Fui el ciervo rojo en la noche blanca

y hasta la última claridad obscena

pregunté a cada piedra por el pedregal,

por algún sitio que hospedara esta osamenta,

por no yacer allí en círculos erráticos.

 

Pero sólo los copos intervenían el tiempo,

borrando cada huella    robando cada rastro.

 

En cada uno de mis helados músculos sólo una pregunta

temblaba:

 

¿Por qué abandonaste el bosque?

 

(La respuesta traía calma)

 

—Yo sólo quería la montaña—

*

Cien veces descendí hasta la sonrisa

la palabra o el gesto impoluto

bajando hasta aguas heladas

escalando nómades hombros

 

Guié las hebras al madero

cepillé al caballo hambriento

al invierno cedí todo espacio:

la primera flor            el primer beso

 

Hacia ningún sitio resplandor

y  las hebras y el caballo y el agua helada

trayéndome otra vez cada instancia

cada resquemor

 

Ahora soy este subir a tus aguas

este descender desde tus hombros

y soy la misma sed

y quemo las mismas hebras

y extingo la vida del caballo aquél

 

Pero te alzo un fanal,

y soy su centinela.

*

En la continuidad imperial de tu mirada

Sólo gobiernan las alondras

 

 

 

Escrito por Carolina Massola

Buenos Aires, 1975. Poeta y traductora de francés, publicó "Estado de gracia", Ediciones del Copista, 2009; "La mansedumbre del pez", Zindo & Gafuri, 2013 y "Planetaria", Modesto Rimba, 2016.