El rincón de la regadera tenía un invencible perfume a orines. Una vez más, como parte de su castigo, Julia orinaba sobre Mauricio; él sentado y ella de pie; el chorro de orina chocaba directo en la frente del hombre, salpicaba de manera escandalosa las rodillas de ella; el olor a café se filtró en el ambiente. Él intentó voltear la cabeza en diversas ocasiones, aun así las gotas pesadas y amarillas se le escurrieron por la cara, descendieron por la nariz hasta llegar a la boca, le enjuagaron los dientes, y luego bajaron —hasta el pecho— como en cascada.

No era la primera vez que Julia lo hacía, ambos guardaban en su memoria una especie de guion. Cuando esta situación se presentaba, Mauricio ponía siempre un poco de resistencia, aunque terminaba sumergido en el dorado silencio; siempre lo disfrutaba. Pero en esta ocasión, algo fue diferente. Cuando la lluvia comenzó a calentarle el pecho, él volvió a sacudirse, intentando claramente zafarse; Julia de inmediato captó la intención, y le ordenó que no se moviera —¡Shitt, shitt!— le dijo dominante mientras le presionaba la cabeza hacia atrás; —mírame—, y cual mantis religiosa abrió los muslos, se elevó de puntitas y redireccionó la espada de agua. Nuevamente apuntaló el manantial dorado.

—Sabes que tienes que beberlo, estás castigado— continuó Julia con un tono amarrado; Mauricio abrió la boca y hundió la mirada en el azulejo limpísimo de la otra orilla del baño. Se humedeció la garganta, humillado, con aquellas gotas densas. Ella le sonrió apenas, y le dijo —buen hombre, ahora termina de ducharte—, le apretó un mechón de cabellos y luego lo soltó con desdén. Julia salió estilando.

Entró a la habitación y se acomodó en la orilla del colchón. Se quedó sentada, inmóvil, mirando la ventana que tenía en frente; las cortinas estaban abiertas y afuera reinaba la noche, no se distinguía nada. De pronto, mientras Julia seguía con el alma afuera, vio iluminarse una estrella — ¿Qué somos? ¿Qué clase de monstruo somos?… se preguntó. Y sin dudarlo, también se respondió —Somos la forma en la que habitan los deseos, la vida. ¡Esto es la vida!—. Luego se puso de pie, suspiró, negó con la cabeza y comenzó a meterse a la cama.

Mientras, aún sentado en aquella esquina, Mauricio comenzó a masturbarse; apretó los dientes, y pensó en lo caliente que estaba y lo mucho que le gustaba que Julia lo castigara. Comenzó a balbucear algunas palabras…

Acostada bajo el pesado edredón, Julia también comenzó a tocarse. Comenzó a hacerlo con el dedo índice de la mano derecha, con el rostro perplejo mirando hacia el techo, muda; se daba pequeños pellizcos en el clítoris porque los dedos no deslizaban; se dio cuenta de que ni siquiera estaba mojada, se sentía fastidiada, enojada; se sentía como un cuerpo famélico y rabioso; sabía por qué, y sintió que había llegado el momento de ser franca.

Julia ya no podía seguir ocultando aquello cada vez más evidente, no podía ignorar el coraje que sentía hacia Mauricio; y entre más lo admitía más le aborrecía, era una especie de adrenalina contenida en el estómago, impulsos que le pedían confrontarlo y arrancarle la cabeza. Julia dejó los dedos quietos reposando sobre la vulva y continuó callada.   Mauricio salió del baño, y ella, de manera casi mecánica, se sacó la mano y se puso de pie; pensó que ahora simplemente quería sentir su cuerpo lejos de ese otro ser.

—Iré a cepillarme los dientes— dijo; añadió un suspiro y se metió al baño. Mauricio sólo asintió.

Julia se puso frente al espejo y comenzó a presionarse las mejillas con las palmas de las manos — ¿Cómo llegamos a eso? ¿Por qué no para? ¿Por qué no para?… ¡Cada vez lo soporto menos! ¡Llego a sentir asco! No tolero su aroma —.

Sintió un ardor en la garganta, las palabras no le podían salir.

—Tengo que hablar con él, tengo que hacerlo.

Entró a la habitación, observó a Mauricio ya acostado; parada frente a la cama se quedó inmóvil un momento, apagó la luz y caminó a tientas hacia su lado del colchón, cubriéndose nuevamente de pies a cabeza, todo en silencio. Apenas pudo relajar el cuerpo, cuando la voz entrecortada de Mauricio comenzó a moverse bajo la colcha.

