Hacer una antología de poesía siempre es un riesgo. El hecho de recoger textos de un autor, de diversas épocas en su quehacer, es juntar en el mismo libro diferentes posturas ante la poesía y ante la vida. Los autores cambian, sus poéticas varían, sus intereses se renuevan, se complejizan, se advierten como nuevas formas de expresión y de experimentación. Así, en el libro de la poeta española Marta López Luaces, que lleva el nombre genérico de Antología poética (El Ángel Editor, 2017), se recogen tres títulos, tres poéticas diferentes: Los motivos del tiempo, Los arquitectos de lo imaginario y Después de la oscuridad.

Los tres libros que conforman –y consolidan la antología– son diferentes en su estructura y en su forma, sin embargo, existe algo que los une, que los hermana: la utilización de la transtextualidad, como la denominó el teórico francés Gérard Genette. Este recurso atraviesa todo el libro, como una herramienta lúdica, que hace que el texto se convierta en una propuesta atrevida y, sobre todo, compleja. Empero, el texto deviene valioso, sin duda, cuando el lector puede inmiscuirse en estas tres maneras de formular la transtextualidad desde aristas diferentes.

En la primera parte del libro, llamada Los motivos del tiempo, la voz poética recurre al nombramiento de las cuatro estaciones –como lo haría el compositor italiano Antonio Vivaldi en su serie de conciertos dedicados a la misma causa–. Al igual que Vivaldi, López Luaces distingue a cada estación con sus respectivos motivos, sus imágenes y sus colores, pero al contrario de Vivaldi, ella lo expresa con sus herramientas, que son las palabras.

Esta parte, a su vez, está divida en cuatro fragmentos, únicamente denominadas por números romanos, pero que el lector comprenderá que representan al Otoño, Invierno, Primavera y Verano. En cada una de ellas, los motivos son mostrados a la manera de cada estación. En la parte correspondiente al otoño, el poema es violento, tiende a la oscuridad y a la tormenta, que se expresan sobre un manto de destierro; en el invierno, la oscuridad es la que domina el color del poema, existen víctimas, holocaustos, peste, crimen y repugnancia; en la primavera, todo el poema irradia vida, luz, adornos y un nacimiento y renacimiento sobre todo lo que ha dejado el otoño y el invierno a su haber; por último, en el verano todo es espléndido porque refulgen y sobresalen, en los versos de López Luaces, el triunfo y el brillo, lo bello y los cantares de encaje.

Pero el texto no se queda en la figura de las cuatro estaciones. Se mencionó ya la transtextualidad y este texto no es la excepción. Cada una de las nombradas estaciones mantiene una correspondencia con alusiones a mitos greco-romanos. Los personajes que aparecen de manera protagónica en los poemas de López Luaces son Eurídice, Proserpina, Ariadna y Diana. Los cuatro personajes son femeninos y, a la vez, se los puede relacionar con las estaciones del año.

Diana es pulcra y virginal, pero también es capaz de destruir las cosechas si se lo propone; Proserpina, en cambio, pasa seis meses en la tierra (primavera y verano) y los otros seis en el Hades (otoño e invierno) marcando, así, el ritmo de cosecha anual. Las dos forman parte del fragmento dedicado al invierno, aunque Proserpina es nombrada en todos los textos, por obvias razones; Ariadna y Eurídice, a su vez, son la muestra de una búsqueda, de esa empresa imposible de recuperar. Vale recordar que ambas estuvieron en el Hades. Orfeo intentó rescatar a Eurídice, pero no lo logró; Ariadna, en cambio, se ahorcó luego de ser abandonada por Teseo. Estas dos también forman parte de la sección dedicada al invierno. Eurídice, sin embargo, aparece en todos los textos.

Como se puede notar, en esta parte de la antología de López Luaces no solo se hace una referencia en sí a las estaciones (si fuera de esa manera, el libro quizás pudo haberse llamado –me atrevo a decir– Los motivos de las estaciones). Lo que sucede es que, al llevar un título como Los motivos del tiempo, su campo es más amplio y no se estanca solamente en los periodos climáticos del año, mejor dicho, esa mención es sólo una excusa para hablar en sí del tiempo del hombre: de la primavera (el nacimiento), del verano (la juventud), del otoño (la madurez) y del invierno (la muerte).

En la segunda parte del libro, denominada Los arquitectos de lo imaginario, la voz poética es otra, maneja un registro diferente. Aquí el poema funciona como un canto único, en el cual se crea una genealogía poética que enumera a varias obras y autores de distintas épocas de la historia de la literatura. Jorge Luis Borges diría, en un ensayo sobre Kafka, que cada escritor crea sus precursores. López Luaces los enumera, de una manera lúdica –y lúcida–, jugando con lo que su voz poética propone y con lo que ellos, sus precursores, habían ya propuesto en el pasado (incluso en otro idioma, lo que convierte a la lectura de este texto en un experimento bilingüe, no solo en su aspecto gráfico, sino también en su campo sonoro).

Lo imaginario, como su título lo premedita, está  muy presente en estos versos. Lo irreal es trabajado hasta devenir en una experiencia real –dentro del poema– con los referentes literarios que son expuestos en este fragmento de la antología. Distintas tradiciones poéticas son mencionadas: la hispanoamericana, la anglosajona y la francesa, por ejemplo, son las que más sobresalen en este nombramiento. La voz poética realiza un juego polifónico intercalado con versos de Vicente Huidobro, T. S. Eliot, o Antonin Artaud –citados o traducidos al español en las notas al pie de página–.

