Un joven, judío-ateo, de diecinueve años, huye de la autoridad de su padre cuya mente ha empezado a traicionarle y volverle paranoico. Llega a Ohio, a Winesburg, una universidad de corte conservador donde, entre otras cosas, uno de los requisitos para licenciarse es asistir durante cuarenta horas a un servicio religioso cristiano católico. Las restricciones estudiantiles provocan un ambiente de tensión. El año que corre es 1950, Estados Unidos está en guerra con Corea, con el comunismo.

Marcus Messner, narrador autodiegético, recuerda desde un sitio que describe sin luz, sin respuestas —desde la tumba piensa él—, pero se trata de una especie de limbo, de una inconciencia producto de la morfina. Marcus, antes de enfrentarse a los soldados coreanos que habrán de arrebatarle la vida desangrándole como si de un animal para carne kosher se tratara, se enfrenta con su propia sociedad, contra sí mismo.

Hay dos elementos de suma importancia que deben considerarse: el primero, que se trata de una novela realista, pero en la cual, la voz narrativa tiene además suma importancia: Marcus, el fantasma, recuerda, y por momentos es capaz de sentir angustia; aunque relata sobre una época y una tierra que no es más la suya, a la que es incapaz de acceder, la incorporeidad, la oscuridad que relata, también componen la historia, le dan un sentido, un por qué.

El otro elemento es la carga de metáforas en la obra. Olivia, la niña-mujer-suicida intentó quitarse la vida cortándose las venas y es, su cicatriz, la marca que le acompaña. Luego está la muerte del protagonista, en batalla, y mientras surge un recuerdo de aquellos días cuando acompañó a su padre al matadero; ahora es él un pedazo de carne, nada más.

Philip Roth, eterno nominado al Nobel, traza una historia desde la cotidianidad, desde la costumbre; una que se encuentra marcada por el cronotopo, o en el caso narrativo, la ausencia de éste como justificación para criticar a la sociedad de aquella época, su autoritarismo, y la represión que encamina a un joven a una trágica muerte.

La necesidad de justificar las acciones de los personajes en el relato de formación

Mijaíl Bajtín, en su obra Estética de la creación verbal, considera la relación del llamado héroe durante su transformación como individuo con su entorno: «La transformación del hombre se realiza dentro del tiempo histórico real, con su carácter de necesidad completo», afirma en la página 214 del libro. Una persona debe adaptarse a su época, a sus normas, regirse de acuerdo ciertos estándares sociales que pueden incluso entrar en conflicto con su visión de libertad. Friederich Hayek, en los Fundamentos de la libertad, afirma que una persona es libre mientras los niveles de coacción, que le hacen actuar o dejar de hacerlo, son mínimos.    

En ese sentido, uno podría preguntarse, ¿qué provoca que un personaje actúe? ¿Qué lo mueve? En literatura, muchas veces se habla de objetos de deseo. Pero no es el caso, Marcus, es más bien movido por el miedo, por chocar su pensamiento constantemente contra la sociedad conservadora norteamericana. Por el absurdo, porque una acción no justificada es un sinsentido y, al no encontrar razón alguna para asistir a servicios religiosos, Marcus se enfrenta a una situación que le resulta molesta e incluso estúpida: ¿de qué habrán de servirle las cuarenta horas acumuladas sermón tras sermón? Está consciente, eso sí, que de ser el mejor de su clase y concluir la carrera de abogacía con honores, evitará que se sume a las filas de soldados condenados a una muerte terrible en una guerra que se prolonga cada vez más.   

Nunca dice más. No habla de sus sueños, de alguna búsqueda de sí mismo. La mamada, la escena sexual más importante de la obra, genera en Marcus una serie de conflictos morales interiores que sólo devuelven al personaje a la misma visión de siempre: el niño-adulto con miedo, que se enfrente consigo mismo y con la sociedad.

De esa cuenta, puede notarse lo siguiente:

  • Marcus huye de su padre y se refugia en Ohio.
  • En Ohio cambia varias veces de habitación por disputas con sus compañeros.
  • Huye de la primera habitación porque allí no puede estudiar, y necesita estudiar para licenciarse y no enfrentarse con el campo de batalla en Corea.
  • Huir de cada habitación le lleva a enfrentarse con el decano y mostrar, entre otras cosas, su descontento con el régimen conservador y religioso.

Marcus desarmado es quien vomita en la oficina del decano y luego, acusado de embarazar a Olivia, le grita «váyase a la mierda»; quien la buscó antes ya con desesperación tras prometerle a su madre no verla más. Es el que ya nada tiene que perder y ha dicho sí, pese a sus negativas al inicio del libro, de hospedarse y comer en una fraternidad, donde además contrata a otro estudiante para que tome su lugar en la iglesia.

La novela, para su protagonista, se parte en dos momentos: su miedo y desesperación. El primero tiene que ver con la ansiedad que surge en su padre ante la repentina y constante imagen de la muerte de su hijo, lo cual provoca que éste llegue a la tradicional Winesburg; y luego, el temor de Marcus ante la Guerra.