— ¿Ya no estás molesta conmigo? ¿Quieres un masajito? ¿Unos besitos?— continuó arrastrándose como serpiente. Luego hizo su primera parada en la cadera; ella sólo dijo —Ya duérmete, mañana tienes que madrugar—, pero él bajó medio cuerpo de la cama, e hincado comenzó a masajearle los dedos de los pies; y en pequeñas pausas, a chupárselos. Julia no dijo nada, continuó muda y su respiración comenzó a acelerarse. Mauricio se aprovechó de la acústica y comenzó a subir por los tobillos, delicadamente comenzó a separarle las piernas, acarició circularmente las rodillas, luego ascendió por los muslos, y justo cuando estaba en la entrepierna levantó la cabeza y con tono “provocador” le dijo:

 — ¿Por qué no me cuentas cómo te cogió tu jefe el otro día? ¡Ándale, dime dónde estaban y cómo te agarró, dime!—; Julia seguía guardando silencio, y sigilosamente la excitación se transformó en desagrado; — ¿le dijiste que estabas casada? ¿Se rieron de mí mientras lo hacían? Dime, ¡ándale!—.

Julia torció los ojos y le apretó la cabeza como indicándole que comenzara a besarla. Pero él insistió.

—Dime, no me voy a molestar. Ya sabes que yo te amo, nunca voy a dejarte. Dime todo lo que haces cuando no estoy, cuéntame lo que tú quieras ¿sí? Humíllame. Ya sabes lo quiero que digas

— ¡Baldragas!  ¡Ya no quiero jugar, Mauricio! Estoy cansada.

—¿Baldragas? O sea que terminas el juego así de la nada.

— No quiero que esto se convierta en un problema, creo que se trata de disfrutar… Ya te puse a limpiar el baño, ya cogimos, ya te oriné; ya no quiero seguir jugando, estoy cansada. Ojalá pudieras comprender.

—Está bien pues, me voy a masturbar— dijo Mauricio de manera enjutada.

Luego hubo un silencio como de diez segundos, y ya con tono debilucho Mauricio volvió a hablar

—Nada más dime cosas ¡poquitas! Dime que sales a la calle sin calzoncitos, que te gusta que otros te vean y burlarte de mí—.

— No, Mauricio, hoy no. Lo siento, pero hablo en serio no quiero; y no se te olvide que No es No. ¡Es más…! creo que deberíamos hablar sobre esto. ¿Te duermes o hablamos?

— ¿Qué no tienes sueño? vamos a dormirnos— dijo Mauricio acomodado nuevamente en su lado de la cama.

—Ahora tengo más ganas de hablar, fíjate; creo que es necesario…  Mira Mau, al principio, cuando me dijiste que tus gustos eran diferentes, pues yo siempre estuve consciente de que muchos de nosotros tenemos fantasías; además, pensé que no me costaría nada hacerlo, y que si tú disfrutabas, pues, estaba bien. Una vez que comencé a quererte, todo esto se volvió parte de darte placer: Pero creo que cada vez me gusta menos, y tú te olvidas de quien soy, de que estás conmigo. Siempre encuentras formas de llegar a lo mismo, pero cada vez se vuelve un juego más largo; quieres que me comporte como algo que no soy. Siento que tú y yo ya no estamos juntos. ¿No podemos coger un día sin que haya humillación? ¿Acariciarnos de principio a fin? Y que me prometas cosas, no sé… ¡Perdón! ¡No quise usar esa palabra! Ya no sé ni qué digo—.

Julia se tallaba la cara, parecía que se ahogaba con los sentimientos.  Comenzó a llorar.

Mauricio se tomó su tiempo, luego, con tono defensivo, habló:

                  —   Hemos tocado este tema muchas veces, Julia.  Y ya te dije que lo estoy trabajando; No creas que siempre me siento bien haciéndolo.

¿Tanto te cuesta complacerme? ¿Tan enfermo te parece lo que te pido? ¿Sólo se trata de ti?

                  —  ¡¿Qué?!, Date cuenta, comenzaste pidiéndome que te contara sobre lo que había hecho con mis ex; y cuando ya no tuve algo nuevo que contarte o no  te era suficiente, me pediste que inventara; que fuese siempre subiendo de tono. Quisiste que te amarrara, quedamos que yo podría hacerte lo que quisiera; al final fuiste tú quien dijo cómo iba a ser; y terminaste pidiéndome lo mismo, quisiste que te humillara.

