I

El Coronel – como le gustaba que lo llamasen – encendió su pipa. Sus ojos parecían despreocupados, seguramente a causa de tantos años en los que el servicio le había forjado una tez de hierro. Pero sus manos no podían mentir. Un ligero temblor asomaba por ellas.

A su lado el teniente Eleuterio Sandoval esperaba, paciente, cualquier orden, movimiento o murmullo. Pero el tiempo se hacía eterno. El reloj marcaba las once de la noche, hora poco conveniente para hacer gala de un alarde de audacia. Había tenido que dejar el calor de su lecho marital para presentarse en la oficina a petición directa del Coronel. Eso sólo podía significar que algo estaba mal.

Cuando llegó al Cuartel General unas farolas lo recibieron. El frío invierno comenzaba a pegar en la Ciudad. Y este invierno era más frío que de costumbre. Los pasillos del Cuartel estaban desérticos, tan helados como el exterior. Un olor a tabaco era el único resquicio de la vida humana que algunas horas atrás estallaba entre esas cuatro paredes. “Maldito sea el Coronel”, pensó mientras recorría un pasillo. Al fondo una luz discreta daba aviso de la presencia del susodicho. Un respiro y adentro.


—Ha vuelto a atacar —fue la sentencia que pronunció el Coronel apenas después de dar el primer sorbo a su pitillo. 

Las imágenes se anudaron en la garganta de Eleuterio. Lo primero que vio fue un torrente de sangre que manaba a borbotones. Lo siguiente, un río inundado de gritos y una sombra que lo atravesaba entre risas y burlas.

—Pero, hace mucho… eh… ¿cómo es posible?

Las palabras atragantadas eran signo del miedo y la rabia que corrían por las venas del teniente. Su pierna comenzó a agitarse sin control. De nuevo ese maldito tic. Un sueño, quería que todo eso no fuese más que un maldito sueño. Pero, por más que se pellizcaba, no conseguía despertar.

Una ráfaga de viento azotó la puerta. Eleuterio Sandoval no pudo más que dar un respingo. Se había convertido en un niño cobarde. Todas las noches, desde hacía ocho años, soñaba con él. Una pesadilla convertida en rumor lejano. No podía soportarlo. Hubo días en que despertó jadeante, con un sudor helado recorriéndole el cuerpo. La cama mojada. Su esposa trataba de animarlo, se acurrucaba en su pecho y le decía que ya pronto todo terminaría. Y así fue. Un buen día la sombra desapareció sin dejar rastro. Nadie supo nada más. Pensó que se había hundido en ese maldito río, que se había ahogado con la sangre de todas ellas. Dios es un justiciero lento, pero seguro. Y ahora, de entre las cenizas, el ahogado volvía. La pesadilla volvía a ser vida.

—Sé lo que esto representa para —el Coronel hablaba con la seguridad de quien no siente lo que dice—, por eso he querido que fuese uno de los primeros en estar al tanto.

—¿Cu-cu-cu-cuándo…?

Una vez más Eleuterio no pudo concluir la oración. El Coronel lo entendió a tiempo, evitándole un esfuerzo sobrehumano.

—Hoy, a las nueve y media, en el Río Consulado.

Unas rodillas que se doblan, una lágrima que cae en el vacío, unos labios sangrantes, un olor a muerte.

El humo del cigarro comienza a dispersarse en la habitación. El escritorio de madera, la máquina de escribir recién traída del gabacho, la vela teñida entre un montón de papeles apilados en un orden esotérico; más al fondo una salida que conduce a celdas mojadas y malolientes, donde decenas de infelices esperan una condena. Algunos saldrán pronto (sobre todo si tienen algún pariente cercano al Generalísimo), mientras que otros se pudrirán ahí.


El reloj está a punto de marcar las once y media. Ya van más de quince minutos en que el silencio reina. El teniente Eleuterio Sandoval sigue ahí de pie, como un muñeco arrumbado. El Coronel va por su quinto cigarrillo.

—Busque a un hombre dispuesto a todo —es la sucinta orden dictada por el Coronel.

—Será muy difícil.

