida. Tardó un par de minutos más en salir, se agachó para amarrar las cintas de sus botas, sacó un labial y un espejo pequeño y retocó sus labios. Eso me excitó. Era hora y salí de mi auto. Salió del establecimiento un hombre bajo con acento chilango hablando por celular y tuve que regresar al auto mientras ella caminaba ya por la avenida principal.

El plan cambiaba y el sudor escurría por mis sienes. Caminó unas calles a la derecha y yo iba siguiéndola de cerca, ella nunca lo advirtió, no tomó taxi. Podía ser que viviera cerca del lugar y así era. Se paró frente a su apartamento y comenzó a buscar con torpeza las llaves dentro de su bolso, en ese momento aceleré y estacioné como pude y dejé el auto encendido. Antes de que pudiera hacer cualquier movimiento la golpeé en la cabeza con toda mi fuerza e iba a desvanecerse, no dejé que callera al suelo y la cargué hasta el auto. Saldo blanco, salvo en las vestiduras traseras del auto, donde escurrió la sangre de aquella mujer, Sara era su nombre. Encendí un cigarrillo y me fui a casa.

Después que desperté con un dolor de cabeza por el ron del día anterior fui a su cuarto y seguía durmiendo. Besé su frente e hizo un esfuerzo por despertar, corrí las cortinas y el sol se coló por la ventana y se cubrió la cara con una almohada.

–Es el día. Le dije y comenzó a llorar y gritar cosas que no pude entender. Ella sabía desde el primer día que iba a morir, la manera nunca la supo, a decir verdad, ni yo la sabía. Al pasar del tiempo el odio que me llevó a raptarla había ido desapareciendo, verla sangrar ya no me divertía, arrancarle el cabello a tirones perdió su gracia, amoratar sus piernas y amarrarla a la cabecera de su cama simplemente dejó de interesarme, ya no tenía ideas. Comenzaba a darme lástima su miseria. Nunca se me ocurrió pedir un rescate como en un secuestro normal. Pude haber disfrutado el dolor de su familia, pero ahora era demasiado tarde, quizá ya no la buscaban, quizá nunca lo hicieron.

Era muy bella y en cada beso que le di se iba una parte de mi vida, sentía por ella algo que no puedo explicar. Pero a cada beso le acompañaba una mordida fuerte en su labio inferior, hasta que aquello se convirtió en podredumbre y ya me era insoportable siquiera ver toda esa sangre coagulada en la parte más hermosa de su rostro. Dejé de besarla y ahora el único placer que me provocaba era sexual. Pero ya no me importaba, ahora solo era un bulto de huesos fríos que no me provocaba nada, solo asco, remordimiento y un sinsabor irremediable.

Llegamos a mi casa y la bajé del auto todavía inconsciente por el golpe en la cabeza. Llené la bañera con agua helada, me serví un trago y dese acá podía verla recostada en el sillón aún sin despertar, sería una noche larga. Las manos me temblaban y el corazón latía rápidamente, ya estaba hecho y no podía volver atrás. Salí de la bañera, me sequé, me vestí y vi cómo iba reponiéndose, la culpa se resbalaba de mis manos y el valor regresó a mí. Asustada, miró a su alrededor y buscó su bolso, se paró extasiada del sillón y al voltear hacia atrás me vio y antes de que gritará me abalancé sobre ella y le cubrí la boca con un trapo viejo. Sentía una pesadumbre en mis hombros y una jaqueca comenzó a apoderarse de mí, no sabía qué hacer, me acerqué y le dije con voz temblorosa y con sus gemidos de fondo:

-Tranquila, Sara, no te voy a hacer mucho daño, solo estarás aquí un par de días y después estarás libre o muerta, pero eso depende de ti. Deberás aprender a no rechazar a quien de verdad se preocupa por alguien como tú que tan poco vales.

Le quité el trapo con el que cubría su boca y le ofrecí un vaso de agua, lo bebió rápidamente y preguntó qué quería.

–Tengo poco dinero en mi casa, puedes ir por él, pero no tengo nada más, mis padres…

-No quiero tu dinero, quiero ese par de piernas que llevas bajo la falda.

Avergonzada intentó cubrirlas, pero no sirvió de mucho. La tomé de los brazos y empecé a besarla, se resistió e intentó golpearme con sus rodillas, pero falló. Le besé con prisa cada tatuaje que cubría su piel, le besé aquellas clavículas prominentes, le besé sediento, le besé hasta los miedos. Le quité la blusa y empecé a tocarla, ella ya no gritaba. Tumbó su cabeza hacia un costado y solo cerró los ojos esperando que todo terminara.

Por fin sus piernas fueron mías y algo más que eso, ella fue mía. Al terminar me quité de encima y la até a la cama y volví a poner el trapo en su boca, me fui a dormir. Lo mismo pasó al otro día y así durante dos semanas, la cubría un aroma fétido por la combinación de sangre y fluidos corporales. Aunque eso no me molestaba al momento de volver a estar con ella, una noche más, pensé, pero no fue así.

Pasaron los años y ahora que está más muerta que viva comienzo a arrepentirme del dolor cometido. Pude hacerle el desayuno cada mañana y llevarla a caminar en lugar de dejarla dormir en el suelo desnuda. Pude darle lo poco que tenía y sin embargo solo me llevé su carne a la boca, su vida se iba de a poco en cada vómito que se provocaba después de embriagarla. Pero hoy era el día y no había marcha atrás.

Hacía un mes que le había comprado un vestido largo y hermoso color azul, unas zapatillas y un collar, le dije que se arreglara; se duchó, se vistió y peinó el poco cabello que le quedaba.

–Debes estar contenta, hoy te vas de mi vida, de la vida en general y te vas igual de hermosa que el primer día que te vi, debes saber que te extrañaré, pero ya habrá otras para mí.

No supo si sonreír o llorar y solo bajó la mirada, pero no pudo evitar dejar caer un par de lágrimas por sus mejillas.

Subimos al auto y encendí la radio, era un día despejado y no había mucha gente en la calle, ya todo estaba planeado y solo era cuestión de esperar el momento perfecto. En el cinturón llevaba una calibre 32 que había ganado en una apuesta hace un par de meses, cargada con solo dos cartuchos.

Manejé por la Estatal hasta llegar al comienzo de un pequeño pueblo, estacionamos y bajé del auto para abrirle la puerta. Le di mi mano y acto seguido bajó también. Me puse frente a ella, otra vez tomé sus brazos y la besé en la frente, esta vez sin forcejear, me alejé unos metros de ella, saqué el arma y le apunté.

-Perdóname, eres libre.

Con más valor que nunca apunté a mi cráneo y disparé. Caí al suelo y solo pude ver cómo se quitó los tacones y corrió hacia el auto, escuchaba mis oídos punzar, se nubló mi vista.

Por Adonai Uresti- Facebook: https://www.facebook.com/dono.urestigonzalezbondage1.jpg

Escrito por Adonai Uresti

Estudiante de literatura hispanoamericana. 22. Mexicano. Escritor de relato y cuento fantástico. Lector y seguidor de la literatura contemporánea.