El miedo podría verse como un prólogo mientras la desesperación sería el epílogo en las acciones y decisiones del protagonista de Indignación. Ambos, por supuesto, resultado de la constante represión de la época a la que se encuentra sometida la obra; la religión católica es la que rige principalmente la universidad ficticia, y aunque el joven de diecinueve años que está por morir con el último recuerdo de las palabras, molestas, del presidente de la universidad a la que asistió, es ateo, no puede evitar verse afectado por una sociedad basada a partir de sus principios.

«Declara que la religión se basa fundamentalmente en el miedo: el miedo a lo misterioso, el miedo a la derrota y el miedo a la muerte. El miedo, para Bertrand Russell, es el padre de la crueldad, y, por lo tanto no es de extrañar que la crueldad y la religión hayan ido de la mano a lo largo de los siglos. Conquistad el mundo por medio de la inteligencia, dice Russell, y no por estar sometidos como esclavos bajo el terror que conlleva vivir en él. Llega a la conclusión de que el concepto de Dios es indigno de hombres libres. Esos son los pensamientos de un ganador del premio Nobel reconocido por sus aportaciones a la filosofía y por su dominio de la lógica y la teoría del conocimiento, y estoy totalmente de acuerdo con ellos. Tras haberlos estudiado y reflexionado a fondo, procuro vivir de acuerdo con ellos, y estoy seguro, señor, de que admitirá que tengo todo el derecho a hacerlo», afirma frente al decano Caudwell en la página 80 del libro.

La novela acaba con una supuesta nota histórica que dice:

«En 1971, la agitación social, las transformaciones y las protestas de la turbulenta década de 1960 llegaron incluso a la Winesburg tradicionalista y apolítica, y en el vigésimo aniversario de la ventisca de noviembre y del Saqueo de las Bragas Blancas, se produjo un imprevisto alzamiento durante el que los muchachos ocuparon la oficina del decano de los varones y las chicas la oficina del decano de las mujeres, todos ellos exigiendo los derechos de los estudiantes. El alzamiento consiguió que la universidad estuviese cerrada toda una semana, y luego, cuando se reanudaron las clases, a ninguno de los cabecillas de uno y otro sexo que habían negociado el final del alzamiento, proponiendo a las autoridades del centro la liberalización de nuevas alternativas, se le castigó con la expulsión ni la suspensión. Por el contrario, de la noche a la mañana, y para horror tan solo de las autoridades por entonces retiradas de la administración de Winesburg, el requisito del servicio religioso fue abolido, junto con todas las demás restricciones y las normas que regulaban los asuntos internos y la conducta de los alumnos, que habían estado en vigor durante más de cien años y que se aplicaron tan fielmente durante el mandato conservador de las tradiciones del presidente Lentz y el decano Caudwell».

De esa forma, en una sola página, Roth sentencia lo que ya había anunciado en la escena que sigue a la muerte de su personaje principal: el autoritarismo, la coacción contra su libertad, son condena; son el trazo hacia la tragedia. Sucede con Neil, en la película de 1989, La sociedad de los poetas muertos: prefiere dispararse antes que acatar las normas conservadoras de su padre que buscan orientar y moldear su vida. Ahora bien, en Indignación, la tragedia ocurre incluso ante el esfuerzo  de Marcus Messer por hacer lo correcto y salvar su vida.

El retrato no sólo es de la vida

Indignación es una novela que además está plagada de imágenes y de metáforas que apoyan esa imagen cruel que retrata Philip Roth de la parte conservadora de la sociedad estadounidense en los cincuenta.

Las imágenes que el autor crea para mostrar la angustia que concluirán con las lágrimas de un carnicero kosher, un padre que llora por su hijo que se ha desangrado, son múltiples.

Tiempo y espacio son esenciales en una novela realista. Incluso, cuando el narrador se cree muerto cuando éste se encuentra nada más en un limbo mental a causa de la morfina y, mientras la luz se apaga en su mirada, comienza a recordar.

¿Qué motiva las acciones de Marcus al creerse muerto? La ausencia de respuestas: clama por su madre, por su padre; incluso por Olivia, pero se encuentra en un lugar donde sólo hay espacio para las dudas, y entonces, la memoria.

El muerto, el condenado, el fantasma que es incapaz de encontrar paz y decide volver al año fatal, al de Winesburg, a la época en que todo empezó a oscurecerse.

La ausencia de luz es incertidumbre, no se puede ver qué hay más allá.    

«¿Será este el fin de la eternidad, rumiar una y otra vez sobre las nimiedades de toda una vida? ¿Quién podría haber imaginado que uno tendría que recordar constantemente cada momento de la vida hasta en su más minúsculo componente? ¿O acaso este más allá sea tan sólo el mío y, de la misma manera que cada vida es única, así también lo es la otra vida, cada una de ellas una huella dactilar imperecedera de un más allá distinto del de cualquier otro?», se cuestiona creyéndose muerto, y continúa con su historia, con los últimos días, con la incertidumbre de Olivia, su mamá y la angustia –misma que vivió él- hacia el aparente enloquecimiento de su padre, la rigurosidad de Winesburg.