            Cuando te compartí mi fantasía del clóset, yo creí que por fin pensarías en mí y mis deseos; pero…

—Tú lo has dicho, es TU fantasía. ¿Por qué dices que sólo hacemos lo que yo digo? No puedes generalizar.

—Déjame continuar… Yo creí que era una oportunidad para probar algo distinto, para que lo intentaras; pero me pediste que te encerrara y terminé durmiendo sola.  Y sabes, creo que esas noches he tenido tiempo para pensar.

—¿Pensar en qué? ¿En dejarme?

—De verdad que le he estado dando vueltas; quizá, como dices, no te comprendo, mi criterio no alcanza para convertirme en quien te maltrate y poder disfrutarlo.

Creí que no iba a poder decirlo, pero después de estas noches en las que me pides que te castigue y te orine, y yo lo hago; sé que ya no quiero seguir así. Tal vez estoy más pendiente de descubrir cómo me hace sentir la situación, que en disfrutar. Y viéndolo bien, pues si no lo disfruto allí está la respuesta.

— ¿Estás terminando la relación, sólo por mis juegos?— dijo Mauricio, y aunque Julia no podía ver claramente, sabía que él estaba arrugando la cara y apretando las manos.

— No estoy diciendo eso. Estoy hablando del sexo, algunas veces está rico, me gusta hacerlo contigo; pero otras tantas, no sé qué me pasa que se me quitan las ganas; me distraigo, me estreso; no me excita; ya no me excita, lo siento —la voz de Julia pareció quebrársele nuevamente, y un par de lágrimas le escurrieron.

Ya intentando mediar, y con un tono más suave, Mauricio añadió:

—Creo que sólo estás enfadada y cansada; quizá hoy sí me pasé, tienes razón. Ya no te voy a pedir tantas cosas, ¡eh mi amor!— dijo con tono dulzón, mientras ambos permanecían inmóviles, a oscuras y con los ojos abiertos. — No te enojes conmigo, amor. Ahorita vamos a dormir y ya verás que mañana hablamos otra vez, yo también quiero que platiquemos. Yo no sabía que no te gustaba, y tú tampoco me decías; compréndeme —. Intentó darle un beso en la frente a Julia, y sin tener mucho éxito se volteó poco a poco, dándole la espalda.

Julia seguía rígida y más lágrimas le atravesaron el rostro, las secó sin hacer el menor ruido. Ambos durmieron. Cuando ella despertó, Mauricio ya se había ido a trabajar.

Ella no hace mucho que renunció a su trabajo; así que son las primeras mañanas que pasa a solas, con las cosas y las paredes. Julia sintió esa mañana, que el silencio de la casa se le fundía con la consciencia. No quiso levantarse de la cama; permaneció varias horas tendida, sin pronunciar palabra, mirando las figuras que se forman en el techo, con el ventilador y sus aspas.

— ¿Y si soy yo? ¿Y si simplemente ya no logro sentir placer? ¿Y si soy egoísta? ¿Moralista? Quizá en el fondo sólo me da miedo disfrutarlo, viéndolo así, me predispongo porque me parece raro… ¿Y si pudiera gustarme ser mala, lastimarlo? …  ¿lastimarlo? o seguir obedeciéndolo en todo… Un momento, Julia ¿Quién castiga a quién? ¿Quién obliga a quién? ¿Quién manda aquí realmente?  …

Y la expresión en el rostro pecoso de Julia, indicó que la compasión y la condescendencia habían desaparecido.

—Realmente me gustaría disfrutar ser la mala, saber qué se siente no ser yo. ¿Quiere que lo humille y que lo engañe?

¡Va a ver ese cabrón!

Julia tomó el teléfono, contempló un largo rato los números, y por fin se animó a marcar el número de Carlos, ese ex compañero y amigo que siempre le insiste cuando la ve conectada;

— Hola, Soy Julia… ¿Cómo estás?  …  ¿No fuiste a la oficina?.. ¿Ya fuiste al médico?  Ah, qué bien, ojalá que te mejores. Ja, ja, ja ¿Yo, de enfermera? ¿Y si te digo que no me desagrada tanto? … Ya ves… Pues, recordé que siempre me estás invitando… Ja, ja, ja…

Carlos no desaprovechó la rara situación que, parecía, Julia estaba propiciando.  No pasó mucho tiempo cuando ella comenzó a fingir ciertos gemidos, y la conversación tomó un rumbo serio, el esperado.

Julia calzó bien su personaje, se metió los dejos bajo la pijama y comenzó a tocarse; esta vez ya estaba muy mojada.  Así que aquella llamada “malvada” tuvo éxito, y como resultado un orgasmo sincronizado a distancia.

