Los cuatro poemas que aquí se presentan son parte del poemario homónimo a esta entrada, inédito en papel, pero que pueden descargar por entero y libremente en este link. Algunos otros del mismo habían aparecido anteriormente en la publicación Estos poemas no curarán el cáncer. La ilustración de cabecera es de Víctor Solana. 

*

El llanto de un conejo no se olvida nunca

Elegían a los maduros y los enfermos
cada que las jaulas no eran suficientes.
Metían a cerca de veinte en costales
y uno a uno los mataban de un golpe.

Pocas veces como ésas abundaba así
la carne, no sólo en los corrales,
sino en el refrigerador y la mesa,
pero sólo algunos de nosotros comían.

Pues:

1. Históricamente recibimos la abundancia con tristeza.
2. Ya entonces la relación afectiva con los animales
nos hacía cuestionar la naturaleza violenta del hambre.

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Diagnóstico

Protegido por su bata blanquísima, el médico me ausculta: pregunta cómo es mi dolor, hace cuánto lo siento y si hay en mi familia antecedentes de enfermedades hereditarias dos generaciones antes que la mía. A lo primero contesto que es un ardor que se presenta de forma intermitente en la boca del estómago desde hace un par de días; a lo otro, que el cáncer ha matado a las mujeres de mi familia. Tras la revisión anota con trazos decididos mi nombre, mi edad y sus conclusiones. Al salir del consultorio e intentar descifrar su letra pienso que es una ironía que la facilidad para interpretar los signos y la preocupación por el padecimiento hayan convertido en poetas a varios médicos, quienes de la profesión al oficio supieron que el diagnóstico debe considerar al dolor como una antropología más allá del cuerpo.

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Ruido de fondo

Frente a una máquina mi hermano
pasa el día falsificando dentaduras,
y así rendido al ruido cumplirá
su deseo: algún día quedará sordo.

El zumbido de los motores
ha sido su música de fondo;
los hombres suelen protegerse
en el estruendo y la sordera.

Hay que recordar los templos
donde las mujeres se arrodillan
para hablar en voz baja por horas,
y llenan de dinero los canastos
con tal de que un hombre las oiga.

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Muñecas

Nunca se quejaban, en la caja decía
que eso les estaba prohibido. Sabían
usar los utensilios de cocina e incluso
podían vivir eternamente embarazadas.

Si les comprabas la casa de sus sueños
serían felices. Con algo de dinero fuimos
adquiriendo los artículos que se vendían
por separado. Cumplían nuestras órdenes
al pie de la letra; solían repetir sus diálogos.

Años después, dejaron de tener gracia,
las sustituimos por juegos donde fuéramos
nosotras las protagonistas y las dejamos
para que se inventaran una vida propia.

A veces todavía me las encuentro en casa,
traen la ropa y el peinado de siempre, dicen
las instrucciones que las muñecas no crecen.

Escrito por Patricia Arredondo

Patricia Arredondo (México, 1988). Escritora y editora. Autora del cuento infantil 'Acércate' (Tramuntana, 2014). Antologó 'Oscuro entre nosotros'. Algunos de sus poemas están publicados en las revistas Tierra Adentro, Fundación, Este País, Oculta Lit y Digo.palabra.txt. Escribe a menudo en patriciarredondov.blog