Entonces, así como el Marcus vivo actúa en su supuesta muerte: por la memoria, y se cuestiona a sí mismo sus acciones de vida.

El cronotopo que da vida y muerte a Marcus Messner

Bajtín planteó la imagen del cronotopo de la siguiente forma: “En la literatura el cronotopo tiene una importancia esencial para los géneros. (…) el género y sus variantes se determinan precisamente por el cronotopo; además, el tiempo, en la literatura, constituye el principio básico del cronotopo. El cronotopo, como categoría de la forma y el contenido, determina también (en una medida considerable) la imagen del hombre en la literatura; esta imagen es siempre esencialmente cronotópica”. Esto podría verse también desde lo que plantea el economista Ludwig von Mises en su obra La acción humana, cuando se refiere a la teolología/acción intención; es decir, una causa y efecto requieren además de una intencionalidad que un hecho sea justificado.

De esa cuenta, podría decirse que el cronotopo de la novela Indignación es la relación entre tiempo y espacio y cómo estos afectan a Marcus a modo de condicionar su vida y orillarla, sin tregua alguna, a una muerte trágica.

El tiempo, 1950 -1952; desde un principio, Roth da cuenta de la línea cronológica en que ocurre el corto paso de Marcus por la universidad: «El 25 de junio de 1950, unos dos meses y medio después de que las bien adiestradas divisiones de Corea del Norte, armadas por los soviéticos y los chinos comunistas, penetraran en Corea del Sur cruzando el paralelo 38 y se iniciaran los sufrimientos de la guerra de Corea, ingresé en Robert Treat, una pequeña universidad en el centro de Newark bautizada en honor al fundador de la ciudad en el siglo XVII. Era el primer miembro de nuestra familia que trataba de tener una educación superior». Su importancia marcará el giro de la obra; en esa época ocurre la Guerra de Corea, lo que marcará su temor a morir en ella.

También el espacio que habita Marcus es una condena hacia las acciones que habrá de tomar: primero, en Newark, su padre ha perdido ya la razón y siente temor hacia todo; las restricciones llegan a tal punto que decide marcharse hasta Ohio con la única intención de no sentirse supervisado todo el tiempo. Sin embargo, en Winesburg se topa con el conservadurismo religioso y sus normas.

Marcus debe sacar buenas calificaciones para no morir en la guerra, pero la situación se complica debido a su padre, la universidad, y las situaciones cotidianas que pasan frente a los ojos de un niño que empieza a ver el mundo con ojos de adulto, cuya incertidumbre puede crecer a partir de la situación más banal de todas; de esa cuenta, sus opciones se encuentran limitadas.

Nuevamente Hayek: su libertad está coaccionada, pero no tiene opciones. En otra época, o en una situación de espacio distinta, podría, como Holden Caufield en Catcher in the Rye, simplemente dedicarse a huir, a vagar (claro que Holden tenía sólo dieciséis años) y sin embargo, la decisión no está en sus manos.

Incluso, bajo la morfina, Marcus se ve obligado a actuar: no tiene otra opción más que la de la memoria, la de los acontecimientos que se sucedieron uno tras otro para encontrarse en el más allá, su más allá, como él le llama.

Tiempo y espacio juegan entonces un papel protagónico en la estructuración de esta novela: la vuelven verosímil y además aportan a retratar, con crudeza, la sociedad.  

 

Bibliografía

Bajtín, Mijaíl. (1989). Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus

Bajtín, Mijaíl. (1982). Estética de la cración verbal. Madrid: Siglo Veintiuno Editores.

De Diego, J. (1997). La novela de aprendizaje en Argentina: 1a. parte. Orbis Tertius, 3(6). Consultado de http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTv03n06a01/3967

Hayek, Friederich. (2014). Los fundamentos de la libertad. Madrid: Unión Editorial.

Roth, Philip. (2010). Indignación . México: Debolsillo.

von Mises , Ludwig. (1986). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Escrito por Pep Balcárcel

Escritor. Posee estudios en Lengua y Literatura por la Universidad Francisco Marroquín. Ha publicado los poemarios Obelisco 65 (Letra Negra, 2012), Canto Esquizofrénico (Chuleta de Cerdo Editorial, 2012), Fragmentos (Chuleta de Cerdo Editorial, 2016) y Olvidé decirte adiós (Sión Editorial, 2017); y los libros de cuento Los ojos de lo insano (Editorial X, 2014) y El asesinato del Cuervo (Magna Terra Editores, 2017). Aparece en las antologías Los 4X4 (Vueltegato Editores, 2012), ¡Meter un gol! (Letra Negra, 2013), Deudas de sangre (Anamá, 2014) y Poesía inmediata: el abismo por madrugadas (Proyecto Editorial Los Zopilotes, 2016).