Julia se despidió poniendo como pretexto la hora; quedó sonriendo sobre la cama, hasta que se levantó a cocinar, pues Mauricio no tardaba en regresar. Cuando este llegó se notaba tenso, como esperando escuchar algún reclamo. Cada uno trasteó por la casa hasta que la comida estuvo lista.  Julia llamó a Mauricio, y con actitud pesada se encontraron frente a frente en la mesa. Dieron los primeros bocados. Cruzaron un par de palabras referente a la pasta con elote y siguieron callados.

Cada uno tratando de adivinar al otro. Mauricio temía tener que hablar del tema nuevamente, ni él mismo sabía cómo explicar que era algo que sólo deseaba y ya; que años de terapia no le habían servido para mucho, y que ojalá ella pudiera complacerlo sin decir más… después de ese berrinche mental, también admitía que buscaría la forma de zafarse de esa y seguir como si a Julia nunca le hubiese dado ese arranque de histeria.

Por otro lado, Julia respiró, trajo a la mente la cavilación que tuvo al despertar; luego su infidelidad telefónica; reflexiones sobre tal atrevimiento, y el discurso que ella misma se había dado después “Esto es algo que le gustará; yo sólo estoy intentando complacerlo y disfrutar. Es hora de dejar de jugar y hacerlo en serio, si esa es la única forma de seguir en el juego”… así fue como se calmó y logró decir lo siguiente.

— Estuve pensando en lo de anoche. Quizá debería intentarlo, me refiero a disfrutar humillarte, maltratarte. Y con un tono fuerte, dijo:

 ¡Baldragas!

¿Eso quieres, no?

Lo miró directo a los ojos. Mauricio no supo cómo reaccionar (aquello fue abrupto); dejó de lado el tenedor y sonrió.

— ¿¡Baldragas!? ¿Cómo te portaste hoy, eh? ¿Quieres decirme algo?

—Sí, levántate.

Ambos caminaron hacia la recámara. Cada uno con diferentes emociones, pero la misma mirada, deseosa de que algo pasara. Julia le tomó la mano a Mauricio, llegaron a la habitación y se echaron a la cama. Ella estaba sobre él y fue que le dijo que ya no lo soportaba, que le daba asco, pero que quería seguir usándolo. Que le había llamado a Carlos, que había estado en su casa y se la había cogido. Que quería contarle los detalles y verle a la cara. Y que si se resistía a escucharla o lamerla, o montarla —así sin bañarse y con fluidos del otro— iba a castigarlo.

Ella comenzó a darle los detalles; le quitó la ropa y comenzó a masturbarlo, Mauricio estaba muy excitado, con la boca entreabierta. Julia se puso de pie, se desnudó y posó sobre la orilla del buró; le pidió a Mauricio que se hincara y le limpiara —con la lengua— la entrepierna.

Mauricio obedeció pero antes de poder dejar de hablar, repitió la palabra que indicaba aumentar la faceta del juego; luego preguntó:

— ¿Por qué me haces esto, Julia? ¿Por qué te burlas así de mí? Me da asco que huelas a otro…

— ¿Te da qué?…

Preguntó Julia y le levantó la cara cogiéndole bruscamente de los cabellos. Mauricio tenía los labios hinchados, se veía muy excitado.

— Perdón, no quise decir que me da asco, pero me hace sentir mal. A veces me tratas como un perro— dijo con tono sugerente.

Julia, dándose cuenta que aquello no estaba funcionando, que no encontraba el sentido, comenzó a sentirse molesta.

— ¿Quieres que te trate como animal? Levántate, vamos al baño.

Allí sin ropa, ella fruncía el ceño y él movía la cola como un perro. A ella le enfadaba cada vez más la calentura de él. Entre más lo pensaba, más se enojaba. Entre más observaba a Mauricio, más se encabronaba.

Comenzó a ser una sensación ambigua, casi excitante. Julia estaba encabronada pero podía desquitarse, y eso le gustaba, casi la excitaba; así que comenzó a atacarle mientras le montaba. Ambos estaban sentados sobre la taza.

—Ahorita que me den ganas, te voy a decir para mearte

— Sí, mi vida.

Mauricio seguía actuando como bestia; Julia abusaba cada minuto más de su poder.

—¿Cojo bien? ¿Te gusta? ¿o te gusta más con Carlos? ¿Cómo lo tiene? ¿Te llena más que yo? … ¿Te gusta estar con otros?… ¿Te gusta tener más vergas dentro de ti? … ¿te gusta usarme? … ¿soy tu pendejo?