El teniente tiene razón. Los hombres son seres pusilánimes, egoístas, incapaces de ofrecer su vida por el bien de la patria. Ya pocos quedan como el Generalísimo. Él sí que fue todo un héroe. Nada más verlo en batalla, dirigiendo a su país a la victoria. Pero de esos ya no hay. Las interminables guerras y revueltas se los han ido llevando. Nadie querrá arriesgar el pellejo y menos cuando enfrente está él, el peor de todos.

—¿Conoce usted a alguno? —se atreve a preguntar Sandoval.

—No.

La respuesta es clara y contundente. La mudez vuelve a apoderarse del pecho de los ahí presentes. El Cuartel es una tumba, húmeda y rancia. Afuera comienza a llover, es sólo una lluvia lenta, un chispoteo insignificante, pero suficiente como para repiquetear un silencio incómodo. Sandoval está sumergido en sus pensamientos, que no son más que tintineos absurdos.

—¿Qué sabe del 777? —interrumpe una voz.

El Coronel fija la mirada en su subordinado, atento. Sabe que es su única oportunidad. Espera un milagro.

—No mucho, un día, de pronto, se esfumó.

El 777, otra sombra de un pasado sombrío, el eco de un alma desalmada, una mirada que mira sin mirar.


Un buen día llegó, así nomás.

Por aquel entonces debía tener unos diecisiete o dieciocho años, aunque no los aparentaba. Algo había en su mirada que estaba roto. Quizá, más bien, era que no había nada. Ni esperanzas, ni sueños, ni deseos. Era un chacal al acecho. Su piel correosa, venida de campo, transpiraba duras jornadas laborales. No, nada en ese hombre tenía un aire juvenil. Sus labios partidos y sangrantes, el polvo en su cabello, un olor a tierra mojada, la ropa corroída y remendada cientos de veces, los pies semidesnudos. Lo único que lo delataba era su voz, que aún no maduraba del todo. Pero sus palabras eran tan duras como los callos de sus manos, en ellas no había rastro de compasión o sufrimiento. Palabras escuetas, que servían para comunicar lo indispensable, lo que de otra manera hubiese sido ambiguo, incomprensible. Ése era Diógenes Espinosa, mejor conocido como el 777.


—¡Encuéntrelo! —el Coronel volvía a interponerse en sus pensamientos.

Al teniente Sandoval no le quedó otra más que asentir. Lo hizo por instinto, no por convicción. ¿Dónde demonios lo iba a encontrar? ¿Quería encontrarlo? Un remolino de terror iba creciendo a sus anchas, sin que él pudiese hacer algo para detenerlo. Quería correr, huir, saltar al vacío, olvidarse de todo. Vio, por entre las rendijas de la ventaba que el Coronel le tapaba, un trueno afilado y pensó que Dios se había vuelto loco.


El teniente salió a las frías calles de una Ciudad en plena expansión. Lo primero que vio fue al sereno, que avisaba la entrada de la medianoche. Metió las manos en su abrigo y a paso veloz se dirigió a su casa. El vaho que comenzaba a desprenderse del recién colocado asfalto, lo indujo a un estado somnoliento. Redujo su paso y se dio cuenta de que estaba llorando. Inés había sido una excelente hija, siempre cordial y afable. No era una época hecha para las mujeres, pero, por alguna extraña razón, ella destacaba de entre todas. Sabía tocar el piano, tejer, cocinar, leer y hasta escribir. Todo se lo había enseñado él. Claro que hubiese preferido a un varón, pero dados los problemas que su esposa había tenido para embarazarse debía sentirse afortunado de aquel regalo divino. Y así lo hizo. La educó como a cualquier hombre libre y de buenas costumbres; le enseñó todo lo que sabía. La amó, en verdad la amó. Y, de pronto, él se la quitó…