Esta noción de lo imaginario se junta con la del arquitecto. El poeta también es un arquitecto que calcula lo que dice –y lo que no dice– para construir al poema. Todas las enumeraciones que constan en este texto –Pound, Crane, Dickinson, Bishop, Sexton, Ginsberg, Kerouac, O’Hara, Glück, Duncan, Bernstein, Lauterbach, Ashbery, Borges, Cernuda, Ibarbourou, Girondo, Storni, Guillén, Vallejo, Sor Juana, Orozco, Paz, Perlongher, Cunqueiro, Belli, Lezama Lima, Breton, Michaux, Celan, Rilke, entre otros, que no enumero por cuestiones de tiempo–, son alusiones a esos arquitectos que, de una manera imaginaria, se juntan en un solo canto y yuxtaponen sus voces para darle paso a una sola: la voz compleja que tiene la poética intertextual de este libro de López Luaces.

Además de la genealogía poética, hay una pregunta inmersa en varios fragmentos de este texto:

«¿Dónde está mi ángel?»

La voz poética se cuestiona acerca de esto en ciertos pasajes, buscando una solución a este enigma. Al buscar la respuesta, recurre a los arquitectos de lo imaginario que, quizás, podrían darle pistas u orientarla mejor en su búsqueda. Ellos emiten sus propios versos; ella los trastoca, los entiende y los interpreta a su manera, en su contexto y con su visión del mundo: la conversación entre la poética y el tiempo se da, en esta forma, como una situación casual, como un acontecimiento natural que vive la voz poética. Tal vez ése ángel que se plantea, se parezca, hasta cierto punto, a ese sentimiento indescriptible de verse reflejado en un poema que ya fue escrito, en una época distinta, por alguien a quien quizás nunca conoceremos, pero que, desde ese momento en que lo hemos leído, forma parte de nosotros porque ha descubierto –ha sentido o, al menos, ha escrito– algo que teníamos guardado y aún no lo sabíamos.

Por último, tenemos la parte denominada Después de la oscuridad. Este texto propone la idea del comienzo, de un logos, y, de igual manera, como en los dos textos anteriores, las referencias intertextuales no faltan. Aparecen, rondando por las líneas del poema, referencias a autores clásicos como Pitágoras, Virgilio, Tales de Mileto, Hesíodo,  Parménides, etc. Su referencia es clave para el entendimiento de que es un poema sobre el principio o como lo denominaban los filósofos griegos: el arché.

Esta sección de la antología es una recopilación de poemas que forman una sola idea contundente. Además, como en los cantos clásicos, López Luaces utiliza herramientas mnemotécnicas para que sus versos retumben en la memoria del lector, cuando los lee nuevamente, para reafirmar su sentido:

«Éramos gigantes jugando con los dioses»

o, por ejemplo,

«Y porque había visiones / había sueños / había formas / habas sustancia / había materia / había elementos del poema como racimos de esplendor»

Estos dos versos se repiten, como un coro, a lo largo de los textos de este apartado. Sin embargo, esta idea del principio también se ve atravesada por la noción de oscuridad –y de la salida de la misma para llegar al poema–, tal como la voz lírica lo plantea:

«de la oscuridad procedimos / de la razón y del sentimiento / hacia la palabra»

Pero esta oscuridad conlleva palabras que también reflejan la oscuridad de los actos del ser humano: asesinatos, mutilaciones, flagelos, esclavitud, matanzas. Al hablar del principio de la poesía –lo bello y lo sublime– esta se contrapone contra el principio de la oscuridad, entendida como la maldad natural del hombre. En esta experiencia poética, se plantea una interrogante muy dolorosa y extremadamente humana:

«¿Se puede hacer poesía después de Auschwitz, de la Guerra Civil, del Palacio de la Moneda, después de Armenia, de Bosnia, de Siria…?»

Empero, la misma voz poética ya había respondido esta pregunta, líneas antes de plantearla:

 «Después de Auschwitz / Celan balbucea / el mejor poema del siglo».

Estos versos oscuros, contrapuestos, difíciles de asimilar sin pensar en el absurdo del ser humano, son quizás una manera de abreviar la última parte de esta antología en donde se cita también nombres de varios escritores que tuvieron que vivir esa maldad y ese absurdo, en carne propia:

«en las tinieblas somos Lorca-Benjamin-Nemirovsky-Tsvetaeva-Celan-Sor Juana-Bruno-Hipatia / en la hoguera»

Esta sección de la antología es la más violenta, pero al mismo tiempo, la más sensible de todo el libro. No obstante, esa sensibilidad y esa violencia, son las causantes del momento estético que se vive al adentrase en sus palabras y sentirlas como si fuesen las mismas que el lector quisiera decir. El poema es aquí una bomba de tiempo, un aullido, que aparece después de la oscuridad, y al cual le es imposible no salir a flote y exclamarle al mundo que, como plantea López Luaces: “El poema se crea para ser habitado

Escrito por Juan Romero Vinueza

Juan Romero Vinueza (Quito, Ecuador, 1994) Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sus poemas y cuentos han sido publicados en antologías y revistas físicas y digitales en Latinoamérica, Estados Unidos y España. Artículos suyos han sido publicados en Entremares Magazine, Casa Palabras, La Barra Espaciadora y Rocinante. Tiene una columna de opinión en el diario La República. Colabora como redactor y traductor en la revista POESÍA de la Universidad de Carabobo (Venezuela), Jámpster (Chile) y Transtierros (Perú). Co-editor en Cráneo de Pangea (Ecuador). Ha publicado «Revólver Escorpión» (Editorial La Caída, 2016). Compiló, junto con Abril Altamirano, el libro «Despertar de la hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano» (Editorial La Caída, 2017), obra que fue ganadora del incentivo de los Fondos Concursables 2016-2017, organizados por el Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador. Mail de contacto: jromero09@hotmail.es