—¡Ya cállate!

Julia le pegó una cachetada. Jamás habían llegado a tanto. Mauricio comenzó a anunciar un orgasmo. Ella no supo ni qué pasó, le ardía la mano y sentía el hervor de su “esclavo”, fue entonces que se quitó. Lo aventó al piso y él cayó con gusto.

Estaba sulfurada. Él abrió la boca y ella sin dudarlo se le echó encima. Batalló unos segundos para poder sacar la orina, pero llegó. Julia estaba demasiado cerca de la boca de su torturado. Le hizo beber aquello. Meó hasta que se cansó y comenzó a brotar el llanto… volteó a ver a Mauricio y tenía el vientre embarrado de semen.

Ella se puso de pie y él, aún tirado, estiró el brazo y le dijo —písame—. Ella dudó y se quedó inmóvil; él insistió y Julia lo vio cómo se mira a un extraño. Luego lo pateó. Y trajo a su mente los últimos dos años. Lo pateó en la panza y en el pecho. Luego comenzó a pisarlo. Él intentaba agarrarle los tobillos y besárselos; pero ella se sobresaltó un poco más y salió corriendo del baño. Luego volvió con cinto en mano.

                  —   No me vas a querer pedir más— y le dio varios cinturonazos.

Aquello era una fiesta rara. Julia entraba y salía del coraje, embargada también por el placer del poder, y en instantes por el arrepentimiento. Mauricio no podía pensar, estaba gozando y sufriendo, como siempre lo había deseado. Julia no podía detenerse. Aquello era a un sólo ritmo, era pegarle y escupirlo, patearle, gritarle… Hasta que vio un poco de sangre en el muslo se detuvo; tomó conciencia de que estaba babeando.

Respiró por unos segundos y salió nuevamente, trajo un trapo. Lo levantó, le ató las manos.

— ¿Todavía quieres que te siga castigando?

Mauricio comenzó a hacer pucheros, luego a llorar; veía a Julia y le susurraba que era su esclavo. Luego le dijo, parado frente a ella, mostrándole las manos, y las muñecas amarradas con el paño:

            —No puedo defenderme…  No tengo a donde ir, sólo te tengo a ti…  Puedes hacerme lo que quieras.

En un par de segundos Julia pudo ver su reflejo en los ojos de Mauricio; estaba desnuda, con los cabellos desacomodados y mojados; no distinguía su boca… Pensó que quizá ella pudo susurrar aquellas cosas… Mauricio era un cerdo chillando, no paraba. Julia reaccionó y con media sonrisa dibujada, le dijo que ya no soportaba escucharlo y que vale más que se callara o no volvería a salir del clóset. Eso puso más mustio a Mauricio, así que ambos disfrutaron un poco más, y luego ella lo arrastró hasta el clóset.

Julia ahora apretaba la boca. Sacó algunos trapos para poder meter el edredón y luego aventar al prisionero desnudo. Cerró las puertas, le echó llave, y fue caminando lentamente hacia atrás; mientras veía macroscópicamente su reflejo en el espejo de las puertas de aquel moderno armario.

Se sentó en la orilla de la cama; también estaba desnuda y lucía como si hubiese luchado; estaba empapada de sudor y tenía un poco de sangre embarrada… Julia estaba tan ensimismada, perdida en la imagen, que dejó de escuchar los gimoteos que venían del otro lado; el sonido detrás del espejo dejó de hacer eco.

Nuevamente retumbaba el silencio. Julia se observó en un desierto. Se puso de pie, caminó hasta el baño, se colocó bajo la regadera y la abrió, después de un minuto cerró la llave y salió escurriendo.

De nuevo en la recámara comenzó a secarse. Se vistió. Sollozando se puso los zapatos. Tomó una de sus bolsas, guardó un poco de su ropa; se limpió los mocos, y se acercó a la puerta de espejos.

—Quiero escucharte llorar—, dijo, con la mirada perdida en la pared. Mauricio gimoteaba como animalito.

Julia poco a poco albergó una sonrisa, de esas que elogian al absurdo. Caminó hacia el pasillo, se agachó por el pantalón de Mauricio, tomó su cartera, siguió hasta el comedor, dejó sus llaves sobre la mesa; caminó hacia la puerta y, justo antes de cerrarla, gritó: ¡Baldragas!

El juego terminó. Bajó flotando por las escaleras.

 

Imagen: Dánae. Óleo sobre lienzo, de Gustav Klimt.

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)