Fue una noche de primavera, de ésas que tanto gustan a los espíritus románticos. Inés, que ya era toda una señorita, salió a comprar el mandado. Huevo, tortilla, frijoles y un poco de pan. Siempre lo había hecho así. Por eso fue extraño que tardara tanto en regresar. Eleuterio trató de tranquilizar a su mujer diciéndole que seguramente se había quedado platicando con alguien por ahí. Así pasó la primera hora. Luego pensó en el mequetrefe ese que la perseguía. Llevaba ya meses tras ella. Le regalaba rosas, le recitaba poemas de amor (bastante infames por cierto), le prometía el cielo y las estrellas. Hasta hubo una noche en que, con un montón de amigos, trató de llevarle serenata. Y digo trató porque, a las primeras notas y alaridos surgidos de aquella turba de holgazanes, Eleuterio salió, fusca en mano, y los despidió con unos cuantos balazos al aire. ¿Y si la había raptado? Jamás pensó en una posible fuga, pues su hijita era decente. Él era el responsable. Al menos eso creyó, hasta que fue a su casa y lo encontró comiendo con sus padres y su hermano menor.

—¿Dónde está Inés? —preguntó con fiereza.

El joven que ya de por sí estaba sorprendido por la inesperada visita, enarcó aún más las cejas.

—No lo sé señor, no la he visto desde antier.

—No te hagas el inocente. Sé que tú la tienes.

—Le juro que no señor.

La respuesta parecía sincera, sobre todo tomando en cuenta el contexto que la rodeaba. Una comida familiar, una casa en perfecto orden. De haber raptado a su hija, ese mocoso no estaría ahí, tan quitado de la pena; habría huido con ella a algún paraje inhóspito. Eleuterio Sandoval dio media vuelta y se retiró sin decir palabra.

Cuando regresó a su casa se encontró con un tumulto de personas, entre las que destacaban algunos gendarmes (las demás eran las típicas viejas chismosas y uno que otro niño curioso). Apuró el paso, pero súbitamente se detuvo. Tenía un mal presentimiento. Sabía lo que le esperaba al otro lado de la puerta. Así se quedó, inmóvil, hasta que los gritos y el llanto de su mujer lo regresaron a la realidad.

Eva de Sandoval gemía tirada en el suelo. Dos gendarmes intentaban incorporarla. La casa olía a quemado, el horno seguía prendido. Por alguna razón que ni él mismo pudo explicar, el teniente no fue directo a consolar a su mujer, sino que, con toda calma, se dirigió a la cocina, apagó el fuego y se derrumbó en una silla. Tantos años en servicio le habían dado el colmillo necesario para entender y callar. Súbitamente el llanto de su mujer cesó. Se habría desmayado. Fue entonces cuando uno de los gendarmes se postró en la puerta, listo para cumplir su trabajo, pero el teniente se le adelantó.

—¿En dónde la encontraron?

El gendarme reprimió su asombro y se limitó a contestar.

—En Río Consulado mi teniente.

Dos gorriones pasaron cerca de la casa, emitiendo una silbatina alegre, ajenos al dolor que se esparce en cada rincón de este jodido planeta. Eleuterio Sandoval se agarraba las sienes, procurando detener una migraña inminente. Su boca estaba seca, la saliva se había agotado. Su estómago le dolía, tanto como al pobre que no ha comido en varios días. Por debajo, su pierna emprendió una danza desconocida, una danza que ya nunca se detendría.


En una banca un hombre llora. Llora de impotencia. Llora de rabia. Llora de miedo. Sus recuerdos regresan como agujas venenosas. La ve flotando en el río; una raja recorre su cuello. Los médicos dicen que fue ultrajada y estrangulada. Su vestido flota junto con ella. Una risa se desdibuja. A doña Eva de Sandoval la tienen que internar en el manicomio, ha quedado perturbada de por vida.


Cuando por fin llega a su casa Eleuterio besa a su mujer, ésa que está en el manicomio, pero que él insiste en abrazar cada noche. Se acurruca entre sus brazos y le pide un beso. Ella se lo da. El niño miedoso se va durmiendo poco a poco. Pero, antes de perderse en una inmensidad que nunca conoceremos, ve sus ojos, fríos, calculadores, llenos de un fanatismo etéreo. El 777. Sólo un demonio puede comprender a otro demonio. Él es el único que puede detener a El Chalequero. Tiene que encontrarlo.

Continuará…

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales.